Los estilos de apego ansioso y evitativo no son un mito: se basan en décadas de investigación. Pero tampoco son etiquetas fijas. La evidencia indica que son tendencias que varían en intensidad, moderadamente estables y capaces de cambiar, mientras que su uso popular suele exagerar cuánto explican y cuánto determinan nuestras relaciones.
¿Los estilos de apego ansioso y evitativo son mito o evidencia?
Son evidencia, pero con matices importantes. El problema no está en la teoría del apego, sino en cómo se ha simplificado al llegar a las redes sociales y a la autoayuda.
En consulta, muchas personas me dicen que «tienen apego ansioso» o que su pareja «es evitativa», convencidas de que esa etiqueta las define por completo o de que su relación está condenada. Esa idea suele ir acompañada de ansiedad, problemas de autoestima y un enfoque hipercontrolador de las relaciones. La persona se siente atrapada en un patrón que no puede cambiar, como si estuviera programada desde la infancia, y eso genera culpa, resignación y una búsqueda constante de explicaciones que puede reforzar el problema.
La teoría del apego describe cómo los vínculos con nuestros cuidadores influyen en nuestra forma de relacionarnos. Si quieres conocer qué es exactamente el apego evitativo y cómo se manifiesta, puedes leerlo en nuestra guía principal. Aquí nos centramos en otra pregunta: qué hay de cierto y qué hay de exagerado en el uso que hacemos de estas etiquetas.
¿Hasta dónde llega la ciencia del apego infantil?
La investigación sobre el apego infantil es sólida, pero sus conclusiones son más modestas de lo que suele divulgarse. Existen diferencias reales en cómo los niños se vinculan con sus cuidadores, aunque su influencia en la vida adulta no es automática.
La teoría del apego, desarrollada por John Bowlby y Mary Ainsworth, se basa en buena parte en la «situación extraña», un procedimiento en el que se observa cómo reacciona un niño al separarse y reencontrarse con su cuidador. Este método se ha aplicado en muchos países. Un metaanálisis clásico de Marinus van IJzendoorn y Pieter Kroonenberg, publicado en 1988, comparó estudios de distintas culturas y encontró que el apego seguro era el patrón más frecuente en todas ellas, aunque la proporción de los estilos inseguros variaba de un país a otro.
Otra de las ideas mejor respaldadas es que la sensibilidad del cuidador influye en la seguridad del apego. Sin embargo, un metaanálisis de Marianne De Wolff y Van IJzendoorn, publicado en 1997, mostró que esa relación es moderada: la sensibilidad importa, pero no lo explica todo.
La teoría también tiene limitaciones y ha recibido críticas legítimas:
- Un foco inicial en la madre. Las primeras formulaciones se centraron casi exclusivamente en la figura materna. La investigación posterior ha incluido a padres y a otros cuidadores, y ha mostrado que los niños forman vínculos con varias figuras.
- La diversidad cultural. Investigadoras como Heidi Keller han cuestionado que el modelo sea universal, ya que se desarrolló a partir de familias occidentales con formas de crianza concretas.
- El temperamento y la neurodiversidad. La conducta de un niño en la situación extraña también depende de su temperamento. En niños autistas, por ejemplo, un metaanálisis de 2004 encontró que forman apegos seguros, aunque con algo menos de frecuencia, lo que obliga a interpretar su conducta con cuidado y no como un «fallo» del vínculo.
- La estabilidad a lo largo de la vida. Un metaanálisis de R. Chris Fraley, publicado en 2002, encontró que la estabilidad del apego desde la infancia hasta la adultez es moderada. Hay continuidad, pero no todo lo que nos ocurre de adultos se explica por lo que vivimos de niños.
En resumen, los estilos de apego no son verdades absolutas, pero tampoco una hipótesis vacía: describen tendencias reales con un poder explicativo limitado.
¿Qué se simplifica cuando etiquetamos a la pareja?
Se simplifica casi todo. La investigación trata el apego adulto como una combinación de dos dimensiones, la ansiedad y la evitación, en las que cada persona puntúa más o menos alto, no como casillas cerradas.
Un estudio de Fraley y su equipo, publicado en 2015, analizó si los estilos de apego adulto son categorías o dimensiones y concluyó que se comportan como dimensiones. Es decir, no hay «personas ansiosas» y «personas evitativas», sino personas con más o menos tendencia a la ansiedad o a la evitación. Además, el apego puede variar según la relación: alguien puede sentirse muy seguro con un amigo y mucho más inseguro con su pareja.
Etiquetar a la pareja también suele funcionar como una excusa que cierra la conversación. Frases como «es evitativo, por eso no habla» o «es ansiosa, por eso reclama tanto» convierten un problema que se puede trabajar en un rasgo inmutable del otro. Si te interesa la dinámica concreta que se forma entre ambos estilos, puedes leer sobre el ciclo entre el apego ansioso y el evitativo en la pareja y sobre por qué se atraen el apego ansioso y el evitativo.
Lo que muchas personas llaman «apego ansioso» es, a menudo, una forma de vivir la relación desde una ansiedad sostenida: se interpreta cada gesto como una amenaza, se busca confirmar el afecto constantemente y se duda del propio valor. Esa ansiedad puede tener muchas causas. A veces responde a experiencias tempranas; otras, a una relación actual que de verdad genera inseguridad. Identificarse con la etiqueta puede dar alivio, pero también puede cronificar la dificultad si se vive como un destino.
¿La «evitación» es siempre apego evitativo?
No. Muchas conductas que se interpretan como evitación emocional tienen otras explicaciones, y confundirlas puede generar conflictos innecesarios.
Algunas posibilidades son las siguientes:
- Una necesidad legítima de espacio personal, frecuente en las personas introvertidas.
- Una forma de procesar las emociones en solitario antes de poder hablar de ellas.
- La dificultad para expresar lo que se siente, aunque se sienta.
- La costumbre de evitar el conflicto o el contacto muy intenso, aprendida en contextos concretos.
- La desconfianza tras vínculos poco estables, que no tiene por qué venir de la infancia.
- Otros problemas, como el estrés laboral, el agotamiento, la ansiedad social o un estado de ánimo bajo, que pueden llevar a retirarse.
Tanto la ansiedad como la evitación en las relaciones comparten una raíz común: la dificultad para regular lo que sentimos y sostener el vínculo desde la calma. Una lo afronta con hiperactivación y la otra, con retirada o desconexión. Entender esto ayuda más que discutir qué etiqueta encaja mejor.
¿Qué ayuda más que la etiqueta: ansiedad, límites o patrones actuales?
Suele ayudar más trabajar sobre lo que ocurre ahora que buscar la etiqueta exacta. Cómo gestionas tus emociones, cómo comunicas tus necesidades y qué límites pones son cosas que se pueden cambiar.
Tu forma de vincularte hasta ahora no es un diagnóstico ni un rasgo fijo. Son patrones aprendidos que pueden modificarse. Algunas preguntas útiles para empezar son estas: ¿qué situaciones concretas activan mi ansiedad o mi necesidad de distancia?, ¿qué hago cuando eso ocurre?, ¿cómo pido lo que necesito?, ¿qué límites me cuesta poner o respetar?
En terapia, el trabajo suele combinar varios niveles: aprender a regular la ansiedad, revisar las interpretaciones sobre lo que hace el otro, mejorar la comunicación y fortalecer la autoestima. No existe un único enfoque que funcione para todo el mundo; lo importante es un acompañamiento constante y respetuoso que traduzca la comprensión en cambios concretos.

Rubén Camacho
Rubén Camacho
Psicólogo y coach online especializado en ansiedad, autoestima y gestión emocional | Terapia online
En resumen, los estilos de apego no son una sentencia. Son una forma de leer las relaciones, con sus limitaciones y con una historia detrás. Pero tú no eres un “estilo”. Eres una persona capaz de cambiar, crecer y construir nuevas formas de estar en relación.










