Un trastorno de ansiedad poco común.

Es probable que en alguna ocasión, viajando en transporte público, alguna de las personas que lee estas líneas haya experimentado cómo alguno de los pasajeros despedían un aroma considerado como desagradable, como por ejemplo el olor a sudor, humedad o a algunas comidas o bebidas.

Y lo cierto es que la idea de que uno mismo pudiera generar este tipo de olores resulta aversiva, ya que a prácticamente a nadie le gusta oler mal (algo que puede atestiguar el hecho de que exista toda una industria que fabrica perfumes, fragancias y desodorantes).

Pero aunque la idea de oler mal puede ser desagradable, la mayor parte de personas se limita a cuidar su higiene y procurar no tener mal olor, sin preocuparse demasiado por ello incluso si en alguna ocasión son ellos quienes despiden mal olor. Sin embargo, algunas personas pueden llegar a desarrollar un auténtico pavor a oler mal, hasta el punto de desarrollar una fobia a ello que puede llegar a ser tan severa que invalide en gran medida su actividad cotidiana. Se trata de la autodisomofobia. Veamos qué es.

¿Qué es la autodisomofobia?

Recibe el nombre de autodisomofobia la fobia o miedo a heder o oler mal, si bien en ocasiones también incluye el miedo al mal olor en general aunque proceda de otros. Se trata de una fobia específica de tipo situacional, si bien fuertemente emparentada con la fobia social dado que en este caso el miedo iría vinculado en gran medida al juicio social derivado del mal olor corporal.

Y es que un mal olor corporal por lo general suele asociarse a una higiene deficiente (aunque existen otros factores que pueden explicarlo, como haber realizado deporte, llevar ropa excesivamente abrigada o padecer algunas enfermedades), lo que socialmente suele ser mal considerado y genera rechazo.

Como fobia que es estamos ante una reacción de miedo o pavor muy intenso hacia un determinado estímulo, el cual es reconocido por lo general como irracional y excesivo respecto al riesgo real que supone. Este miedo desencadena una respuesta ansiosa ante la exposición al estímulo, la cual a su vez puede provocar la aparición de síntomas fisiológicos como taquicardia, sudoración, temblores, hiperventilación, dolor o dolor torácico entre otros y que incluso puede llegar a desencadenar una crisis de ansiedad.

Asimismo, la ansiedad que genera la exposición o la idea de estar cerca del estímulo en cuestión provoca que la persona evite el estímulo o todos aquellos contextos o estímulos que puedan asociarse al que les genera el miedo. En este caso, el miedo sería el mal olor y/o el hecho de oler mal.

Síntomas

El hecho de que el hecho de oler mal o la idea de poder emitir mal olor genere tanto pánico y ansiedad puede parecer inocuo, pero lo cierto es que puede llegar a ser muy limitante a todos los niveles para la persona con esta fobia.

Y es que quien sufre autodisomofobia puede llegar a padecer en gran medida. Cabe tener en cuenta que la persona puede estar hiperalerta respecto al más mínimo olor corporal que pueda considerar aversivo, pudiendo desarrollar incluso algunas conductas obsesivas de comprobación o incluso a mostrar tendencia a considerar que huele mal cuando no lo hace, o bien de considerar que cualquier comentario referido a olores va dirigido a él o ella.

Además, paradójicamente la propia ansiedad sentida favorece la exposición al motivo de su malestar: el aumento de activación podría hacer que sudáramos, algo que podría hacernos oler mal, lo que a su vez generaría más ansiedad.

Esta fobia afecta a todos los niveles, y tanto si es para evitar que otros puedan oler nuestro mal olor como si es para evitar oler el mal olor de otros. Es habitual que se eviten grandes aglomeraciones y quedadas en grupos. También es frecuente que se eviten transportes públicos o locales pequeños, como por ejemplo discotecas y bares. En lo personal esta fobia puede hacer que existan dificultades en la interacción con otras personas e incluso a nivel de pareja, y también pueden aparecer complicaciones a nivel laboral si el trabajo exige el contacto con otros.

Pueden emplearse aplicaciones masivas y excesivas de perfumes o desodorantes, algo que a su vez paradójicamente puede generar un olor excesivamente fuerte y desagradable e incluso generar irritaciones en la piel, e incluso puede evitarse el hecho de salir a la calle.

También se suelen evitar aquellas cosas y acciones que puedan hacer oler mal. En este sentido puede dejarse de hacer actividad física y ejercicio, evitar mantener relaciones sexuales y dependiendo del caso incluso evitando cocinar o comer alimentos que puedan generar flatulencias y gases.

Posibles causas

No se conocen por completo las causas de esta fobia, pero existen algunas hipótesis al respecto. Además hay que tener en cuenta que no existe una única causa, sino que se considera que es producto de la interacción de múltiples factores que nos predisponen a sufrirla.

Una de las principales hipótesis que podría servir como explicación es la existencia de alguna experiencia traumática o dolorosa de rechazo ante el mal olor, sea al propio sujeto o bien a otro ser querido, al que se haya juzgado, criticado o rechazado por este motivo. Asimismo, es posible que se haya vivido una experiencia traumática en que se haya asociado mal olor y sufrimiento, como por ejemplo la visión o vivencia de un asesinato, una violación o un maltrato por parte de un sujeto con mal olor corporal (de este modo, el mal olor propio o ajeno sería un elemento altamente aversivo al asociarse con el trauma).

Otro posible motivo podría estar en el modelado y aprendizaje de modelos parentales o de un entorno en el que el mal olor es siempre juzgado. También podría darse que una persona con una fobia social previa termine por vincular un posible rechazo social con el olor corporal. Esto crearía un esquema cognitivo en el que el mal olor equivaldría a algo doloroso o extremadamente vergonzoso que con el tiempo algún estresor o suceso desencadenante podría reactivar.

También habría factores predisponentes a nivel personal, siendo frecuente que estas personas tengan de base una autoestima baja y sean inseguras, a menudo deseosas de aprobación y refuerzo social y con alta sensibilidad tanto al rechazo como ante el asco.

Tratamiento

Al igual que ocurre con el resto de las fobias, la autodisomofobia puede tratarse con éxito en psicoterapia. Y entre las técnicas que mayor éxito tienen destaca la técnica de exposición, que principalmente se basa en hacer que el sujeto afronte las situaciones que le generan ansiedad y miedo de un modo gradual de tal manera que dicha ansiedad acabe disminuyendo por sí misma y termine por hacerse controlable. En este sentido, se hace necesario elaborar una jerarquía de exposición que permita graduar el nivel de ansiedad que cada situación genera, de manera que el sujeto empiece enfrentando situaciones de nivel medio para poco a poco ir aumentando.

Las exposiciones pueden ser a olores o a actividades que puedan generarlos, o a situaciones en que pueda haber este tipo de estímulos. Una vez más avanzada la terapia podría hacerse que el sujeto tuviera que hacer una actividad que le hiciera oler mal y exponerse en público, si bien también sería recomendable trabajar en primer lugar elementos cognitivos.

Y es que será necesario trabajar en profundidad a nivel cognitivo, valorando qué implica para el sujeto el mal olor, cuando se inició el problema y a qué lo asocia, en qué medida la fobia le genera incapacidad o perjudica su día a día y las creencias, emociones y pensamientos que pueden estar sosteniendo el problema. También sería útil ayudar a relativizar la importancia que tiene el olor mediante técnicas de reestructuración cognitiva, contribuyendo a modificar las creencias y pensamientos del sujeto de manera que se logre hacerlas más funcionales.

Teniendo en cuenta que se trata de una fobia muy vinculada a lo social y que detrás de este tipo de fobias puede existir un déficit de habilidades sociales, podría ser recomendable realizar un entrenamiento en este tipo de habilidades, así como de gestión del estrés. Las técnicas de relajación pueden ser beneficiosas para combatir anticipaciones y partir con un nivel de ansiedad menor, pero nunca deben utilizarse como método de evitación activa de la ansiedad (ya que esto podría reforzar negativamente otras conductas de evitación). En casos extremos podría recurrirse a fármacos ansiolíticos para disminuir el nivel de ansiedad y poder trabajar correctamente.

Referencias bibliográficas

  • American Psychiatric Association. (2013). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Quinta edición. DSM-V. Masson, Barcelona.