Cómo cuidar la salud mental en el trabajo: guía para empresas y equipos

Qué riesgos laborales afectan a la salud mental y qué pueden hacer empresas y equipos para cuidarla.

oficina, trabajo, estrés laboral, Día Mundial
¿Eres psicólogo/a?

Destaca entre toda tu competencia profesional.

Registrarse

Pasamos en el trabajo una parte enorme de nuestra vida adulta. Allí ponemos a prueba nuestras capacidades, construimos relaciones y, en el mejor de los casos, encontramos un sentido a lo que hacemos. Sin embargo, el mismo espacio que puede dar estructura y propósito también puede convertirse en una fuente de desgaste sostenido. Muchas personas reconocen la escena: el domingo por la tarde llega con una inquietud difusa, el correo se revisa antes de desayunar y la sensación de no llegar a todo se instala como algo normal. Durante décadas, este malestar se ha tratado como un asunto privado, algo que cada cual debía resolver por su cuenta.

Lo cierto es que los organismos internacionales llevan años advirtiendo de que el problema tiene una dimensión colectiva. La Organización Mundial de la Salud y la Organización Internacional del Trabajo estiman que cada año se pierden unos 12.000 millones de jornadas laborales por depresión y ansiedad, con un coste cercano al billón de dólares en productividad. Ahora bien, el dato económico no es lo más relevante. Lo importante es que las condiciones de trabajo forman parte de los factores que se han asociado con la salud mental, y que una parte de ellas puede modificarse.

Esto desplaza la pregunta. Ya no se trata únicamente de cómo aguanta cada trabajador, sino de qué tipo de entorno se le ofrece. En este artículo repasaremos qué son los riesgos psicosociales, qué señales merecen atención y qué medidas, tanto organizativas como de equipo, cuentan con respaldo.

¿Qué son los riesgos psicosociales?

Se llaman riesgos psicosociales a aquellas condiciones del trabajo, relacionadas con su diseño, organización y gestión, que se han vinculado con un mayor riesgo para la salud mental. No hablamos de un jefe concreto que tiene un mal día, sino de características estables del entorno: la carga de tareas, el margen de decisión, la claridad de los roles, el trato recibido o la seguridad en el empleo. En España, la Ley de Prevención de Riesgos Laborales obliga a evaluar todos los riesgos del puesto, y estos también se incluyen.

Uno de los marcos más influyentes es el modelo de demandas y control que propuso Robert Karasek en 1979. Su idea central es que la exigencia del trabajo por sí sola no explica el malestar; importa también cuánto control tiene la persona sobre cómo y cuándo hacerlo. Las combinaciones de alta exigencia y bajo margen de decisión se han asociado de forma consistente con más tensión psicológica. Años después, otros investigadores añadieron una tercera pieza: el apoyo social de compañeros y supervisores, que parece amortiguar parte de ese efecto.

La evidencia acumulada desde entonces va en la misma dirección. Una metarrevisión sistemática dirigida por Samuel Harvey en 2017 reunió estudios sobre factores laborales y trastornos mentales comunes. Encontró asociaciones con las altas demandas, el bajo control, el desequilibrio entre esfuerzo y recompensa, la percepción de injusticia organizativa, el acoso y la escasez de apoyo. La mayoría de estos trabajos son observacionales, por lo que establecen relaciones, no mecanismos causales definitivos. Aun así, la consistencia entre países y sectores es difícil de ignorar. Si te interesa profundizar en esta clasificación, puedes consultar los distintos tipos de estresores laborales descritos en la literatura.

Señales que merecen atención en personas y equipos

El malestar laboral rara vez aparece de golpe. Suele avanzar de forma gradual y, precisamente por eso, se normaliza con facilidad. Conviene aclarar que una mala semana o un periodo de mucha carga no equivalen a un problema de salud mental. Lo relevante es la persistencia y el grado en que el malestar interfiere con el funcionamiento habitual. Detectar estas señales no sirve para diagnosticar a nadie, sino para abrir una conversación a tiempo.

Un caso especialmente estudiado es el burnout. La OMS lo incluye en la CIE-11 como un fenómeno ocupacional, no como una enfermedad, y lo describe como el resultado de un estrés laboral crónico que no se ha gestionado con éxito. Sus tres dimensiones son el agotamiento, la distancia mental o el cinismo respecto al trabajo y la menor sensación de eficacia. Este matiz importa: sitúa el síndrome de burnout en el contexto laboral y desaconseja usar el término para cualquier cansancio.

A nivel de equipo, algunas señales que suelen indicar que algo no funciona son las siguientes:

  • Aumento sostenido de bajas, retrasos o rotación de personal.
  • Conflictos frecuentes o, al contrario, silencio en las reuniones.
  • Errores que nadie comunica por miedo a las consecuencias.
  • Jornadas que se alargan de forma habitual y mensajes fuera de horario.

Te recomendamos leer: Estrés laboral: cómo afecta a las personas y cómo evitarlo

¿Qué pueden hacer las empresas?

Las directrices de la OMS sobre salud mental en el trabajo, publicadas en 2022, ordenan las intervenciones en varios niveles. El más importante es el organizativo, es decir, actuar sobre las condiciones que generan riesgo antes de que aparezca el daño. Un taller de relajación no compensa una carga de trabajo inasumible. Las medidas individuales, como la formación en manejo del estrés, pueden ser útiles, pero funcionan como complemento y no como sustituto de los cambios estructurales.

En primer lugar, esto implica evaluar los riesgos psicosociales con herramientas validadas y revisar los puestos con más exigencias y menos autonomía. Por otro lado, ajustar cargas, plazos y horarios, y dar a las personas cierta capacidad de decidir cómo organizan su tarea. En España, además, la Ley Orgánica 3/2018 reconoce el derecho a la desconexión digital fuera del horario laboral. A todo esto se suma la necesidad de protocolos claros frente al acoso y de canales donde se pueda informar sin temor a represalias.

Finalmente, la OMS recomienda por primera vez formar a los mandos intermedios en salud mental. El objetivo no es que actúen como terapeutas, sino que sepan reconocer el malestar, conversar sin juzgar y orientar hacia los recursos adecuados. Las directrices también insisten en adaptar el puesto y facilitar el regreso al trabajo de quienes tienen un problema de salud mental.

El papel de los líderes y los equipos

Las políticas de empresa se viven, en la práctica, a través del equipo inmediato. Es ahí donde se decide si alguien se atreve a decir que no llega o si prefiere callar. La profesora de Harvard Amy Edmondson estudió esta cuestión en 1999 con 51 equipos de una empresa manufacturera. Observó que los equipos con mayor seguridad psicológica, entendida como la creencia compartida de que se puede hablar, preguntar o admitir errores sin ser castigado, mostraban más conductas de aprendizaje. Se trata de un estudio en una sola organización, por lo que sus resultados no deben generalizarse sin cautela, aunque investigaciones posteriores han ampliado el concepto a otros sectores.

Llegados a este punto, ¿qué puede hacer un responsable de equipo en su día a día? Algunas orientaciones realistas pasan por reconocer el esfuerzo de forma explícita, repartir la carga con criterios transparentes y preguntar por el estado de las personas sin convertirlo en un trámite. También ayuda dar ejemplo: un líder que envía correos a medianoche transmite una norma, aunque no la pronuncie. Estos pequeños hábitos pueden aliviar la presión diaria, aunque no sustituyen a los cambios organizativos cuando el problema es estructural.

¿Cuándo conviene buscar ayuda profesional?

Un entorno laboral sano reduce riesgos, pero no los elimina. Si el malestar se mantiene durante semanas, afecta al sueño, a las relaciones o a la capacidad de disfrutar de lo que antes resultaba agradable, es recomendable consultar con un profesional de la psicología o con el médico de atención primaria. Muchas empresas ofrecen programas de asistencia al empleado o servicios de prevención que pueden orientar sobre los primeros pasos. Este artículo tiene un fin divulgativo y no sustituye una evaluación ni un tratamiento profesional.

Una responsabilidad compartida

Volvamos a la pregunta inicial: ¿de quién depende la salud mental en el trabajo? La investigación sugiere que no hay una respuesta única. Las características personales influyen, pero la forma en que se organiza el trabajo, el margen de decisión, el apoyo y el trato recibido aparecen una y otra vez asociados al bienestar o al malestar de quienes lo realizan. Cuidar la salud mental laboral es, sobre todo, una cuestión de diseño del entorno, más que de resistencia individual. Ahora bien, la mayor parte de la evidencia es correlacional y todavía sabemos poco sobre qué intervenciones funcionan mejor en cada contexto.

Quizá la lección más valiosa sea también la más sencilla. Un buen lugar de trabajo no es aquel donde nadie lo pasa mal nunca, sino aquel donde se puede decir que algo no va bien y alguien escucha.

  • Edmondson, A. (1999). “Psychological safety and learning behavior in work teams”. Administrative Science Quarterly.
  • Harvey, S. B. et al. (2017). “Can work make you mentally ill? A systematic meta-review of work-related risk factors for common mental health problems”. Occupational and Environmental Medicine.
  • Karasek, R. A. (1979). “Job demands, job decision latitude, and mental strain: Implications for job redesign”. Administrative Science Quarterly.
  • Maslach, C. y Leiter, M. P. (2016). “Understanding the burnout experience: recent research and its implications for psychiatry”. World Psychiatry.
  • Organización Mundial de la Salud. (2019). “Burn-out an ‘occupational phenomenon’: International Classification of Diseases”.
  • Organización Mundial de la Salud. (2022). “WHO guidelines on mental health at work”.

Preguntas frecuentes

Son condiciones relacionadas con el diseño, la organización y la gestión del trabajo que se han vinculado con un mayor riesgo para la salud mental. Incluyen características estables del entorno, como la carga de tareas, el margen de decisión, la claridad de roles, el trato recibido o la seguridad en el empleo. En España, deben incluirse en la evaluación de riesgos del puesto.

Una metarrevisión sistemática dirigida por Samuel Harvey en 2017 encontró asociaciones con altas demandas, bajo control, desequilibrio entre esfuerzo y recompensa, percepción de injusticia organizativa, acoso y escasez de apoyo. La mayoría de los estudios revisados eran observacionales, por lo que muestran relaciones y no mecanismos causales definitivos. Aun así, la consistencia de estas asociaciones entre países y sectores resulta relevante.

Las combinaciones de alta exigencia y bajo margen de decisión se han asociado de forma consistente con una mayor tensión psicológica. Según el modelo de demandas y control de Robert Karasek, no importa solo cuánto exige el trabajo, sino también cuánto control tiene la persona sobre cómo y cuándo realizarlo. El apoyo de compañeros y supervisores parece amortiguar parte de ese efecto.

Pueden ser señales un aumento sostenido de bajas, retrasos o rotación de personal. También los conflictos frecuentes, el silencio en reuniones, los errores que no se comunican por miedo y las jornadas prolongadas o los mensajes fuera de horario. Estas señales pueden indicar que algo no funciona en el equipo, pero no sirven para diagnosticar a nadie.

La OMS incluye el burnout en la CIE-11 como un fenómeno ocupacional, no como una enfermedad. Lo describe como el resultado de un estrés laboral crónico que no se ha gestionado con éxito. Sus tres dimensiones son el agotamiento, la distancia mental o el cinismo respecto al trabajo y la menor sensación de eficacia.

Las empresas pueden evaluar los riesgos psicosociales con herramientas validadas y revisar los puestos con mayores exigencias y menor autonomía. También pueden ajustar cargas, plazos y horarios, y dar a las personas capacidad para decidir cómo organizan sus tareas. Asimismo, se plantean protocolos claros frente al acoso, canales de comunicación sin temor a represalias y formación de mandos intermedios en salud mental.

Pueden reconocer el esfuerzo de forma explícita, repartir la carga con criterios transparentes y preguntar por el estado de las personas sin convertirlo en un trámite. También pueden dar ejemplo con sus propios hábitos, por ejemplo, evitando transmitir como norma el envío de correos a medianoche. Estas acciones pueden aliviar la presión cotidiana, aunque no sustituyen cambios organizativos cuando el problema es estructural.

Es recomendable consultar con un profesional de la psicología o con el médico de atención primaria si el malestar se mantiene durante semanas y afecta al sueño, a las relaciones o a la capacidad de disfrutar de lo que antes resultaba agradable. Los programas de asistencia al empleado o los servicios de prevención de algunas empresas pueden orientar sobre los primeros pasos.

Al citar, reconoces el trabajo original, evitas problemas de plagio y permites a tus lectores acceder a las fuentes originales para obtener más información o verificar datos. Asegúrate siempre de dar crédito a los autores y de citar de forma adecuada.

Psicología y Mente. (2026, octubre 1). Cómo cuidar la salud mental en el trabajo: guía para empresas y equipos. Portal Psicología y Mente. https://psicologiaymente.com/psicologia/como-cuidar-la-salud-mental-en-el-trabajo-guia-para-empresas-y-equipos

Artículos relacionados

Artículos nuevos

Quizás te interese

Consulta a nuestros especialistas