Muchas ideas sobre cómo «debería» funcionar nuestra sexualidad se aprenden mucho antes de que empecemos a cuestionarlas. El deseo, la frecuencia, el orgasmo o la espontaneidad pueden convertirse así en medidas de éxito. Revisar estos mitos permite construir una relación más libre, consciente y respetuosa con nuestra propia sexualidad.
Dos personas se quieren, se sienten atraídas y mantienen una relación satisfactoria. Sin embargo, una de ellas empieza a preguntarse si algo va mal porque ya no siente el deseo con la misma intensidad que al principio. Otra pareja tiene relaciones sexuales con menor frecuencia de la que cree «normal» y comienza a compararse. Alguien disfruta de un encuentro íntimo, pero sale de él frustrado porque no alcanzó el orgasmo. En todos estos casos puede existir una experiencia agradable que termina interpretándose como insuficiente.
Nuestra sexualidad no se construye únicamente a partir de lo que sentimos. También intervienen las películas, la pornografía, las conversaciones, la educación recibida, las expectativas de género y las ideas culturales sobre qué significa ser una «buena pareja». Los sociólogos John Gagnon y William Simon denominaron guiones sexuales a estos marcos aprendidos que contribuyen a decirnos qué debería ocurrir, en qué orden y qué significado debemos darle.
-medium.jpg)
Sandra García Sánchez-Beato
Sandra García Sánchez-Beato
CENTRO DE PSICOLOGÍA HUMANISTA & MEDITACIÓN
Desmontando los grandes mitos de la sexualidad
Desde una perspectiva humanista, hablar de sexualidad implica precisamente recuperar a la persona detrás de esos guiones. No existe una única manera correcta de experimentar intimidad, deseo o placer. La propia Organización Mundial de la Salud entiende la salud sexual desde el bienestar físico, emocional, mental y social, incluyendo experiencias seguras y placenteras basadas en el respeto y libres de coerción y violencia.
Mito 1: «Si deseo a mi pareja, las ganas deberían aparecer espontáneamente»
Uno de los mitos más persistentes presenta el deseo como una especie de impulso que debería aparecer antes de cualquier contacto sexual. Si no sentimos unas ganas intensas de forma espontánea, podemos interpretar que hemos dejado de sentir atracción o que existe algún problema en la relación.
Sin embargo, el deseo humano no funciona siempre de esa manera. Rosemary Basson propuso un modelo de respuesta sexual que cuestionaba la idea de una secuencia universal en la que primero aparece el deseo y después la excitación. En determinadas situaciones, especialmente dentro de relaciones establecidas, una persona puede comenzar un acercamiento desde la intimidad, la curiosidad o la disposición a conectar y experimentar deseo posteriormente. Su modelo se desarrolló originalmente para comprender mejor la respuesta sexual femenina, por lo que no debe convertirse tampoco en una nueva regla universal.
Además, una revisión sistemática de 64 estudios sobre deseo en relaciones duraderas mostró que este puede fluctuar y estar relacionado con numerosos factores individuales, interpersonales y sociales. Tener menos deseo en un periodo concreto no constituye automáticamente una medida del amor que sentimos por nuestra pareja.
Mito 2: «Una pareja feliz tiene mucho sexo»
Preguntar cuántas veces «deberíamos» mantener relaciones sexuales parece ofrecer una forma sencilla de comprobar si nuestra vida íntima funciona. El problema es que convierte una experiencia profundamente personal en una competición estadística.
Amy Muise y sus colaboradores analizaron tres estudios que reunían a más de 30.000 participantes. Entre las personas que mantenían una relación, una mayor frecuencia sexual se asociaba con mayor bienestar hasta aproximadamente una relación sexual semanal. Por encima de esa frecuencia, tener más relaciones no se relacionaba con aumentos adicionales del bienestar. Los propios resultados son correlacionales y no establecen una cantidad óptima que todas las parejas deban alcanzar.
La cifra, por tanto, no debería convertirse en otro mandato. Una pareja puede sentirse satisfecha con una frecuencia que otra consideraría insuficiente. Lo relevante es cómo viven ambas personas esa diferencia y si pueden hablar de sus necesidades. La satisfacción sexual difícilmente puede reducirse a contar encuentros en un calendario.
Mito 3: «El buen sexo termina con penetración y orgasmo»
Buena parte de nuestros guiones sexuales siguen organizando los encuentros alrededor de una secuencia relativamente rígida: excitación, penetración y orgasmo. Todo aquello que sucede antes recibe incluso un nombre revelador («preliminares»), como si se tratara únicamente de una preparación para lo verdaderamente importante.
Esta concepción puede convertir el placer en rendimiento. Si aparece una dificultad de erección, no llega el orgasmo o la penetración no es posible o deseada, el encuentro puede interpretarse como un fracaso aunque haya existido intimidad, excitación y disfrute.
Los estudios sobre orgasmo muestran, además, que las experiencias sexuales no son iguales para todo el mundo. David Frederick y sus colaboradores analizaron una gran muestra estadounidense y encontraron importantes diferencias en la frecuencia de orgasmo según género y orientación sexual. Entre las personas heterosexuales existía una brecha particularmente marcada entre hombres y mujeres. Estos resultados cuestionan la idea de que determinada secuencia sexual produzca automáticamente placer equivalente para ambos miembros de una pareja.
Desde una mirada psicológicamente saludable, el orgasmo puede ser una experiencia valiosa sin tener que convertirse en el examen final de cada encuentro. El placer sexual puede incluir contacto, juego, comunicación, intimidad, excitación y muchas otras experiencias que no necesitan seguir una estructura predeterminada.
Mito 4: «Si existe verdadera conexión, no debería hacer falta hablar de sexo»
Otro guion romántico nos dice que una pareja compatible sabe intuitivamente qué desea el otro. Tener que explicar dónde queremos que nos toquen, qué nos incomoda o qué nos gustaría probar puede parecer poco espontáneo.
La investigación apunta en otra dirección. Allen Mallory reunió 93 estudios con 38.499 personas que mantenían una relación y encontró asociaciones positivas entre comunicación sexual y satisfacción tanto sexual como relacional. La calidad de esa comunicación mostraba una relación especialmente fuerte con la satisfacción sexual. La mayoría de estudios eran correlacionales, por lo que no permiten afirmar que hablar sea por sí solo la causa de una mejor vida sexual, pero el vínculo entre ambas variables resulta consistente.
Hablar no elimina el misterio de la sexualidad. Puede permitir que dos personas dejen de intentar adivinarse. Expresar «esto me gusta», «hoy no me apetece», «quiero ir más despacio» o «me gustaría probar algo diferente» también forma parte de la intimidad.
Mito 5: «Hay una manera normal de vivir la sexualidad»
Quizá este sea el mito que sostiene muchos de los anteriores. Existe una edad correcta para empezar, una frecuencia adecuada, una cantidad «normal» de deseo, unas prácticas más auténticas que otras y una forma específica en la que hombres y mujeres deberían comportarse.
Los guiones sexuales ayudan a comprender por qué estas expectativas pueden sentirse naturales incluso cuando son aprendidas culturalmente. Nuestra experiencia de la sexualidad está atravesada por normas, historias personales, relaciones y valores, no únicamente por mecanismos biológicos.
Esto tampoco significa que cualquier experiencia sea necesariamente saludable. El consentimiento, la seguridad, el respeto por los límites propios y ajenos y la ausencia de coerción son fundamentales. Pero, dentro de ese marco, existe una enorme diversidad legítima. Una persona puede experimentar mucho deseo, poco deseo o periodos distintos. Una pareja puede valorar especialmente la sexualidad y otra darle un espacio menor sin que ninguna de ellas esté haciendo necesariamente algo mal.
Recuperar una sexualidad que se parezca más a nosotros
Cuestionar los mitos sexuales no consiste en sustituir unas normas por otras. Convertir «hay que tener mucho sexo» en «la frecuencia nunca importa» sería simplemente crear un nuevo mandato. Lo importante es poder preguntarnos qué queremos nosotros, qué desea la otra persona y qué significado tiene la sexualidad dentro de esa relación concreta.
Una orientación humanista invita precisamente a abandonar la lógica del examen. La sexualidad no necesita demostrar continuamente que somos suficientemente deseables, experimentados, masculinos, femeninos o capaces de proporcionar placer. Puede ser un espacio de encuentro en el que existe curiosidad, vulnerabilidad, comunicación y derecho a cambiar.
Tal vez una sexualidad psicológicamente saludable no sea aquella que cumple todos los guiones que hemos aprendido, sino aquella en la que podemos reconocer cuáles ya no nos representan. Hablar de sexo también significa poder dejar de preguntarnos constantemente si lo estamos haciendo como «deberíamos» y empezar a descubrir cómo queremos vivirlo realmente.
-medium.jpg)
Sandra García Sánchez-Beato
Sandra García Sánchez-Beato
CENTRO DE PSICOLOGÍA HUMANISTA & MEDITACIÓN















