Sentirse un fraude pese a contar con pruebas de la propia capacidad es una experiencia bastante extendida. Aunque suele explicarse como inseguridad individual, la investigación sugiere que la forma en que aprendemos a relacionarnos con el éxito, el error y las expectativas familiares también puede influir.
Hay personas que reciben una buena evaluación y piensan que el examen era demasiado fácil. Consiguen un ascenso y atribuyen el mérito a haber tenido suerte. Si alguien las felicita, recuerdan inmediatamente todo aquello que podrían haber hecho mejor. Desde fuera, su trayectoria demuestra competencia; desde dentro, siempre parece existir una explicación alternativa que permite mantener una conclusión inquietante: «en realidad, no soy tan bueno como creen».
Esta contradicción está en el centro de lo que popularmente conocemos como síndrome del impostor. Y, aunque solemos buscar su origen en características personales (perfeccionismo, inseguridad, miedo al fracaso), algunas de las primeras explicaciones del fenómeno ya señalaban hacia otro lugar: la familia en la que aprendemos qué significa tener éxito y qué ocurre cuando no cumplimos las expectativas. Casi medio siglo después, diversos estudios siguen encontrando relaciones entre determinadas experiencias de crianza y los sentimientos de impostura, aunque la historia es bastante más compleja que culpar a los padres.

Edi Fernández Silván
Edi Fernández Silván
Psicóloga especializada en Trauma Psicológico y Duelo Complicado.
¿Qué es realmente el síndrome del impostor?
El término apareció en 1978 de la mano de las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes, que describieron un patrón observado entre mujeres de elevado rendimiento académico y profesional. A pesar de contar con pruebas objetivas de sus logros, muchas seguían interpretando su éxito como producto de la suerte, el esfuerzo desmedido o incluso de haber conseguido engañar a quienes evaluaban sus capacidades.
Actualmente, se prefiere hablar de fenómeno del impostor, entre otras razones porque no constituye un trastorno mental reconocido ni un diagnóstico clínico. Se trata de una experiencia psicológica que puede aparecer con distinta intensidad y que incluye dificultad para interiorizar los logros, miedo a ser descubierto como incompetente y una tendencia a atribuir el éxito a causas externas. Además, suele coexistir con variables como baja autoestima, ansiedad, perfeccionismo o malestar psicológico, aunque ninguna de ellas permite explicar por sí sola todos los casos.
Esto permite entender una de sus paradojas: tener más éxitos no siempre resuelve el problema. Si cada logro se interpreta como suerte y cada error como prueba de incompetencia, las nuevas evidencias terminan incorporándose al mismo relato. Un buen resultado no demuestra capacidad; simplemente aumenta el temor a no poder repetirlo.
Lo que aprendemos en casa sobre triunfar y fracasar
Clance e Imes ya propusieron que determinadas dinámicas familiares podían contribuir a esa forma de entender el rendimiento. Desde entonces, la hipótesis ha recibido cierto respaldo, aunque la evidencia disponible es principalmente correlacional. Una revisión sistemática publicada por Yosi Yaffe reunió investigaciones realizadas durante tres décadas y encontró asociaciones entre el fenómeno del impostor y aspectos como los estilos parentales, la relación entre padres e hijos, el apego y la importancia concedida al logro dentro de la familia.
Uno de los patrones que aparece con cierta regularidad es la combinación de bajo cuidado percibido y exceso de control. Un estudio clásico con universitarios británicos encontró que una mayor percepción de control parental, junto con una autoestima más baja, estaba relacionada con mayores sentimientos de impostura. Otra investigación posterior señaló específicamente la sobreprotección paterna y la percepción de poco cuidado por parte del padre como predictores de puntuaciones más elevadas. Son estudios relativamente pequeños y basados en recuerdos sobre la crianza, por lo que no demuestran que esos estilos parentales causen el fenómeno. Sí sugieren, sin embargo, una conexión que se ha repetido en diferentes muestras.
También importa lo que una familia comunica acerca del éxito. En una investigación con estudiantes universitarios, una mayor orientación familiar hacia el logro y la competición se relacionó con mayores niveles de impostura. Esto no significa que animar a un hijo a esforzarse sea perjudicial. El matiz está en qué acaba representando el rendimiento dentro de la relación: algo que se celebra pero no determina el valor personal, o una especie de examen permanente sobre quién merece aprobación.
Cuando el valor personal empieza a depender del resultado
Imaginemos a un niño que recibe mucha atención cuando obtiene excelentes notas, pero percibe decepción o retirada emocional cuando sus resultados son simplemente normales. No hace falta que nadie le diga explícitamente «solo vales si eres el mejor». Con suficiente repetición, puede aprender algo más sutil: que equivocarse amenaza la imagen que los demás tienen de él.
En ese contexto, el éxito puede convertirse, paradójicamente, en una fuente de presión. Cada nuevo logro eleva el estándar que deberá mantener la próxima vez. Fallar ya no significa simplemente haber fallado en una tarea, sino arriesgarse a dejar al descubierto una supuesta insuficiencia. El perfeccionismo puede funcionar entonces no tanto como búsqueda de excelencia, sino como estrategia para evitar ser descubierto.
Investigaciones recientes con adolescentes aportan algunas pistas sobre este proceso. Un estudio con 308 jóvenes encontró que la crianza autoritaria se relacionaba con mayores sentimientos de impostura y que parte de esa relación podía explicarse por el control psicológico parental, entendido como intentos de influir sobre pensamientos, emociones o identidad mediante mecanismos como la culpa o la retirada de afecto. Otro trabajo publicado en 2026 encontró que la autoestima y la regulación emocional podrían intervenir en algunas asociaciones entre estilos educativos y sentimientos de impostura. De nuevo, estos diseños no permiten establecer una cadena causal cerrada, pero ayudan a identificar posibles mecanismos psicológicos.
La familia importa, pero no explica toda la historia
Reducir el síndrome del impostor a «cómo te criaron tus padres» sería tan simplista como considerarlo únicamente un problema de autoestima. La propia revisión de Yaffe encontró que, cuando se analizaban conjuntamente distintas variables, factores psicológicos como la autoestima podían tener mayor peso predictivo que las características parentales. Además, las experiencias posteriores pueden reforzar, modificar o contradecir aquello que se aprendió durante la infancia.
Un estudio publicado en 2026 con 1.954 universitarios finlandeses de alto rendimiento resulta especialmente interesante porque amplía el foco hacia el contexto social. Los estudiantes procedentes de familias con mayores dificultades económicas informaban de más sentimientos de impostura, mientras que el estímulo y apoyo parental aparecían como posibles factores protectores. Las expectativas paternas mostraban una relación positiva, aunque modesta, con la impostura. Los propios autores subrayan que los efectos eran pequeños y que los datos no permiten establecer causalidad.
Esto recuerda que sentirse fuera de lugar también puede depender del entorno al que llegamos. Ser la primera persona de la familia que entra en la universidad, trabajar en ambientes extremadamente competitivos o pertenecer a grupos históricamente poco representados puede alimentar la sensación de que los demás conocen unas reglas que uno todavía está aprendiendo. A veces, el «no pertenezco aquí» no nace únicamente dentro de la persona, sino de una interacción entre su historia y el contexto en el que intenta desenvolverse.
¿Se puede cambiar esa forma de interpretar el éxito?
Comprender de dónde pueden proceder estas creencias no implica buscar culpables. La crianza está formada por cientos de interacciones y ningún estilo parental conduce inevitablemente al fenómeno del impostor. Dos hermanos pueden crecer en el mismo hogar y desarrollar maneras muy distintas de entender sus capacidades.
Lo que sí puede resultar útil es observar cómo se atribuyen los resultados. Si el éxito siempre pertenece a la suerte y el fracaso siempre habla de la propia capacidad, existe una asimetría que merece ser cuestionada. Registrar logros concretos, revisar qué habilidades contribuyeron realmente a ellos, tolerar resultados imperfectos y aprender a recibir reconocimiento sin neutralizarlo inmediatamente pueden ayudar a construir una valoración más ajustada. También puede ser importante separar dos preguntas que muchas personas aprendieron a mezclar: «¿cómo lo he hecho?» y «¿cuánto valgo?».
Cuando estos sentimientos generan un malestar intenso, bloquean oportunidades profesionales o se acompañan de ansiedad, perfeccionismo rígido o una autoestima muy dependiente del rendimiento, abordarlos en psicoterapia puede permitir trabajar las creencias que los mantienen. El objetivo no es convencerse de que uno es excepcional, sino desarrollar una relación más realista con las propias fortalezas y limitaciones.
El contexto de crianza puede dejar huella en la manera en que interpretamos nuestros logros, pero esa huella no funciona como una sentencia. Lo que aprendimos sobre el éxito puede seguir influyendo muchos años después, especialmente cuando nuevos entornos vuelven a activar aquellas antiguas expectativas. Comprenderlo permite mirar el síndrome del impostor desde una perspectiva menos individualista: no solo preguntarnos por qué una persona duda de sí misma, sino también dónde aprendió qué tenía que demostrar para sentirse suficientemente válida.

Edi Fernández Silván
Edi Fernández Silván
Psicóloga especializada en Trauma Psicológico y Duelo Complicado.









