En esta segunda entrega de la serie prevista sobre el abuso infantil en la infancia vamos a detenernos en esta ocasión en uno de los aspectos más dolorosos para la víctima, la ceguera de las personas responsables de la atención y cuidado del niño o niña.

Este hecho, por encima de cualquier otra consideración, define como ninguno la sensación de soledad, “niebla” e indefensión del infante abusado, sobre todo cuando el cuidador “ciego” no es otro que la madre o, en su caso, el padre.

Efectivamente, en nuestra experiencia cotidiana en terapia, la frase del tipo: “casi más que el abuso en sí, lo más terrible, lo que más dolió fue que mi madre, sobre todo, no lo viera, o si lo vio, no hiciera nada”. Incluso en el caso de que el niño o niña tenga el valor y la fortaleza para contarlo, en muchas ocasiones choca con la incredulidad del cuidador cercano. “Lo que me rompió del todo es que mamá no me creyera. No lo podía entender”.

Las situaciones de desprotección ante el abuso sexual infantil

El impacto en el niño o niña, víctimas inocentes de una agresión a veces incomprensible para ellos, ante la indiferencia de las figuras más cercanas afectivamente hablando, es como es bien sabido demoledor, y será objeto de una reflexión posterior.

En esta ocasión queremos centrarnos sobre todo en la figura del apego, sobre todo de la madre. En la mayoría de los casos, las madres ni siquiera se percatan de lo que está sucediendo, porque en el caso de no haber sufrido en sus carnes una experiencia traumática de este tipo, pensar que su esposo, el tío, el cuidador de confianza en el que han depositado la seguridad de su hijo o hija, o en su caso el sacerdote que los guía espiritualmente, estén haciendo algo malo a sus hijos no les entra en la cabeza. Como les digo a veces a las madres: “esa posibilidad no estaba en el panel de control de tu cerebro”.

También es cierto que en ocasiones nos encontramos con madres ausentes, que no prestan la suficiente atención a los cambios conductuales y psicológicos, a veces significativos, que ocurren en sus hijos. Esta negligencia emocional por omisión también es frecuente.

Pero, en nuestra experiencia, más frecuente es aún el hecho de que muchas madres no pueden, literalmente, aceptar dicha realidad y prefieren mirar para otro lado.

Se puede llegar a amenazar a la víctima para que niegue los hechos antes que enfrentar la realidad que se está produciendo, ya que vislumbrar tanto la preferencia por la hija, como su papel pasivo en el abuso, no puede ser digerido, y se ponen en marcha las defensas ya sean de negación, minimización o idealización.

En otras ocasiones la madre es preconsciente de lo que ocurre en el hogar, pero opta por el silencio simplemente por miedo. Ya sea miedo directo, porque ella también ha sido abusada o violentada por el agresor, o indirecto, al tener una dependencia económica, emocional o de cualquier tipo, lo cual las imposibilita para protegerse y proteger. También se dan casos, quizás menos frecuentes, pero en un número nada despreciable, donde se prioriza la relación que mantienen con el abusador, el estatus social y la subsistencia familiar.

Es curioso, pero este último tipo de omisión, aunque se produce en todo tipo de estratos sociales, abunda sobre todo en la clase más acomodada, donde la institución familiar es un bastión intocable e inamovible. Realmente este fenómeno de la familia, reconocido por todos como la institución básica sobre la que sustenta todo nuestro entramado social, actúa como elemento disuasorio a la hora de tomar conciencia acerca de un hecho que pone en entredicho la institución. Esta es la losa que pesa sobre la víctima, la tapa de su ataúd y la causa que explica muchas de las negligencias por omisión descritas anteriormente.

Sin embargo, este artículo no quiere ni debe caer en la tentación fácil de culpabilizar a las madres de lo que ha sucedido con sus hijos. Esta visión simplista, culpabilizadora, ha sido habitual en la literatura especializada a lo largo de los años, sobre todo si el abuso ha sido cometido por el progenitor masculino. Así Cartes, Gavey, Florence, Pezaro & Tan, Shonberg, Womack, Miller, Lassiter... abundan en el rol de la madre como cómplice, conocedora, negligente e incluso facilitadora del abuso.

Esta visión se ha trasladado también a la práctica clínica en la psicoterapia con víctimas de abuso infantil; nace de la expectativa social de una madre perfecta, capaz de proteger a sus hijos de cualquier peligro, daño o sufrimiento y en último caso, la figura con mayor influencia en todo lo que ocurre en la familia y responsable única del bienestar y seguridad de los hijos.

Dos enfoques

Caroline Sinclair y Josefina Martinez, en su precioso trabajo: “Culpa o responsabilidad; terapia de madres de niñas y niños que han sufrido abuso sexual”, distinguen entre dos enfosques a la hora de tratar con madres de niños abusados: enfoque de culpabilidad y enfoque de responsabilidad.

En enfoque de culpabilidad pone el acento en los déficits, enfatiza el rol de la madre en la ocurrencia del abuso, lo cual supone en cierto modo un juicio a la persona y acaba paralizando un recurso fundamental para la terapia. Este abordaje provocará una actitud resistente y defensiva en la madre, lo cual no ayudará en nada en el proceso terapéutico.

En Vitaliza nos inclinamos y actuamos desde el enfoque de la responsabilidad, que pone más el acento en las competencias que en los déficits, y enfatiza el papel de la madre en la reparación. Ello implica analizar acciones concretas, no visiones fáciles y generalistas, lo cual activa recursos y favorece la asociación y reencuentro de la víctima con la madre, con todo el beneficio que esto aporta al proceso de reprocesamiento y sanación.

Sin entrar en valoraciones simplistas, como hemos afirmado arriba la mayoría de las veces la madre no deja de ser una víctima vicaria del abuso de sus hijos, y aunque su no acción tenga un impacto demoledor en la soledad de la víctima, su persona no es una figura a culpabilizar sino a integrar dentro del acompañamiento psicoterapéutico de la víctima.

Autor: Javier Elcarte, psicólogo especialista en trauma. Fundador y director de Vitaliza.