La sociedad avanza tecnológicamente a pasos agigantados, y con ella, el conocimiento y entendimiento de nosotros mismos y el mundo que nos rodea.

La medicina moderna y el estudio genético son disciplinas que ponen continuamente en jaque ideas preconcebidas, y gracias a nuevas investigaciones, órganos de nuestro propio cuerpo que ya creíamos conocidos son redescubiertos con nuevas y fascinantes propiedades.

Tales derroteros nos llevan a afirmaciones tan rocambolescas como que “tenemos un segundo cerebro en el estómago”. Un concepto para todos alienígena, pues solo conocemos un centro neurálgico en nuestro cuerpo y este está situado dentro de la cavidad craneal.

Como todo en el mundo de la ciencia y la biología, no podemos afirmar de forma tajante que esta postulación es del todo cierta. ¿Tenemos un segundo cerebro en el estómago? Sí y no. Continúa leyendo para descubrir la respuesta correcta ante esta pregunta.

Un segundo cerebro en el estómago: entre el mito y la verdad

Está claro que para poder entender los conceptos a abarcar en esta oportunidad, es necesario que primero cimentemos el funcionamiento y estructuras generales de ambos órganos involucrados.

1. Sobre el cerebro

El cerebro es el centro neurálgico de la actividad nerviosa de todos los animales superiores, incluido el ser humano. Es responsable del pensamiento, la memoria, el habla, el lenguaje, los reflejos y el control motor corporal.

En un corte cerebral típico se pueden observar dos tipos de tejidos bien diferenciados: la sustancia blanca y la sustancia gris. La primera presenta este color “desteñido” gracias a los axones de las neuronas, aquellas terminaciones en forma de “collar de cuentas” encargadas de transmitir el impulso nervioso.

Por otra parte, la sustancia gris corresponde a la aglutinación de los cuerpos neuronales, es decir, los somas.

Para no perdernos en la fisiología de los lóbulos que lo conforman, nos limitaremos a decir que el cerebro pesa alrededor de kilo y medio y su corteza contiene más o menos dos billones de neuronas. Estas cifras hablan por sí solas acerca de la suma importancia de este órgano en el marco fisiológico del ser humano.

2. Sobre el estómago

El estómago, por su parte, corresponde a la sección dilatada del tubo digestivo que se encuentra entre el esófago y el intestino. Junto con el duodeno forma parte de la porción proximal infradiafragmatica de este sistema.

Podríamos perdernos en la fisiología de este complejo estructural, pero de nuevo, con unos pocos datos nos queda más que clara la importancia del estómago para el funcionamiento humano. Esta porción del tubo digestivo mide, aproximadamente, unos 25 centímetros de alto y tiene una capacidad de más de un litro de volumen.

Presenta una mucosa compleja organizada en una serie de pliegues gástricos, los cuales se encuentran altamente irrigados e inervados. Al fin y al cabo, la función de esta sección es la descomposición alimentaria, por lo que un amplio contacto con el resto del cuerpo se hace esencial.

Como hemos podido ver en estas líneas, poco tienen que ver desde un punto de vista meramente fisiológico el cerebro y el estómago. Sí, ambos son una parte integral del funcionamiento humano, pero, ¿qué hace a algunas personas afirmar que tenemos un segundo cerebro en el estómago?

Cuestión de neuronas

La respuesta se encuentra en la composición neuronal de ambas estructuras. Ya hemos dicho que en la corteza cerebral se encuentran alrededor de dos billones de neuronas, una cifra con la que desde luego no es posible competir. Aún así, en el entorno estomacal se pueden encontrar más o menos 100 millones de neuronas, es decir, más que las presentes en la columna vertebral (o las mismas que las encontradas en el cerebro de un gato).

Es por esta agrupación neuronal por la que ciertos medios afirman que el estómago se trata de nuestro segundo cerebro. Pero, ¿cuál es la función de tal agrupación neuronal en el estómago? A continuación te lo desvelamos.

1. Regulación del balance energético

El mantenimiento del peso y la composición corporal dependen de factores hipotalámicos (es decir, secretados por el hipotálamo) y no hipotalámicos, tales como los producidos en tracto intestinal que aquí nos atañe.

El estómago avisa al sistema nervioso central (SNC) del estado nutricional del individuo y su homeostasis energética a través de señales de distensión y procesos metabólicos, es decir presorreceptores y quimiorreceptores. Diversos complejos proteicos como la insulina y la leptina se generan de forma modulada en el tracto gastrointestinal según el estado individual, los cuales reaccionan con neuropéptidos centrales modulando el apetito.

Para resumir un poco la aglutinación de términos mostrada previamente, se podría decir que el sistema nervioso central y el estómago participan conjuntamente en la modulación del apetito y gasto energético a corto y medio plazo. Investigar estas correlaciones no es baladí, pues la obesidad es una patología cada vez más preocupante a nivel sanitario (está presente en el 10 % de la población europea) y entender los mecanismos de su surgencia es uno de los primeros pasos para frenarla.

2. Modulación del estado emocional

No todo es cuestión de neuronas, pues por ejemplo, estudios preliminares parecen indicar que existe una clara correlación entre el estado emocional del individuo y su microbiota intestinal.

Definimos a la microbiota como al conjunto de microorganismos (bacterias) asociadas en colonias que han evolucionado junto con el ser humano en un estado de simbiosis. Estas, en el tracto digestivo, se encargan de promover la síntesis de vitaminas, digerir compuestos de origen vegetal y fomentar la especialización del sistema inmune, entre otros.

Lo que no se tenía tan claro hasta hace relativamente poco, es que la composición de la microbiota intestinal parece modular el desarrollo y función cerebrales e incluso los estados anímicos del individuo. Por ejemplo, investigaciones preliminares han demostrado que existe una clara diferencia en la microbiota entre pacientes con depresión y personas que no sufren este trastorno.

Asimismo, cada vez son más los estudios que señalan a posibles correlaciones entre los trastornos del espectro autista (TEA) y una disbiosis (desequilibrio de la microbiota) en el tubo digestivo. Desde luego, aún hay que recorrer mucho camino para comprender en su totalidad estas interacciones.

Además, el 90 % de la concentración de la serotonina, molécula que modula de forma directa las emociones humanas, se encuentra en el tracto gastrointestinal. Las neuronas del plexo mientérico la sintetizan para controlar las secreciones, motilidad y sensaciones intestinales.

3. Manifestación del estrés

Como hemos podido ver, el estómago es una fábrica importante de neurotransmisores, los motores de nuestro ánimo. Esta porción del tubo digestivo nos avisa, de diferentes formas, de que una situación de estrés continuada en el tiempo no es en absoluto sostenible.

Hormonas tales como el cortisol (producido en la glándula suprarrenal) promueven la secreción ácida gástrica, entre otras cosas. La exposición prolongada a situaciones estresantes y de ansiedad, por lo tanto, causan una disbiosis (desequilibrio en la microbiota intestinal) del que la sufre. Esto produce disfunciones intestinales y menor regeneración de la mucosa digestiva entre otras cosas.

Todos estos mecanismos de acción y muchos más pueden generar en el paciente retortijones, dolores, gases, reflujos e incluso promover la aparición de úlceras. Así pues, el estómago nos avisa de que tenemos que rebajar las tensiones de la rutina si estas se descontrolan.

Conclusiones

Tal y como es obvio desde un principio, podemos afirmar que no tenemos un segundo cerebro en el estómago. Esta denominación es fruto de un enorme ejercicio de abstracción, pues la aglutinación neuronal en el sistema estomacal funciona de forma muy diferente a la presente en la masa encefálica.

Aún así, como hemos podido ver, el estómago sí que modula, en cierto modo, estados de ánimo, respuestas ante el estrés y desde luego el apetito y balance energético del individuo.

Finalmente, no queremos terminar esta oportunidad sin hacer un llamamiento a la búsqueda de conocimiento real y la filtración de información. Al hablar de este tipo de temas, no podemos realizar afirmaciones tajantes, y se hace necesario desconfiar de quien lo hace. No, “Un desbalance de la microbiota no causa autismo”, más bien, “la microbiota entre personas dentro del espectro autista parece ser diferente a la de las personas sin este trastorno, por lo que ambas podrían estar correlacionadas”.

Es necesario filtrar la información con cautela y reserva, pues en el mundo de las interacciones fisiológicas dentro del cuerpo humano aún queda mucho por conocer e investigar.

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