Hay personas que funcionan.
Cumplen con sus responsabilidades, toman decisiones, sostienen vínculos, piensan con claridad y responden a lo que la vida les exige. Desde afuera, no parece haber motivos para el malestar. No hay crisis visibles, ni síntomas evidentes, ni acontecimientos que justifiquen “sentirse mal”. Y, sin embargo, algo no está bien. Este tipo de malestar suele pasar desapercibido porque no interrumpe el funcionamiento. Al contrario, convive con él.
La persona sigue adelante, responde, se adapta, rinde. Pero lo hace a costa de un esfuerzo interno constante que rara vez es reconocido, incluso por ella misma. En una cultura que valora la eficacia, la autonomía y la capacidad de sostener, estar bien suele confundirse con funcionar bien. Mientras no haya un colapso, una caída o un síntoma que obligue a frenar, el malestar queda deslegitimado. Se vuelve difícil de nombrar, y aún más difícil de autorizar.
Este artículo propone explorar esa zona gris, el malestar de quienes “están bien”, pero no se sienten bien. Analizar la diferencia entre funcionamiento y bienestar psicológico permite comprender por qué muchas personas experimentan agotamiento, insatisfacción o vacío emocional sin poder señalar una causa concreta, y por qué ese estado no es una debilidad ni una falla personal, sino una trampa silenciosa sostenida por la autoexigencia y la adaptación permanente.
Funcionamiento no es bienestar psicológico
Desde una perspectiva psicológica, el funcionamiento hace referencia a la capacidad de una persona para adaptarse a las demandas de su entorno, cumplir roles, resolver problemas, tomar decisiones, regular la conducta y sostener cierto nivel de rendimiento en la vida cotidiana. En ese sentido, una persona puede funcionar adecuadamente incluso en contextos de alta exigencia o presión.
El bienestar psicológico, en cambio, no se define por la eficacia externa, sino por la experiencia interna. Incluye la vivencia de coherencia, vitalidad, sentido, regulación emocional y una relación suficientemente amable con uno mismo. No depende únicamente de lo que se hace, sino de cómo se vive lo que se hace.
El problema aparece cuando ambos conceptos se confunden. En muchas personas, especialmente aquellas con altos niveles de responsabilidad y autoexigencia, el buen funcionamiento se convierte en el principal criterio para evaluar el propio estado psicológico. Mientras se siga cumpliendo, el malestar se minimiza, se racionaliza o se posterga. Esta confusión tiene un efecto paradójico, cuanto mejor funciona la persona, menos permiso se da para reconocer que algo no está bien. El malestar queda atrapado en una zona ambigua, sin legitimidad suficiente para ser escuchado, pero con la intensidad necesaria para desgastar.
El costo psicológico de sostener
Sostener de manera prolongada un alto nivel de funcionamiento no es neutro desde el punto de vista emocional. Requiere un trabajo interno constante, anticipar, controlar, regular, responder adecuadamente, no fallar. En muchas personas, este esfuerzo se vuelve tan habitual que deja de ser consciente. La autoexigencia suele ocupar un lugar central. No se presenta siempre como una voz crítica explícita, sino como una expectativa silenciosa, poder con todo, no necesitar demasiado, no aflojar. Esta forma de exigencia no impulsa necesariamente a “hacer más”, sino a no detenerse, incluso cuando el cansancio emocional es evidente.
A esto se suma la híper responsabilidad, entendida como la tendencia a asumir más de lo que corresponde, a sentirse responsable no solo de las propias tareas, sino también del equilibrio emocional del entorno. El resultado es una vigilancia interna permanente que reduce el espacio psíquico para el descanso, el deseo o la espontaneidad. Con el tiempo, este modo de funcionamiento puede generar agotamiento emocional, desconexión afectiva o una sensación difusa de vacío. No porque falten recursos, sino porque todos están orientados a sostener.
El malestar invisible
Uno de los rasgos más complejos de este tipo de malestar es su invisibilidad. No suele expresarse en forma de crisis agudas ni de síntomas disruptivos. Más bien se manifiesta como un cansancio persistente, una pérdida de entusiasmo, una sensación de estar siempre “en modo respuesta”. Al no haber un motivo claro, muchas personas desestiman lo que sienten. Se comparan con otros, relativizan su experiencia o se reprochan no estar satisfechas con una vida que, objetivamente, funciona. Este mecanismo de invalidación interna refuerza el problema, el malestar no solo se vive, sino que además se juzga. Es importante subrayar que este estado no implica fragilidad psicológica ni falta de resiliencia. Por el contrario, suele aparecer en personas con alta capacidad de adaptación, introspección y responsabilidad. Justamente por eso, el desgaste pasa inadvertido durante mucho tiempo. Nombrar este malestar no lo agranda, lo ordena. Le da un marco que permite empezar a pensarlo sin culpa ni autoacusación.

Silvana Weckesser
Silvana Weckesser
Magister En Psicología. Especialista en Clínica.Docente Universitaria.Escritora
Comprender para abrir posibilidades
Reconocer la diferencia entre funcionar y estar bien no implica dejar de ser responsable ni renunciar a las propias capacidades. Implica, más bien, revisar el costo interno de sostener sin pausa y cuestionar la idea de que el bienestar es una consecuencia automática del rendimiento. Comprender este tipo de malestar abre la posibilidad de una relación más realista y compasiva con uno mismo. No se trata de buscar soluciones rápidas ni de forzar cambios inmediatos, sino de habilitar una pregunta distinta: ¿qué lugar tiene la propia experiencia emocional en una vida que funciona? A veces, el primer alivio no viene de hacer algo distinto, sino de entender lo que está pasando. Y de aceptar que estar bien no es solo poder estarlo, sino fundamentalmente sentirse bien.


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