Pexels

¿Quién no ha experimentado ese nudo en el estómago al sentir que una persona en quien confiábamos nos ha decepcionado? ¿Por qué muchas personas acaban por encerrarse y no creer en la gente? ¿Es cierto que no se puede confiar en nadie?

Para que suceda una decepción, previamente hemos de haber construido una expectativa. “No esperaba esto de ti”, “creí que harías esto por mí”, etc.

Valoramos el comportamiento de la gente en la medida en la que encaja con nuestras creencias sobre cómo tiene que comportarse alguien dentro de ese rol: nuestra madre tiene que ser cariñosa y comprensiva, nuestro padre protector y fuerte, nuestra pareja sólo puede tener ojos para nosotros y nuestros amigos siempre tienen que “estar ahí”. Si dicho comportamiento se sale de lo que consideramos adecuado nos enfadamos, nos decepcionamos, nos entristecemos e incluso nos llega la sensación de que no conocemos a la persona que tenemos delante.

¿Por qué? Porque no nos relacionamos con las personas tal y como son, sino tal y como creemos que son, o peor aún, tal y como queremos que sean. Idealizamos, proyectamos, devaluamos y por lo tanto no nos relacionamos de manera real, sino fantaseada. Sin embargo, hay estrategias útiles para superar las decepciones del mejor modo posible.

Controlando las expectativas

El primer paso para protegernos de la desagradable sensación de sentirnos decepcionados es no generar demasiadas expectativas respecto a las personas con las que nos relacionamos. El no esperar demasiado de la gente no tiene que ver con la ideación pesimista de que “todo el mundo nos va a fallar”, sino con el tratar de ver a la persona como es y no como queremos que sea, y aceptar que ciertas decisiones o comportamientos que adopte como persona libre que es, puede que no nos gusten.

En segundo lugar debemos evitar las proyecciones y sobregeneralizaciones respecto a nuestras vivencias pasadas. Los desengaños y rupturas de confianza que hayamos sufrido tiempo atrás nada tienen que ver con nuestra realidad presente, y ponernos un muro como mecanismo defensivo de cara a futuras decepciones solo servirá para alejarnos de la sociedad y en consecuencia sentirnos solos y vivir a través del miedo.

Aun así, es probable que a lo largo de nuestra vida suframos por la traición, la mentira o el daño producido por un ser querido o una persona que considerábamos de confianza. ¿Qué hacer si nos encontramos en esta situación?

1. Regular las emociones que surjan a raíz del desengaño

Ante una decepción aparecen emociones relacionadas con la tristeza, el miedo, la rabia o la frustración. Es importante aprender a identificarlas, vivenciarlas, y regularlas de manera saludable para que no se cronifiquen o se vuelvan en nuestra contra. También es necesario darnos nuestro espacio para llorar y liberar la rabia que se haya producido ante la situación inesperada.

2. Hablar sobre nuestros sentimientos

También debemos verbalizar nuestros sentimientos ante una persona de confianza, y si es necesario, con la persona que ha realizado la “ofensa” para que comprenda nuestras emociones.

Hemos de valorar y sopesar si queremos que esa persona continúe formando parte de nuestra vida, o si por el contrario preferimos seguir nuestro camino sin ella. Tanto en una como en otra opción es importante trabajar el perdón para que la emoción no derive en un rencor que sólo nos envenene.

3. Empezar a ver la decepción como un aprendizaje

Una vez haya pasado el torbellino de emociones que hayamos sentido por el desengaño, es importante que realicemos un autoexamen o introspección para vigilar si la imagen que habíamos construido de esa persona estaba distorsionada, y si tenemos tendencia a idealizar nuestras relaciones interpersonales.

La decepción también nos recuerda que las relaciones están en continuo cambio y que tenemos que aceptar la incontrolabilidad de las mismas, así como del comportamiento de quienes nos rodean.

4. Volver a confiar en las personas

Hay decepciones que nos resultan tan dolorosas que tenemos la sensación de que nunca podremos volver a depositar nuestra confianza en nadie, y como protección corremos el riesgo de volvernos inaccesibles, desconfiados, paranoicos o injustos con las personas que nos rodean.

Nadie nos puede asegurar que nuestros seres queridos no nos “fallarán”, pero aceptar la posibilidad y disfrutar de la relación en el presente es la opción más inteligente.

“Necesitamos gente en nuestras vidas con quien podamos ser lo más sinceros posible. Tener conversaciones reales con las personas parece ser una propuesta tan simple y obvia, pero implica coraje y riesgo” Thomas Moore.