En la primera consulta, suelo visualizar a las personas que acuden a terapia como aplastadas por una piedra gigante.

Esta piedra es única en cada uno de los pacientes, pero todas tienen en común el peso brutal, la imposibilidad de desprenderse de él; a veces viene a mi mente la imagen de cómic de personas arrastradas por una bola de nieve, cayendo por la ladera de la montaña.

Y ahí es donde comienza la terapia: al empezar a poner distancia entre la persona y su sufrimiento...

Terapias basadas en la Atención Plena: la paradoja del Mindfulness

Uno de los ejes que suelen articular la terapia tiene que ver con la aceptación: aceptar que el sufrimiento, o la ansiedad, o la tristeza, o los pensamientos recurrentes van a formar parte de nuestras vidas, y empezar a considerarlos como compañeros de viaje. Solo esto hace que las cosas cambien. No es resignarse, no es darse por vencido, sino que es admitir estos fenómenos tal y como son.

Recuerdo un caso especial, el de alguien a quien llamaremos M. Me miraba con extrañeza cuando le propuse hacerse amiga de su depresión, y posteriormente reconoció que cuando dio este paso e incluso “salía a pasear con ella”, se dio cuenta de que dejó de tener tanto poder en su vida.

También cabe destacar el caso de J.A., quien se convirtió en un experto en saludar a sus pensamientos intrusivos que tenían que ver con potenciales desgracias que le acechaban por todas partes. Pudo practicar la amabilidad con ellos, les saludaba, les agradecía su visita y se despedía de ellos cordialmente, y en ese momento dejaron de arruinarle el día.

Y esta es la paradoja de las terapias basadas en la aceptación y Mindfulness: cuanto más acepto mi dificultad, menos poder tiene en mí. Y a la inversa: cuanto más busco desprenderme de mi dificultad, más se pega a mí y más sufrimiento me genera.

Pensemos en M., una persona vencida por sus pensamientos: ella era perfectamente consciente de cuando los pensamientos se adueñaban de ella, pero no podía pararlos, le “machacaban”. Los intentos de distraerse, de taparlos mediante medicación habían sido infructuosos, estaba realmente desesperada. El primer paso consistió en dar un paso hacia atrás, en salir de la olla de los pensamientos en la que se estaba macerando y poder empezar a ver los pensamientos como lo que son: eventos mentales, no la realidad. Así pudo empezar a reconocer los pensamientos, a distanciarse de ellos, a no hacerles tanto caso; empezó a asumir que “los pensamientos no son los hechos” y ahí comenzó un proceso de liberación crucial en su vida.

O como le sucedía a S., que vivía en tal estado de activación e hiperirritabilidad y que estaba teniendo problemas en casi todas las áreas de su vida: en la familia, en el trabajo, a la hora de dormir, de comer... Introducir pequeñas pausas en su vida en las que llevaba la atención al cuerpo, a las emociones o a la respiración hizo que esos instantes se convirtieran en asideros desde los que empezar un trabajo de recuperación de momentos de calma, pequeños pero cada vez más frecuentes.

El sufrimiento también se da a nivel físico. Recuerdo con mucho afecto a N. cuyo estómago se encendía cada vez que tenía cualquier problema con su pareja, y el solo hecho de prestar atención a las sensaciones físicas y permitir que su estómago se expresara provocó que esta sensación se soltara y pudiera acercarse con más facilidad a sus sensaciones corporales. En la medida que prestaba atención al cuerpo, el cuerpo se encontraba más suelto, se sentía cada vez más en equilibrio.