El mundo de la microbiología condiciona nuestra existencia, aunque no seamos capaces de observar a sus integrantes a simple vista. Las bacterias son los segundos mayores productores de carbono en la Tierra, pues aportan ni más ni menos que 70 gigatoneladas de materia orgánica global, es decir, el 15% de la presente en todos los ecosistemas. Desde la síntesis de oxígeno hasta la regulación de ciclos biogeoquímicos, las bacterias y arqueas son esenciales para la vida.

De todas formas, tampoco hace falta irse muy lejos para descubrir la funcionalidad de estos seres microscópicos fascinantes. Dentro de nuestro aparato gastrointestinal prolifera un verdadero ecosistema microbiano especializado, que nos ayuda a digerir alimentos de origen vegetal, previene la colonización de agentes patógenos y, además, guía a nuestro sistema inmune en las primeras etapas vitales hacia el camino de la especialización. Desde la piel hasta el intestino, podemos percibir una realidad innegable: somos, en parte, nuestros microorganismos.

Para correr en el ámbito de la investigación microbiológica como hacemos a día de hoy, alguien tuvo que andar en un pasado y sentar las bases de lo que ahora percibimos como obvio. Quédate con nosotros, pues hoy te lo contamos todo sobre Antonie Philips van Leeuwenhoek, o Anton van Leeuwenhoek, considerado el “Padre de la Microbiología”, a través de una biografía de este científico.

Breve biografía de Antonie van Leeuwenhoek

“Mi trabajo, que llevo haciendo durante mucho tiempo, no fue perseguido para alcanzar la admiración de la que hoy gozo, sino principalmente por un ansia de conocimiento, que noto que reside en mí más que en la mayoría de los hombres. Por lo tanto, siempre que descubrí algo notable, pensé que era mi deber plasmarlo en un papel, para que toda persona ingeniosa pueda estar informada de ello”.

Antonie van Leeuwenhoek, 12 de junio de 1716.

Con esta esclarecedora cita, nos sumergimos de forma directa en la vida de Antonie van Leeuwenhoek, uno de los primeros microscopistas y microbiólogos en pisar la faz de la Tierra. Este fascinante pensador nació el 24 de octubre de 1632, en la ciudad de Delft (Holanda Meridional), hijo de una familia cuanto menos modesta: su padre hacía cestas, mientras que la familia de su madre era cervecera.

No nos vamos a detener demasiado en las particularidades de su niñez, pues nos basta con saber que estamos ante un microbiólogo muy atípico: no tenía fortunas, no obtuvo una educación superior ni se graduó como universitario, pues dedicó sus primeros años laborales a trabajar como mercader, topógrafo, catador de vinos y oficial menor de una ciudad. Como puedes ver, en casos contados, la genialidad no se encuentra entre libros.

De todas formas, Leeuwenhoek gozaba de una marcada reputación en la ciudad de Delft, pues tenía una tienda de textiles y realizaba múltiples trabajos para las organizaciones gubernamentales del lugar.

Leeuwenhoek y los microscopios

A diferencia de otros pensadores del momento, los descubrimientos de Antonie van Leeuwenhoek recaen únicamente en su capacidad para fabricar lentes de naturaleza excepcional. Cuando trabajaba en la industria textil, este genio se interesó en estos dispositivos ópticos, pues quería perfeccionar sus técnicas de hilados al observar los materiales más de cerca.

Existen varias formas de crear lentes a partir de materiales de uso común (como quemar cristales de envases de refrescos o formando áreas bicóncavas a partir de burbujas en materiales cristalinos), pero la realidad es que, a día de hoy, nadie sabe cómo Leeuwenhoek fabricaba sus lentes. Por suerte o por desgracia, es un secreto que este pensador se llevó a la tumba.

En el año 1665, el científico inglés Robert Hooke publicó la obra Micrographia, en la que aparecen, por primera vez en la historia de la humanidad, dibujos de imágenes recogidas a través de técnicas de microscopía óptica. En ella se recogían versiones magnificadas de objetos inertes (como el hielo y la nieve), observaciones sobre el reino animal, piezas de corcho detalladas y otras muchas cosas más. Esta obra fue un verdadero hito para la ciencia, pues por primera vez nos dimos cuenta como especie de que, tras nuestros ojos, había un mundo entero por descubrir.

Seguramente Leeuwenhoek pensó lo mismo que nosotros, pues visitó Londres en el año 1668 y se cree que pudo llegar a tener entre sus manos una copia de Micrographia. En esta obra se describe cómo se puede fabricar un microscopio poderoso usando lentes esféricas, muy similares a las que creaba Leeuwenhoek para analizar sus muestras textiles: como se dice en muchas partes del mundo, seguramente se juntaron el hambre con las ganas de comer.

A partir de aquí, el resto es historia. Se cree que a lo largo de su vida Leeuwenhoek fabricó más de 500 microscopios, de los cuales solo unos 10 sobreviven a día de hoy. Sin ir más lejos, el Museo de la Evolución Humana de Burgos expuso en el año 2017 en España uno de estos pocos microscopios datados como “oficiales”, siendo la pieza principal de "El amigo de Vermeer. El ojo y la lente".

Los descubrimientos de Antonie van Leeuwenhoek

Concentrar todo lo que este pensador hizo en unas pocas líneas es un auténtico desafío, pues no en vano se le conoce como el padre de la microbiología. De todas formas, citaremos algunos de sus descubrimientos más relevantes en las siguientes líneas.

En 1674, Leeuwenhoek hizo el que puede que sea su descubrimiento más importante: datar la existencia de organismos microscópicos unicelulares. En una carta redactada este año, el pensador describió en texto las observaciones que había detectado al analizar de forma microscópica una muestra de agua de un lago, incluyendo una descripción extremadamente detallada de ejemplares de Spirogyra, protistas con cloroplastos dispuestos en forma de hélice.

Durante este mismo año, Leeuwenhoek observó al microscopio una muestra de sangre con glóbulos rojos, que habían sido descubiertos 6 años atrás. Con la magnificencia de sus lentes, fue capaz de describir la forma atípica de estas células sanguíneas, cuya funcionalidad conocemos a la perfección a día de hoy.

Más allá de todos estos descubrimientos esenciales, Leeuwenhoek describió por primera vez la placa bacteriana (a partir de muestras de su propia boca), diversos tipos de bacterias, la existencia de vacuolas en las células vegetales, el espermatozoide y su funcionalidad o la naturaleza del tejido muscular. Todas estas cosas pueden parecer obvias a día de hoy, pero sin duda, cada descubrimiento en su día suponía una revolución para la comunidad científica.

El hecho de descubrir los espermatozoides también se cita como uno de los mayores hitos de su carrera, pues gracias a él sabemos, a día de hoy, que dos células haploides (óvulo y espermatozoide) deben unirse para dar lugar a un cigoto funcional. También halló otros muchos seres de naturaleza microscópica que habitan los ecosistemas, como diversos nemátodos y rotíferos, que permanecen bajo investigación aún en nuestros días.

El legado de este científico, y reflexión final

Se estima que, para la fecha de su muerte (1723, a los 90 años de edad), Leeuwenhoek había redactado más de 560 cartas para la Royal Society (Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural) y otras entidades de índole científica. En estos escritos, recogía todas y cada una de sus observaciones, con dibujos y descripciones detalladas. Se sabe que envió cartas a estas instituciones hasta prácticamente el momento de su deceso, incluso de las descripciones de la propia enfermedad que le llevó a la muerte.

El famoso bioquímico londinense Nick Lane describe a Leeuwenhoek de la siguiente forma: "the first even to think of looking—certainly, the first with the power to see (el primero que pensó en ver y, ciertamente, el primero con el poder para hacerlo)". No le falta razón, pues el padre de la microbiología nos demostró que, en muchos casos, con la genialidad intrínseca y el ansia de saber es suficiente para marcar la diferencia en el mundo, más allá de estudios, grados universitarios y poder adquisitivo.

Leeuwenhoek nos abrió la puerta al mundo de lo microscópico, todo gracias a las lentes que fue capaz de fabricar y a sus incansables ganas de conocer. A día de hoy, no queda más que preguntarnos: ¿cuántas cosas se nos escaparán como especie, al no haber sido observadas por los ojos adecuados y bajo el prisma pertinente?

Referencias bibliográficas:

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