Tal vez no piensas que tengas una necesidad excesiva de control, pero sí notas que soltar te inquieta más de lo que te gustaría. Te calma anticipar, entender, ordenar lo que viene, porque cuando algo queda en el aire tu mente no se queda quieta.
Allí es cuando aparecen las vueltas, las comprobaciones, los planes alternativos, pues el control funciona como un apoyo rápido para la ansiedad. La pregunta es: ¿a qué costo?
Hoy vamos a hablar de esa relación entre ansiedad y control: de por qué se enganchan tan fácilmente, de cómo esta forma de funcionar termina agotándote y de qué otras maneras existen para recuperar un poco de calma sin vivir en estado de vigilancia constante.
Ansiedad y control: por qué suelen ir de la mano
La ansiedad tiene una forma muy particular de hacerse de “ayudar”: te mantiene pendiente. Pendiente de lo que podría pasar, de lo que podría fallar, de lo que deberías haber hecho distinto. Frente a eso, el control aparece casi como una respuesta automática. Si estás encima, si te organizas, si anticipas, entonces te tranquilizas. Al menos por un rato.
El problema es que esa tranquilidad es breve, porque la ansiedad no busca orden, sino seguridad total. Y como la vida no funciona así, el control empieza a crecer. Ya no alcanza con revisar una vez ni con tener un plan; la mente quiere más garantías, más certezas, más control. Y ahí es donde lo que parecía ayudarte empieza a jugar en contra.
Cómo se manifiesta la necesidad de control cuando hay ansiedad detrás
Muchas veces no se vive como algo negativo. De hecho, suele verse como responsabilidad, cuidado o incluso madurez. Pero cuando el control nace de la ansiedad, deja de ser flexible y se vuelve exigente y agotador.
Además, no se queda en un solo lugar, sino que interfiere en decisiones pequeñas, en relaciones importantes y en la forma en que te hablas a ti misma o a ti mismo. Poco a poco, todo empieza a sentirse como algo que hay que vigilar.
Algunas señales habituales son estas:
- Revisas varias veces lo que ya sabes que está bien.
- Te cuesta delegar porque sientes que algo puede salir mal.
- Piensas demasiado antes de decidir, incluso en cosas simples.
- Te adelantas a escenarios negativos y te quedas ahí enganchada o enganchado.
- Necesitas tener todo claro para poder relajarte.
- Te haces cargo de emociones o reacciones que no te corresponden.
- En tus relaciones, temes que te engañen y te pones hipervigilante.
- La imperfección te pone en alerta, aunque sea mínima.
- Te resulta difícil confiar en el proceso si no lo supervisas.
Esas son solo algunas de las maneras en las que el control y la ansiedad hacen de las suyas en la vida diaria.
Por qué cuanto más intentas controlar todo, más ansiedad aparece
Aquí hay algo importante que suele pasar desapercibido: no todo tipo de control ayuda de la misma manera. Hay una diferencia grande entre regularte con flexibilidad y forzarte a contenerlo todo.
Un estudio realizado en 2011 y publicado en Journal of Abnormal Child Psychology observó algo muy interesante: cuando las personas tienen capacidad para mover la atención, para no quedarse atrapadas en una preocupación, la ansiedad baja. En cambio, cuando el control se basa en frenar, inhibir y vigilar constantemente, el efecto es el contrario.
Cuando intentas controlarlo todo, tu mente entra en un estado de supervisión continua, ya que estás pendiente de errores, de señales, de posibles fallos. Eso activa todavía más el sistema de alerta. En lugar de calmarte, refuerzas la idea de que bajar la guardia es peligroso. Así, el control deja de ser una ayuda y se convierte en una fuente constante de tensión.
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Cómo impacta esto en tu vida diaria y en tus relaciones
Vivir desde el control no solo cansa, también condiciona la forma en que te vinculas. Muchas veces te relacionas desde la corrección, desde la anticipación o desde la responsabilidad excesiva, incluso con personas cercanas.
Y, ojo, no es que quieras controlar a nadie. Es que tu sistema nervioso no sabe bien cómo relajarse. Eso genera roces, distancia y una sensación constante de estar sosteniendo demasiado.
Algunas consecuencias frecuentes son:
- Dificultad para disfrutar momentos espontáneos.
- Conflictos por expectativas que no siempre se dicen en voz alta.
- Sensación de cansancio mental casi permanente.
- Relaciones donde cuesta soltar el rol de quien se encarga de todo.
- Extrema desconfianza en los demás.
- Poco margen para el error propio y ajeno.
- Desconexión del disfrute porque la mente sigue ocupada.
Herramientas para gestionar la ansiedad y las ganas de controlarlo todo
Aprender a soltar el control no tiene nada que ver con dejar de cuidarte ni desentenderte de tu vida. Se trata más de cambiar la forma en que usas tu atención y tu energía mental. ¿Cómo puedes hacer esto? Te damos algunas claves:
1. Entrenar el cambio de foco
Cuando notes que tu mente se queda dando vueltas en lo mismo, prueba mover la atención hacia algo concreto que estés haciendo para no quedarte atrapada o atrapado en ese pensamiento que tanto te tortura.
2. Separar acción de resultado
Haz lo que esté en tus manos y permite que el resto no dependa de ti. Esta distinción reduce mucha presión interna, porque te deja actuar sin cargar con todo ni esperar resultados perfectos.
3. Practicar pequeñas renuncias al control
Elige situaciones donde puedas soltar un poco sin grandes consecuencias. Al principio incomoda un montón, pero con la repetición el cuerpo aprende que no pasa nada grave. Ya sabes, “la práctica hace al maestro”.
4. Usar los círculos de influencia
Separa lo que te preocupa entre lo que depende de ti y lo que no, porque no todo está en tu control. Volver a esta lista ayuda a frenar la mente cuando quiere abarcarlo todo.
5. Dar espacio al error cotidiano
Recuérdate que eres humano y permítete equivocarte en cosas pequeñas. Observa qué ocurre de verdad y te darás cuenta de que no todo es tan terrible como lo intuye tu mente. Muchas veces el miedo anticipa escenarios que no llegan.
6. Revisar cómo te hablas
Detecta esas frases internas que sean muy rígidas y cámbialas por otras más abiertas. Por ejemplo, puedes pasar de frases como “no puedo equivocarme” a otras como “haré lo mejor que pueda con lo que tengo ahora”. El lenguaje interno tiene mucho peso en cómo se regula la ansiedad.

Francisco José González Galán
Francisco José González Galán
Psicólogo Experto en Ansiedad y Depresión
El mundo no se acaba cuando sueltas un poco el control. Lo que suele pasar es que recuperas energía, atención y presencia. ¿Te animas a dar pasos a tu ritmo para llevar más tranquilidad a tu vida?


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