“Es que desde que entró en la adolescencia, ya no es el mismo”. “No sé qué le pasa, antes era un niño dulce y ahora solo responde con gritos y portazos”. “Está rebelde, contestón, se encierra en su cuarto y no quiere hablar con nadie”.
Muchos padres se sorprenden cuando su hijo adolescente parece transformarse de la noche a la mañana. Lo que antes eran juegos y risas se convierte en distancia, silencio o explosiones de ira. La adolescencia suele ser vista como una etapa problemática, como si de repente los jóvenes se volvieran difíciles sin razón. Pero la verdad es que la adolescencia no es el inicio del problema, sino el reflejo de la infancia que tuvieron.
Si un adolescente es inseguro, teme expresarse o busca aprobación desesperadamente, no es porque “así son los adolescentes”, sino porque lleva años internalizando mensajes sobre su valor y su lugar en el mundo. Si no sabe regular sus emociones, no es porque “las hormonas lo tienen loco”, sino porque en su infancia no aprendió estrategias para gestionarlas.
Hoy quiero invitarte a mirar más allá de la adolescencia como una “etapa difícil” y entender que mucho de lo que sucede en esta fase es el resultado de lo que se sembró en la infancia. Porque los adolescentes no aparecen de la nada: son niños que crecieron.
La infancia como base de la adolescencia
Los primeros años de vida no solo moldean la personalidad, sino también la forma en que un niño se relacionará con el mundo en su adolescencia y adultez. Durante la infancia, los niños aprenden:
- Si sus emociones son válidas o si deben reprimirlas.
- Si pueden confiar en los adultos o deben resolverlo todo solos.
- Si son dignos de amor incondicional o si deben ganarse el cariño con comportamientos “correctos”.
Cuando un niño no recibe lo que necesita emocionalmente, su cerebro no lo olvida. No lo expresa con palabras, pero lo guarda en su manera de relacionarse, en sus miedos y en sus respuestas emocionales. Y cuando llega la adolescencia, todo eso que estuvo acumulado empieza a salir de formas que pueden parecer incomprensibles.
Tres áreas clave donde la infancia deja huella en la adolescencia
1. Autoestima: El reflejo de lo que le enseñaron a creer sobre sí mismo
Si un adolescente duda de su valor, se siente insuficiente o busca validación en todo momento, no es algo que surgió de repente. La autoestima no aparece mágicamente en la adolescencia, sino que se construye desde la infancia con cada interacción significativa.
- Si un niño creció con críticas constantes, escuchando frases como “siempre haces todo mal” o “nunca te esfuerzas lo suficiente”, ¿cómo esperas que de adolescente confíe en sí mismo?
- Si se le invalidaron sus emociones (“no llores por tonterías”, “no es para tanto”), ¿cómo esperas que de mayor pueda expresar lo que siente sin miedo?
- Si solo recibió amor cuando se portó bien o tuvo logros, ¿cómo esperas que no busque aprobación desesperadamente en sus amistades o pareja? Los adolescentes que parecen inseguros, que tienen miedo de equivocarse o que dependen demasiado de la opinión de los demás, en realidad son niños que nunca aprendieron a verse con buenos ojos.
2. Regulación emocional: Lo que aprendió (o no) sobre manejar sus emociones
Muchos padres se frustran porque sus hijos adolescentes tienen reacciones emocionales intensas. Se enfadan por “cualquier cosa”, parecen dramáticos, exagerados o cerrados en sí mismos. Pero pocas veces se preguntan: ¿alguien les enseñó a manejar sus emociones cuando eran niños?
Los niños no nacen sabiendo autorregularse. Aprenden a hacerlo gracias a sus cuidadores, que les enseñan con el ejemplo.
- Un niño que fue castigado o ignorado cada vez que tuvo una emoción fuerte (“si sigues llorando, te dejo solo”) crecerá sin herramientas para manejar su tristeza o enojo.
- Si cada vez que tuvo miedo se le minimizó (“ay, no exageres”), aprenderá a callar sus emociones en lugar de procesarlas.
- Si los adultos a su alrededor tampoco saben manejar sus propias emociones, ¿quién se las va a enseñar? Entonces, cuando llega la adolescencia y afronta cambios hormonales, desafíos sociales y nuevas responsabilidades, no sabe qué hacer con todo lo que siente. Lo expresa de la única manera que conoce: con explosiones emocionales o con un silencio impenetrable.
3. Relaciones: El modelo que vio en casa
Las relaciones de un adolescente (con sus amigos, pareja, profesores o figuras de autoridad) son un reflejo de lo que aprendió en casa sobre cómo se trata a los demás y cómo se deja tratar.
- Si creció viendo peleas constantes y relaciones disfuncionales, es probable que repita esas dinámicas en sus amistades o pareja.
- Si sus padres siempre le resolvieron todo, tendrá dificultades para asumir responsabilidades.
- Si fue un niño sobreprotegido, de adolescente sentirá miedo al mundo o buscará desesperadamente quién lo cuide.
- Si sus emociones nunca fueron validadas, probablemente le costará confiar en otros y abrirse emocionalmente.
El adolescente que tiene problemas de confianza, que busca relaciones tóxicas o que no sabe poner límites, en realidad es un niño que nunca aprendió lo que es un vínculo seguro.
¿Entonces todo es culpa de los padres? No, pero sí es su responsabilidad
Este no es un discurso de culpa, sino de responsabilidad. Nadie nace sabiendo ser padre, y la mayoría hace lo mejor que puede con las herramientas que tiene. Pero, eso no significa que no podamos cuestionarnos y hacer cambios. Si tu hijo adolescente está pasando por dificultades emocionales, en lugar de preguntarte “¿qué le pasa?”, pregúntate: ¿qué vivió antes que lo llevó hasta aquí? Y más importante aún: ¿qué puedo hacer ahora para ayudarlo? Porque nunca es tarde para reparar.
Cómo ayudar a un adolescente sin repetir los mismos errores
Si sientes que cometiste errores en su infancia, lo primero que quiero decirte es esto: no está todo perdido. Aún puedes construir una relación segura con tu hijo. Algunas formas de hacerlo son:
- Escuchar sin juzgar. A veces, solo necesitan saber que pueden hablar contigo sin miedo a ser criticados.
- Aceptar sus emociones sin minimizar. No importa si su problema te parece pequeño, para él es importante.
- Reconocer tus propios errores. No hay nada más sanador para un adolescente que escuchar a un adulto decir: “Sé que me equivoqué en esto y quiero hacerlo mejor”.
- Darle espacio sin abandonarlo. Acompañar no significa invadir. Asegúrate de estar presente sin forzarlo a hablar.
- Ofrecer ayuda profesional si es necesario. A veces, el apoyo de un psicólogo puede marcar la diferencia.
La adolescencia no es el problema. Es el reflejo de lo que vino antes. Un adolescente no se vuelve rebelde, distante o inseguro de la nada; se convierte en la versión más evidente de las heridas que arrastra desde la infancia.
Si queremos mejorar la relación con nuestros hijos adolescentes, no podemos limitarnos a corregir su comportamiento actual.
Tenemos que mirar más atrás, entender su historia y, si es necesario, hacer cambios ahora para ayudarlos a sanar.
Porque nunca es tarde para construir un vínculo más sano. Y nunca es tarde para ser el adulto que un adolescente necesita.


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