La vida de Alfred Russel Wallace no es tan conocida como la de otro gran naturalista de su época, Charles Darwin, pero desde luego su vida y obra fueron muy importantes en las últimas décadas de vida del gran naturalista inglés.

Más joven que Darwin, Wallace llegó a conclusiones a las que él llevaba décadas tratado de esclarecer. La vida de Wallace se caracteriza por tener mucha similitud con la de su homólogo inglés, y también por haber tenido cierta controversia. Veamos su historia en esta biografía de Alfred Russel Wallace.

Biografia de Alfred Russel Wallace

A continuación veremos toda la vida de Wallace de manera resumida, hablando especialmente de sus viajes a Malasia, sus similitudes y diferencias con Darwin y el conocido y controvertido incidente de las cartas que envió a este segundo.

Primeros años

Alfred Russel Wallace nació en Monmouthshire, Gales, el 8 de enero 1823, en una modesta familia de fe anglicana. Con 13 años decidió finalizar sus estudios para ir a trabajar como aprendiz de carpintero de su hermano y, en 1837, se fue a ayudar a otro hermano en tareas de agrimensura.

Pese a que en su adolescencia optó por dedicarse a trabajos más mundanos, en 1844 cambió de idea al recibir un libro llamado Vestiges of the natural history of creation, en el que se combinaban estudios científicos con teología. El libro, escrito por Robert Chambers, argumentaba que las especies iban progresando en la escala evolutiva de acuerdo a la voluntad divina, una creencia muy acorde con los tiempos victorianos que transcurrían.

Es por ello que, tras la lectura de este libro, Wallace decidió que su profesión sería la de naturalista. Sin embargo, por muchos deseos que tuviera de iniciar esta carrera profesional, estaba ante el problema de dónde conseguiría el dinero y el entrenamiento que le serviría para poder viajar a tierras exóticas y poder enfrentarse a posibles amenazas en esos lugares tan lejanos. Consiguió ingeniárselas y ganarse un modesto sueldo vendiendo especímenes raros que coleccionaba.

Viaje a Brasil y Malasia

Inspirado por la lectura de El viaje del Beagle, Alfred Wallace viajó a Brasil entre 1848 y 1852, con Henry Walter Bates, otro naturalista. Allí recorrieron los ríos Amazonas y Negro y llegaron a regiones que ningún europeo había visitado anteriormente.

Pese a que se estaba cumpliedo su sueño, el inicio de su carrera profesional ya empezó bastante mal, dado que fue en el país sudamericano en donde contrajo la malaria y sufrió por años fiebres que lo forzaban a estar en la cama. Pero luchó contra la enfermedad, y no le impidió empezar a plantear algunos principios biogeográficos, basados en la distribución de especies de insectos. Lamentablemente, al intentar volver a Europa, el barco en el que viajaba se incendió y hundió, perdiendo los manuscritos de dos libros que estaba preparando.

En 1854 viajaría a Malasia y, durante los siguientes 12 años, redactaría más de 50 artículos científicos sobre la historia natural del archipiélago. Estando allí lograría ofrecer una definición darwiniana más clara de la idea de especie, en relación al aislamiento reproductivo y diferencias con subespecies y razas locales.

Ya desde sus inicios en el campo del naturalismo, Wallace se caracterizó por ser admirador de Darwin, pero a la vez serle, en cierta medida, crítico. Aceptaba la barrera reproductiva planteada por el naturalista inglés como causa de formación de especiación, es decir, si dos grupos de individuos no se pueden reproducir entre ellos, lo más seguro es que sean dos especies diferentes.

No obstante, pese aceptar este principio, Wallace no aceptaba esta idea como definición de especie. Se debían tener más factores en cuenta para definir cuáles son los límites de una especie, sea animal o vegetal. Sí que consideraba que la selección natural podía conducir a la formación de dos nuevas especies a partir de un mismo grupo de individuos ancestral, lo que hoy en día es conocido como “efecto Wallace”.

Es también estando en Malasia donde Wallace llega a conclusiones muy similares a las que hizo Charles Darwin estando en las Islas Galápagos, como la de que especies similares, como era el caso de los pinzones, sufrían modificaciones en función de las demandas del medio y la capacidad de la especie para adaptarse al mismo.

Lo que cabe destacar de este pensamiento es que Wallace, y es algo que ha sido bastante ignorado por la comunidad científica, llegó a plantear estas ideas antes de Darwin, quien fue advertido por su amigo Charles Lyell al conocer que un joven naturalista estaba formulando tan convincentes teorías.

En 1856 Wallace viajó a Bali, recorriendo los canales entre esta isla y la vecina Lombok, separadas por tan solo 20 kilómetros. Le resultó llamativo el que, a pesar de estar tan cerca, albergaban especies tan diferentes. Vio que en Bali habían animales propios de Asia continental, en Lombok habían marsupiales, como los que se pueden encontrar en Australia Es en este momento en el que Alfred Wallace dibuja la línea que recibiría su apellido, la cual sirve para delimitar la fauna indo-malaya del oeste de la austro-malaya del este.

Esta línea ha sido interpretada por otros científicos como una evidencia de la deriva continental, dado que permitiría entender el por qué de dos faunas tan diferentes en un mismo archipiélago, además de dar soporte a la idea de un continente primigenio, Wallacea.

En base a estos datos y a los obtenidos en otros lugares del mundo, Wallace escribió su libro “Geographic distribution of animals”, en donde propone dividir la tierra en seis zonas biogeográficas. Posteriormente viajaría a las islas de Ternate y Gilolo, donde leería Principles of Geology, escrito por Charles Lyell. Es el mismo libro que leyó Darwin estando a bordo del Beagle.

Estando en las islas, y sufriendo de un terrible episodio de fiebres, escribió “On the tendency of varieties to depart indefinitely from the original type” (1858), en donde argumentó que existían dos factores que controlaban la evolución: la divergencia entre grupos de individuos (ley de Sarawak), y la supervivencia de los más adaptados, los “triunfadores”.

Sabiendo que su trabajo podría beneficiar a las tesis evolucionistas, decidió enviar el manuscrito a Darwin para saber su opinión y le pidió que lo mostrase a Charles Lyell y Joseph Hooker. Tras leer el manuscrito, Darwin tuvo una sensación agridulce. Era interesante ver cómo se daba respuesta a algunas preguntas de su propia investigación, pese a que él llevaba mucho más tiempo siendo naturalista y viajando que Wallace.

Pensando en la selección natural

Estando en Ternate, una isla de Indonesia, empezó a cristalizarse en su mente la idea de la selección natural. Estando en la isla, y sufriendo fiebres que lo dejaron prácticamente paralizado de dolor y angustia, empezó a ver en el pensamiento de Malthus y las ideas de Lyell los principios que podrían explicar la adaptación de los organismos al hábitat. Es aquí donde empieza a explicar el proceso de divergencia que está detrás de la diversidad tan importante de seres vivos.

Los cambios ventajosos en ciertos individuos contribuyen a que sobrevivan y se reproduzcan, facilitando que sean sus genes los que más posibilidades tengan de pasar a la siguiente generación. Pasadas varias generaciones, estos genes se vuelven comunes en todo el grupo o especie.

Wallace era crítico de la expresión “selección natural”, especialmente cuando se usaba como sinónimo de la supervivencia del más apto. Para Wallace, los especímenes con características no tan ventajosas no necesariamente debían quedarse atrás en la carrera por la supervivencia, simplemente no tendrían tantos privilegios como los más adaptados.

El incidente de las cartas entre Wallace y Darwin

Cuando se habla de las figuras de Wallace y Darwin es inevitable hablar de cómo el famoso naturalista inglés aprovechó los descubrimientos del homólogo galés, aunque la forma en cómo lo hizo y sucedieron los hechos en general ha causado debate.

En marzo de 1858 Wallace envió su trabajo On the Tendency of Varieties... a Darwin para conocer su opinión. El problema es que no se sabe exactamente en qué momento llegó la carta.

Se cree que el texto llegó el 18 de junio, algo afirmado por el mismo Darwin, y que sería la prueba de que su principio de divergencia, es decir, la explicación de cómo las especies se diferencian las unas de las otras pese a proceder de un mismo antepasado común, lo habría formulado de forma completamente independiente a las ideas de Wallace.

No obstante, sus detractores consideran que Darwin estuvo en posesión de la carta antes, entre el 2 y 3 de junio, lo que le habría permitido leerla durante dos semanas y estudiarla a fondo para sacar sus propias conclusiones, reelaborando sus teorías. Esta idea se fundamenta en que una carta enviada por Wallace al hermano de Henry Bates, y que habría sido despachada el mismo día que la que iba dirigida a Darwin, llegó a Londres el 2 de junio.

Darwin era muy meticuloso con respecto a las cartas que recibía, archivándolas por si en un futuro tenía que echarles un ojo. Sin embargo, y como algo que hace levantar todavía más sospechas, la primera carta que recibió de Wallace no llegó a ser archivada y no se ha llegado a encontrar. El resto de cartas de enviadas por el galés a Darwin sí que se encontraron.

Darwin, quien por aquel entonces tenía 49 años, llevaba las dos últimas décadas tratando de encontrar una explicación a la divergencia entre especies y, de repente, recibe la carta de alguien mucho más joven que ha llegado a una conclusión bastante plausible por su propio pie. ¿Acaso sintió envidia el naturalista inglés? Lo que sí se sabe es que quedó bastante descolocado ante la misiva, planteándose incluso abandonar su propio trabajo.

Pese al golpe, sus amigos Charles lyell y Joseph Dalton Hooker intervinieron para animar a Darwin y proteger su extensa obra científica. El problema era que, a diferencia de Wallace, en ese momento no tenía nada presentable. Lo único que se les venía en mente era replantear el pensamiento de Wallace y adaptarlo en lenguaje más darwiniano.

Se ha hablado mucho de que, a partir de este incidente, para solucionarlo de forma amistosa, Darwin y Wallace acordaron elaborar de forma conjunta un trabajo sobre el origen de las especies, y cómo estas se iban diferenciando a medida que transcurrían las generaciones. Sin embargo, existe amplio consenso de que ambos científicos nunca leyeron ni tampoco publicaron un trabajo en coautoría. Lo que sucedió es que Lyell y Hooker destacaron las contribuciones de ambos, aunque sin el permiso de Wallace, en una conferencia en la Linnean Society el 1 de julio de 1858.

Pese a este incidente, en 1860 Alfred Russel Wallace recibió una copia de “El origen de las especies” de Charles Darwin y manifestó su gran admiración por el naturalista inglés. De hecho, se mostró orgulloso por haber servido de ayuda para las tesis evolucionistas darwinianas con su idea de la divergencia entre especies.

Aunque estaba de acuerdo con ciertos aspectos de Darwin, cabe destacar que Wallace se mostraba muy contrario ante la idea de que la mente humana había evolucionado por medio de la selección natural. Al igual que otros pensadores victorianos, Wallace creía que las capacidades propiamente humanas como el pensamiento matemático, la moral y la espiritualidad eran algo revelado por la voluntad divina, no como resultado del proceso evolutivo.

Otro aspecto en el que se diferenciaba de Darwin era que algunos rasgos presentes en ciertas razas humanas, como la pérdida de vello corporal, la estructura de la mano o el tamaño del cerebro no habían contribuido de forma significativa a la supervivencia de esas razas. Además, no compartía la idea de Darwin de que hubieran razas superiores intelectualmente en comparación con razas denominadas “salvajes”.

En 1889 Wallace publicó Darwinism: an exposition of the theory of natural selection - with some of its applications, un texto en el que acuña el término darwinismo y que, posiblemente, fuera el que hizo que dentro del campo de la evolución, Alfred Russel Wallace haya quedado opacado por la gran obra de Charles Darwin. Lejos de haberse distanciado de él por el incidente de la correspondencia, Wallace ayudó a que la figura de Darwin no pereciera con el paso del tiempo.

Vuelta a Gran Bretaña y últimos años

En 1862 Wallace vuelve a Inglaterra ya como un conocido naturalista, aunque no tanto como lo estaba siendo Darwin. Ser un segundón, por muy famoso que se sea, no beneficia, y la vida de Wallace al volver a las Islas Británicas así lo demuestra. Sin seguridad económica, seguía dependiendo de la venta de especímenes exóticos y vivía a base de los impuestos recibidos por sus escritos. Pese a la controversia, Charles Darwin y algunos de sus amigos se aseguraron de que Alfred Russel Wallace recibiera una pensión de servicio civil a partir de 1881.

Wallace tenía una visión de la evolución bastante más espiritual que la de Darwin. No únicamente creía que las facultades mentales no podían ser el resultado de la evolución, queriendo unir ciencia con visión religiosa, sino que también tenía creencias un tanto alejadas de lo que se consideraría apropiadamente científico.

Era defensor de la frenología, es decir, que la forma del cráneo supone diferencias en ciertas capacidades cognitivas y aptitudes comportamentales. Además, se mostraba contrario a la vacunación, considerando que su aplicación, más que una medida de la mejora de la sanidad de la población, era una medida de control.

Alfred Russel Wallace falleció en Dorset, inglaterra, el 7 de noviembre de 1913 a los 90 años de edad. Pese haber quedado bajo la sombra de Darwin, la prensa de la época informó ampliamente de su muerte, y de hecho, varios científicos se aseguraron de que se colocara un medallón en su honor cerca de la tumba de Darwin dos años después.

Referencias bibliográficas:

  • Gallardo, Milton H. (2013). Alfred Russel Wallace (1823-1913): Obra y figura. Revista chilena de historia natural, 86(3), 241-250. https://dx.doi.org/10.4067/S0716-078X2013000300002
  • Wallace, A. R. (1889). Darwinism: An Exposition of the Theory of Natural Selection, with Some of Its Applications. Londres: Macmillan and Company. p. 494.