En psicoanálisis suele pensarse que una de las principales herramientas del analista es la interpretación. Interpretar permite poner en palabras aquello que permanece inconsciente, establecer relaciones entre diferentes experiencias y ayudar al paciente a reconocer aspectos de sí mismo que anteriormente no podía observar. Sin embargo, reducir el proceso analítico a la interpretación sería dejar de lado una parte fundamental de lo que ocurre en el tratamiento: aquello que sucede entre el paciente y el terapeuta.
El análisis no ocurre únicamente cuando el terapeuta explica, interpreta o señala algo. También ocurre cuando el paciente experimenta, dentro de la relación analítica, una forma diferente de ser escuchado, comprendido y tomado en cuenta. El vínculo terapéutico puede convertirse así en un espacio en el que el paciente no solamente habla sobre sus dificultades, sino que puede vivir una experiencia distinta de aquellas relaciones que contribuyeron a formar su manera de relacionarse consigo mismo y con los demás.

Ricardo Garcia Diaz
Ricardo Garcia Diaz
Licenciatura y Maestria psicologia y psicoanalisis
La transferencia dentro del vínculo terapéutico
Esto adquiere especial importancia cuando pensamos en la transferencia. El paciente no llega al consultorio como una persona completamente separada de su historia. Lleva consigo formas de relacionarse que se han construido a lo largo de su vida: expectativas, temores, defensas y maneras de interpretar las respuestas de los demás. Muchas de estas experiencias pueden aparecer nuevamente dentro del tratamiento. El terapeuta puede convertirse, en determinados momentos, en alguien frente a quien el paciente espera ser rechazado, criticado, ignorado o ridiculizado. Pero también puede ocurrir algo diferente: que el paciente encuentre una relación que no confirme aquello que esperaba encontrar.
Pensemos, por ejemplo, en una paciente que durante gran parte de su vida ha aprendido a ser tímida. Cuando habla, siente vergüenza, duda de sus propias opiniones y frecuentemente prefiere guardar silencio. Quizá esto se relaciona con experiencias en las que lo que decía era minimizado, ignorado o incluso utilizado como motivo de burla. Con el tiempo, la paciente pudo haber llegado a una conclusión acerca de sí misma: lo que piensa no es suficientemente importante y, por lo tanto, es mejor no expresarlo.
En el tratamiento, sin embargo, puede encontrarse con un terapeuta que escucha con atención aquello que dice. No se burla, no minimiza sus comentarios y muestra un interés genuino por comprender lo que está tratando de comunicar. Esto puede parecer algo sencillo, pero para la paciente puede constituir una experiencia emocionalmente nueva.
Lo importante no sería únicamente que el terapeuta le dijera: «Tienes miedo de expresar tus opiniones porque en el pasado no fueron tomadas en serio». Esa interpretación podría ser correcta y ayudarla a comprender el origen de su dificultad. Pero existe otra dimensión del tratamiento: la paciente está experimentando, en ese momento, que su palabra sí tiene un lugar.
Comprender algo no es lo mismo que vivirlo
La diferencia es importante. Una interpretación puede ayudar a comprender intelectualmente una dificultad, mientras que la experiencia dentro del vínculo puede permitir que esa comprensión se transforme poco a poco en una experiencia propia. La paciente no solamente escucha que tiene derecho a expresarse; comienza a descubrir que puede hablar y ser escuchada. No solamente comprende que ha aprendido a sentirse poco importante; empieza a experimentar que aquello que piensa puede ser considerado por otra persona.
Por supuesto, esto no significa que el terapeuta deba simplemente «tratar bien» al paciente o convertirse en una figura que constantemente lo valide. El vínculo analítico no consiste en ofrecer una relación idealizada en la que el terapeuta siempre confirma al paciente. Precisamente porque se trata de un vínculo terapéutico, lo que sucede entre ambos debe poder ser observado y pensado.
Si la paciente comienza a notar que le da vergüenza hablar durante la sesión, por ejemplo, el terapeuta puede preguntarse qué está ocurriendo entre ellos. Quizá ella piensa que él se está aburriendo. Quizá teme que considere absurda alguna de sus ideas. Tal vez incluso interpreta un silencio del terapeuta como una señal de desaprobación. En lugar de limitarse a interpretar el origen histórico de esa sensación, puede ser fundamental hablar de cómo esa experiencia está ocurriendo ahora, dentro del consultorio.
En este sentido, el vínculo no es solamente el medio a través del cual se realiza el análisis; también se convierte en uno de sus objetos de análisis.
Cuando la historia vuelve a aparecer en el presente
Esto puede observarse en muchas situaciones. Un paciente que siempre teme decepcionar a los demás puede comenzar a preocuparse por decepcionar a su terapeuta. Una persona que está acostumbrada a sentirse controlada puede interpretar cualquier pregunta como una exigencia. Alguien que ha aprendido a no pedir ayuda puede sentirse incómodo cuando el terapeuta intenta acercarse a determinadas dificultades. Una persona acostumbrada a no ser escuchada puede sorprenderse cuando descubre que el terapeuta recuerda algo que dijo varias sesiones atrás.
En todos estos casos, lo que ocurre en la relación terapéutica puede convertirse en material analítico. El paciente puede comenzar a preguntarse: «¿Por qué pensé que se iba a reír de mí?», «¿Por qué me dio tanta vergüenza decirle esto?», «¿Por qué pensé que estaba molesto conmigo?». Estas preguntas permiten observar cómo determinadas formas de relacionarse con los demás aparecen nuevamente en el presente.
Pero también puede ocurrir lo contrario. Cuando el vínculo terapéutico ofrece una experiencia diferente, el paciente puede comenzar a construir nuevas posibilidades. Esto no sucede necesariamente de manera inmediata ni significa que la relación con el terapeuta sustituya las relaciones anteriores. Más bien, la experiencia de ser escuchado, tomado en serio y comprendido puede introducir una posibilidad que antes parecía desconocida.
En el caso de la paciente tímida, quizá después de varias sesiones comienza a hablar con mayor libertad. Un día expresa una opinión sin disculparse inmediatamente por haberla dicho. En otra sesión se atreve a contradecir al terapeuta. Posteriormente puede reconocer que estaba en desacuerdo, pero que tenía miedo de decirlo. Estos pequeños cambios pueden ser clínicamente significativos.
Poner en palabras lo que ocurre entre ambos
Por eso resulta importante que el terapeuta no solamente observe que la paciente está hablando más, sino que pueda poner en palabras lo que está sucediendo entre ambos. Podría señalar, por ejemplo, que al principio ella parecía sentirse obligada a medir cuidadosamente cada palabra y que ahora puede expresar con mayor libertad aquello que piensa. También podría preguntarle qué significa para ella descubrir que puede hablar y que sus palabras son escuchadas.
De esta manera, la experiencia del vínculo se vuelve pensable. No se trata solamente de que algo diferente ocurra, sino de que el paciente pueda reconocer que está ocurriendo algo diferente.
Esto permite pensar que una parte importante del cambio terapéutico no proviene exclusivamente de encontrar la interpretación correcta, sino de la posibilidad de vivir, reconocer y elaborar una experiencia nueva dentro de la relación analítica. La interpretación puede ser fundamental para hacer consciente aquello que permanece oculto, pero necesita insertarse en una relación en la que aquello que se interpreta pueda ser experimentado y elaborado.
Desde esta perspectiva, el terapeuta no es únicamente alguien que descifra el significado de los síntomas. Es también alguien con quien el paciente establece una relación que inevitablemente reproduce aspectos de su historia, pero que puede ofrecer condiciones para que estos sean observados de una manera diferente.
Una relación en la que también pueden existir conflictos
El objetivo no sería crear una relación perfecta ni eliminar todas las experiencias dolorosas. Tampoco se trata de que el terapeuta sea completamente diferente de todas las figuras significativas del pasado. Inevitablemente, habrá malentendidos, silencios, frustraciones y momentos en los que el paciente se sentirá incomprendido. Lo terapéutico puede encontrarse precisamente en la posibilidad de hablar de aquello que sucede entre ambos y descubrir que un conflicto puede ser pensado, expresado y elaborado sin que necesariamente termine en abandono, burla o rechazo.
En este sentido, quizás una de las mayores posibilidades del psicoanálisis consiste en que aquello que el paciente aprendió acerca de sí mismo pueda ponerse nuevamente en juego. La persona que aprendió que su palabra no importa puede descubrir que alguien la escucha. La persona que aprendió que expresar enojo destruye una relación puede descubrir que puede estar en desacuerdo y continuar siendo escuchada. Quien aprendió que pedir ayuda es una señal de debilidad puede experimentar que puede necesitar a otro sin perder por ello su autonomía.
El cambio, entonces, no ocurre únicamente porque el paciente comprende algo sobre su pasado. Ocurre también porque puede experimentar de otra manera aquello que anteriormente parecía inevitable. El vínculo analítico ofrece un espacio donde estas experiencias pueden aparecer, repetirse, ser reconocidas y finalmente adquirir un significado diferente.
Por ello, más que preguntarnos solamente qué interpretación hizo el terapeuta, quizá sea necesario preguntarnos qué ocurrió entre el paciente y el terapeuta, qué sintió cada uno, qué se repitió, qué fue diferente y, sobre todo, si aquello que ocurrió pudo ser pensado y hablado dentro del análisis.
La interpretación sigue teniendo un lugar central. Pero quizá su mayor potencia aparece cuando no funciona como una explicación que el terapeuta entrega al paciente, sino como una herramienta para comprender aquello que está ocurriendo en la experiencia viva del vínculo. En última instancia, el análisis no consiste solamente en hablar sobre las relaciones del paciente, sino en permitir que una relación concreta se convierta en un espacio donde esas formas de relacionarse puedan aparecer, ser comprendidas y, eventualmente, transformarse.

Ricardo Garcia Diaz
Ricardo Garcia Diaz
Licenciatura y Maestria psicologia y psicoanalisis
















