Un adolescente puede utilizar el mismo teléfono para hablar con un amigo que vive lejos, terminar un trabajo de clase, aprender a tocar una canción, comparar su cuerpo con el de cientos de desconocidos y quedarse viendo vídeos hasta las dos de la madrugada. Todo ocurre en la misma pantalla, pero psicológicamente son experiencias muy diferentes.
Esta distinción suele perderse cuando hablamos del «impacto de las pantallas». Durante años, buena parte de la conversación pública se ha concentrado en una pregunta aparentemente sencilla: ¿cuántas horas pasan los jóvenes conectados? Sin embargo, la investigación ha mostrado que el problema es bastante más complejo. Dos adolescentes pueden utilizar internet durante el mismo tiempo y obtener experiencias completamente distintas dependiendo del contenido, el contexto, sus características personales y aquello que la tecnología está sustituyendo en sus vidas.
Por eso, comprender el impacto digital exige abandonar tanto el alarmismo como la idea de que todo uso tecnológico es inocuo. Las redes pueden ofrecer apoyo y pertenencia, pero también comparación social o exposición al acoso. Los videojuegos pueden proporcionar entretenimiento y conexión, mientras que el uso nocturno puede interferir con el descanso. Más que preguntar únicamente cuánto utilizan los jóvenes las pantallas, necesitamos empezar a preguntarnos cómo las utilizan.

Centro Psicológico Cepsim Cepsim
Centro Psicológico Cepsim Cepsim
Psicólogo
El tiempo de pantalla no explica por sí solo lo que está ocurriendo
Una de las investigaciones más conocidas sobre este debate fue realizada por Amy Orben y Andrew Przybylski. Los investigadores analizaron tres grandes conjuntos de datos que reunían información de más de 350.000 adolescentes para estudiar la relación entre uso de tecnología digital y bienestar psicológico. Encontraron una asociación negativa, pero de magnitud pequeña.
El estudio resultó especialmente importante porque cuestionaba interpretaciones demasiado contundentes de investigaciones anteriores. Una relación estadística puede existir y, al mismo tiempo, explicar solamente una pequeña parte de las diferencias entre jóvenes. Además, al tratarse principalmente de datos correlacionales, no permite concluir que utilizar tecnología sea directamente responsable de un menor bienestar.
Una revisión posterior de Patti Valkenburg, Adrian Meier e Ine Beyens llegó a una conclusión igualmente matizada después de analizar 25 revisiones previas sobre redes sociales y salud mental adolescente. La mayoría describía las asociaciones como débiles o inconsistentes, aunque determinados estudios encontraban efectos más preocupantes.
Esto no significa que «las pantallas no tengan ningún efecto». Significa que hablar únicamente de horas puede ocultar precisamente lo más importante: qué está haciendo el adolescente durante esas horas y cómo encaja ese uso dentro del resto de su vida.
Redes sociales: conexión, comparación y necesidad de aprobación
Las redes sociales permiten algo que habría sido difícil imaginar hace unas décadas: mantener contacto diario con personas que viven lejos, encontrar comunidades con intereses similares o recibir apoyo de jóvenes que atraviesan experiencias parecidas. Para adolescentes que se sienten aislados en su entorno inmediato, estas posibilidades pueden resultar especialmente valiosas.
Pero las mismas plataformas permiten observar continuamente versiones seleccionadas de la vida de otras personas. Vacaciones, cuerpos, éxitos, relaciones y momentos felices aparecen concentrados en un flujo interminable de información. Compararnos con los demás no nació con Instagram o TikTok, pero las redes multiplican tanto el número de personas disponibles para la comparación como la frecuencia con la que podemos hacerlo.
La American Psychological Association advierte precisamente de que los efectos de las redes sociales dependen de características individuales y del tipo de contenido al que se exponen los adolescentes. La comparación centrada en la apariencia, por ejemplo, puede resultar particularmente relevante durante una etapa en la que la imagen corporal y la aceptación de los iguales adquieren un peso importante.
También importa la búsqueda de aprobación. Un «me gusta» no determina por sí solo la autoestima, pero, cuando la valoración de una fotografía, una opinión o incluso nuestra apariencia queda convertida inmediatamente en números, puede resultar tentador utilizar esas métricas como indicadores de aceptación social.
Lo que ocurre por la noche puede ser tan importante como lo que ocurre en la pantalla
Una de las vías más claras por las que el uso digital puede relacionarse con el bienestar es mucho menos espectacular que hablar de «adicción al móvil»: simplemente nos acostamos más tarde.
Holly Scott y sus colaboradores analizaron información de 11.872 adolescentes británicos de entre 13 y 15 años. Encontraron asociaciones entre un uso más elevado de redes sociales y distintos patrones de sueño, como acostarse más tarde. Al ser un estudio transversal, no puede demostrar que las redes causaran esas dificultades, pero ilustra una cuestión importante: el impacto digital también puede producirse a través de aquello que desplaza.
Media hora más mirando vídeos puede ser media hora menos durmiendo. Una conversación que se prolonga hasta la madrugada puede mantenernos pendientes del teléfono cuando ya deberíamos estar descansando. Y una notificación junto a la cama puede volver a introducir el mundo social en un momento que antes estaba reservado al sueño.
Por eso, más que considerar únicamente el número total de horas frente a una pantalla, conviene observar si la tecnología está desplazando sistemáticamente necesidades básicas: dormir suficientemente, hacer actividad física, estudiar, mantener conversaciones presenciales o disponer de momentos sin estimulación constante.
Ciberacoso, contenidos dañinos y otras experiencias que no debemos minimizar
No todo riesgo digital procede del tiempo de exposición. En algunos casos importa mucho más aquello que sucede durante unos pocos minutos.
El ciberacoso es un buen ejemplo. Una diferencia respecto al acoso tradicional es que el contacto digital puede prolongar la experiencia fuera de la escuela y aumentar potencialmente la audiencia. Un metaanálisis sobre bullying y ciberbullying encontró asociaciones entre ambas formas de victimización y diferentes problemas de salud mental en niños y adolescentes. Nuevamente, esto no significa que cualquier interacción negativa online produzca necesariamente un trastorno, pero sí justifica tomar estas experiencias en serio.
Algo similar ocurre con determinados contenidos. Las recomendaciones de la American Psychological Association subrayan la necesidad de minimizar la exposición de adolescentes a publicaciones que promueven conductas peligrosas, autolesiones o comportamientos alimentarios perjudiciales. Los algoritmos pueden hacer que una interacción inicial con determinado contenido conduzca a recibir materiales similares repetidamente.
Ahora bien, acompañar a un joven en internet no debería consistir únicamente en elaborar una lista de peligros. También necesita aprender a reconocer publicidad, interpretar contenidos manipulados, comprender cómo funcionan las recomendaciones algorítmicas y distinguir una fuente fiable de otra dudosa. La alfabetización digital es también una habilidad psicológica: implica aprender a interpretar críticamente el entorno en el que pasamos una parte creciente de nuestra vida.
Cómo acompañar a los jóvenes sin convertir el móvil en una guerra familiar
Prohibir de forma indiscriminada suele ignorar que el mundo digital también es un espacio social. Para muchos adolescentes, dejar el móvil no significa simplemente apartarse de una pantalla: puede significar abandonar temporalmente las conversaciones y actividades en las que participa su grupo.
Una estrategia más útil consiste en observar qué función cumple la tecnología. ¿Se utiliza para hablar con amigos, crear contenido, estudiar o jugar? ¿Aparecen dificultades para detenerse? ¿Está interfiriendo con el sueño? ¿El adolescente termina habitualmente peor después de utilizar determinadas redes? Estas preguntas ofrecen más información que consultar únicamente el contador de horas.
La American Academy of Pediatrics ha propuesto precisamente un enfoque familiar que tenga en cuenta al joven, el contenido que consume, aquello que la tecnología desplaza y la comunicación en casa. También resulta importante que las reglas afecten de alguna manera a los adultos. Resulta difícil defender una cena sin móviles mientras los padres consultan constantemente sus propias notificaciones.
En adolescentes más jóvenes puede ser necesario un mayor acompañamiento, mientras que la autonomía debería crecer progresivamente a medida que desarrollan criterio y competencias digitales. Supervisar no significa leer cada mensaje privado. El objetivo final no es criar jóvenes que utilizan bien internet porque alguien los vigila, sino jóvenes capaces de regular su comportamiento cuando nadie está mirando.
Aprender a vivir también en un mundo digital
Preguntarnos si la tecnología es «buena» o «mala» para los jóvenes probablemente conduce a una respuesta demasiado simple. Internet puede proporcionar amistad, creatividad, aprendizaje y acceso a comunidades valiosas. También puede facilitar comparación constante, interrupciones, pérdida de sueño, acoso o exposición a contenidos perjudiciales. Incluso una misma plataforma puede ofrecer ambas experiencias a la misma persona en momentos diferentes.
La evidencia disponible tampoco permite reducir el bienestar psicológico adolescente a una única variable como las horas de pantalla. Importan la vulnerabilidad individual, el contenido, las relaciones sociales, la familia y aquello que el uso digital está desplazando. Algunos jóvenes pueden verse afectados mucho más que otros por experiencias aparentemente similares.
Por eso, quizá la pregunta útil ya no sea «¿cuánto móvil es demasiado?», sino «¿qué lugar está ocupando lo digital en esta vida concreta?». La tecnología forma parte del entorno en el que los adolescentes aprenderán a relacionarse, entretenerse, trabajar y construir su identidad. Acompañarlos significa enseñarles no solamente cuándo apagar una pantalla, sino también cómo decidir qué merece su atención cuando vuelvan a encenderla.

Centro Psicológico Cepsim Cepsim
Centro Psicológico Cepsim Cepsim
Psicólogo















