Todos hemos oído decir muchas veces que no puede juzgarse a las personas por su apariencia, que lo importante está en el interior y que para poder valorar a las personas hay que conocerlas bien a ellas y a sus historias de vida. 

Sin embargo, por lo que se ha ido viendo a partir de múltiples hallazgos en psicología, hoy sabemos que estas frases responden más a los deseos de algunas personas que a la realidad. Los seres humanos somos especialistas en utilizar la mínima cantidad de información para juzgar a las personas con las que nos relacionamos.

Nombres sencillos, ¿más sexies?

Normalmente, esto significa que valoramos a las personas por su apariencia o por lo que hacen durante las primeras horas en las que las conocemos, pero una investigación indica que nuestra propensión a la superficialidad podría ir incluso más allá de esto. 

Concretamente, ha aportado pruebas que refuerzan la idea de que una parte de estos esfuerzos inconscientes dedicados a valorar al prójimo se centran en... el nombre de este.

Mucho poder concentrado en pocas letras

Si hay algo más superficial e impersonal que la apariencia física de alguien, es el nombre que resulta tener ese alguien en concreto. Sin embargo, parece que en el mundo de las relaciones los atajos mentales priman en buena parte sobre el análisis racional. O al menos eso es lo que indica esta investigación realizada por investigadores en psicología social y publicado en la revista Journal of Experimental Social Psychology.

La conclusión es que cuanto más simple y fácil de pronunciar es el nombre de una persona, mayores son las posibilidades de que nuestro trato hacia ellas sea más favorable.

¿Por qué pasa esto?

La explicación que se propone es que el cerebro humano está diseñado para promover que se valore positivamente lo que está relacionado con un tipo de información simple y fácil de procesar. Esta hipótesis, que se basa en la existencia de muchas otras investigaciones realizadas con anterioridad, enfatiza el modo en el que nuestro sistema nervioso selecciona las informaciones con menos posibilidades de hacernos perder el tiempo.

Por supuesto, el rato que perderíamos intentando procesar el nombre de una persona con un nombre difícil de pronunciar casi siempre parecerá una nimiedad, pero no lo es tanto si tenemos en cuenta la cantidad de nombres con los que nos toamos a lo largo de nuestras vidas, o los millones de años de evolución que han ido transformando nuestro cerebro en una máquina de optimizar el modo en el que gestionamos el tiempo y evitamos dedicar nuestros esfuerzos a tareas que no van a ofrecernos una recompensa. En este sentido, las personas con un nombre complicado parten con desventaja.

¿En qué consistía la investigación?

La investigación se basa en la realización de varios estudios similares. En el primero, simplemente se le pedía a una serie de voluntarios que puntuasen varios nombres según su dificultad de pronunciación y según el grado en el que les gustaban. En el segundo se les pedía que votasen en unas elecciones imaginarias en las que solo podían conocer los nombres de los candidatos, y en el tercero debían elegir a quién votar entre una serie de políticos cuyos nombres y apellidos ya conocían.

La facilidad con la que se pronuncia nuestro nombre correlaciona con el éxito en la vida

En otro estudio, en vez de basarse solo en situaciones hipotéticas, los investigadores decidieron contrastar sus resultados con pruebas sobre el terreno, más allá del ambiente de laboratorio. Para ello seleccionaron los nombres de varios abogados reales. Estos nombres fueron puntuados por los voluntarios según la facilidad de pronunciación y el grado en el que les gustaban. Lo más interesante era que al comparar las puntuaciones en la dimensión de dificultad de pronunciación del nombre con los salarios promedios, los grados de responsabilidad y en general el grado de prestigio a nivel profesional, se encontró una correlación. Es decir, que el nombre indicaba una parte del éxito profesional de estas personas reales.

Además, en estos estudios se comprobó que la dificultad de pronunciación de estos nombres, más que su longitud o las posibilidades de que fuesen extranjeros, determinaba el modo en el que se valoraba a estas personas. En concreto, la facilidad o dificultad de la pronunciación permitía predecir en un 40% el grado en el que gustan o no estos individuos.