Hay solución más allá de los psicofármacos? Unsplash.

La depresión mayor es uno de los trastornos mentales de mayor prevalencia en todo el mundo, junto a los que pertenecen a la categoría de la ansiedad. En paralelo, el uso de antidepresivos cada día es más habitual en la sociedad.

El aumento de las exigencias en muchos ámbitos de la vida, las resistentes crisis económicas a las que hemos tenido que hacer frente y un largo etcétera de circunstancias han contribuido de forma decisiva a ello.

En este artículo nos adentraremos en la cuestión de si se puede curar la depresión sin medicamentos, lo que necesariamente implica conocer con anterioridad cómo se manifiesta este habitual trastorno del estado de ánimo.

Qué es la depresión

En primer lugar, es importante reseñar que la depresión y la tristeza no son dos realidades equivalentes. La primera describe una emoción que pertenece al abanico normal de la experiencia humana, y que ha ido forjándose a lo largo de la evolución de nuestra especie por sus propiedades adaptativas. La depresión, no obstante, es un fenómeno clínico de relevancia que puede comprometer de un modo profundo la calidad de vida de quien la padece. Son, por tanto, diferentes.

Los síntomas nucleares de la depresión mayor son la tristeza y la anhedonia (dificultad severa para experimentar placer), y una de ellas (o ambas) debe estar presente de forma necesaria para que pueda realizarse el diagnóstico. La persona que la padece se siente emocionalmente abatida la mayor parte del tiempo, lo que convive con una pérdida sustancial de interés por involucrarse en actividades que con anterioridad le resultaban gratificantes o significativas.

Es relativamente frecuente que las personas con depresión piensen de manera ocasional en quitarse la vida, o que irrumpan al escenario de su mente una serie de pensamientos relacionados con la muerte o el morir. También puede apreciarse una fatiga persistente que se prolonga durante la mayor parte del día, y que se relaciona de forma recíproca con las emociones difíciles que caracterizan a esta alteración psicopatológica del estado de ánimo.

Algunas personas llegan a referir alteraciones en procesos ejecutivos como la atención o la concentración, dependientes todos ellos de la actividad de la corteza prefrontal, lo que acaba manifestándose con vehemencia a través de la obstaculización en la capacidad de tomar decisiones. Asimismo, la rumiación puede ser frecuente (pensamientos obsesivos que se perciben como intrusos) y con contenidos coherentes con el estado de ánimo (culpa, fracaso o pesimismo respecto al futuro).

Por último, pueden surgir cambios importantes en hábitos que son necesarios para el cuidado del cuerpo, tales como la alimentación (lo que pueden generar un aumento o una pérdida de peso) o el sueño (por exceso o déficit). A nivel psicomotor concurren ocasionalmente algunas alteraciones adicionales, percibidas como enlentecimiento o aceleración del movimiento y/o del pensamiento, lo que puede tener su eco en el modo en que interactuamos con los demás.

Estos síntomas deben mantenerse durante dos semanas o más y alterar la calidad de vida de la persona, o generar deterioro en las áreas de funcionamiento que para ella sean relevantes. Asimismo, es importante confirmar que nunca se padeció un episodio maníaco previo, pues de lo contrario el diagnóstico apropiado sería el de Trastorno Bipolar Tipo I (cuyo tratamiento precisa estabilizadores o anticonvulsivos). Con este conocimiento a nuestro disposición, podemos adentrarnos en la pregunta inicial: ¿se puede curar la depresión sin medicamentos?

Y entonces… ¿se puede curar la depresión sin medicamentos?

El tratamiento farmacológico y la psicoterapia son las dos grandes herramientas con las que contamos para combatir el trastorno depresivo. La eficacia de ambas se ha estudiado profusamente en la literatura científica sobre la cuestión, e incluso se han realizado con frecuencia estudios comparativos para tratar de dilucidar cuál de estas modalidades proporciona un beneficio superior a las personas que deciden optar por ellas en un caso de necesidad.

Los estudios más recientes sobre la cuestión, incluyendo el metaanálisis exhaustivo del National Institute for Health and Care Excellence (NICE, 2017), indican que el efecto de los antidepresivos es ligeramente superior al del placebo; lo que supone una de las medidas más frecuentes para determinar la cualidad terapéutica de un compuesto químico. No obstante, son numerosas las críticas que han surgido desde distintos autores en lo relativo a la interpretación de estos resultados.

Generalmente debería optarse por el uso de psicofármacos para los casos severos de depresión, lo que permitiría equilibrar de un modo más eficiente la balanza entre beneficios y perjuicios que pudieran derivarse de su uso. No suelen recomendarse en menores de edad; y extremando toda precaución en personas embarazadas, epilépticas o con claras ideas suicidas. Se usa la locución latina primum non nocere (la prioridad es no hacer daño) para representar la búsqueda de este equilibrio.

Los inhibidores de la enzima monoaminoxidasa (IMAO-A), prácticamente en desuso, reducían los síntomas depresivos de forma relevante pero aumentaban el riesgo de crisis hipertensivas cuando eran combinados con la ingesta de alimentos ricos en tiramina (a través de un aumento abrupto de la noradrenalina). Los tricíclicos, considerados los más eficaces para reducir los síntomas de la depresión, generan una larga lista de efectos secundarios asociados al bloqueo de los receptores colinérgicos muscarínicos, histamínicos y adrenérgicos.

Los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) fueron el primer fármaco antidepresivo sintetizado específicamente con el propósito de actuar sobre el estado de ánimo, pues en los anteriores se descubrió esta aplicación terapéutica por simple casualidad. Los ISRS son una familia de seis medicamentos distintos que cuentan con una mejor tolerabilidad y una eficacia adecuada, pero que también se asocian a efectos secundarios sobre la sexualidad y la actividad gastrointestinal (pues son dos funciones reguladas por el neurotransmisor sobre el que inciden).

Así pues, el uso de psicofármacos es una opción que el paciente debe valorar junto al facultativo, atendiendo a una reflexión sobre la severidad de los síntomas que se padecen y los efectos secundarios potenciales del compuesto. Una balanza en la que prima la búsqueda de equilibrio, y en la que quizá deba priorizarse el uso de psicoterapia en los casos en que resulte posible. No obstante, sea cual sea la elección, el tratamiento psicológico debería estar presente (al menos como tratamiento combinado).

¿Cómo puede el tratamiento psicológico ayudar a combatir la depresión?

La psicoterapia debería ser la prioridad en casos de depresión leve o moderada, y también debería contemplarse su uso en los casos más severos combinándola de un modo armonioso con el uso del psicofármaco que la persona pudiera requerir. En última instancia, siempre existe un porcentaje de pacientes que no responde de forma sustancial a una u otra estrategia de tratamiento, por lo que optar por el uso de ambos abordajes a la vez (en los casos graves) ha demostrado ser lo más eficaz.

El tratamiento psicológico dota a la persona de una serie de herramientas para la vida, cuyo fin es diverso (en función de las necesidades detectadas): comprender mejor la depresión y sus causas, reestructurar los pensamientos distorsionados que pudieran mediar en las emociones más difíciles, aprender estrategias de solución de problemas, incorporar actividades agradables a la cotidianidad, potenciar el uso de los recursos sociales, facilitar la expresión del malestar y un largo etcétera.

La principal ventaja del tratamiento psicológico frente al uso de psicofármacos es que, resultando como mínimo igual de eficaz en los casos donde se recomiende su aplicación, reduce de un modo mucho más evidente la tendencia a recaer (lo cual es muy frecuente en esta patología). Supone, no obstante, una serie de aprendizajes significativos que se incorporan al acervo de estrategias de las que ya dispone la persona, y que la capacitan para lidiar con el estrés y la adversidad futuras.

No obstante, los tratamientos psicológicos requieren del esfuerzo activo por mejorar, algo que ocasionalmente debe ser estimulado antes y durante la intervención, pues no son pocos los pacientes cuyo estado de abatimiento físico y emocional dificulta esta disposición. También es necesario poner en práctica una serie de tareas fuera de la propia consulta y ser pacientes respecto a la mejoría (que puede llegar algo más tarde que en los ISRS, que requieren de dos a tres semanas para ello).

Quizá el hecho mismo de que el beneficio de la psicoterapia no sea inmediato, junto a la necesidad de articular un esfuerzo sostenido para el autocuidado, haya motivado el extenso uso de antidepresivos en nuestra sociedad y la escasa disponibilidad de otras estrategias en el sistema sanitario. Para adentrarnos en el proceso implícito a un tratamiento psicológico (cuya extensión suele ser de 20 sesiones semanales), debemos pertrecharnos de la motivación necesaria, la cual también habrá de ser estimulada por el terapeuta.

Más allá del propio tratamiento psicológico y farmacológico, existen también algunas recomendaciones basadas en estilos de vida saludables, que han demostrado ser eficaces para mejorar de forma sencilla el estado de ánimo. A continuación exponemos algunas de ellas.

¿Qué otras cosas puedo hacer para mejorar mi estado de ánimo?

La literatura científica ha encontrado evidencias de una serie de hábitos que pueden ser de utilidad para quien atraviesa un proceso depresivo.

Algunos estudios han demostrado que involucrarse en actividades de tipo prosocial, como un voluntariado por causas que consideremos merecedoras de ello, puede mejorar de forma sustancial el estado de ánimo. Dedicar tiempo a aquellas personas de nuestro entorno a las que nos une un vínculo constructivo también puede ser de ayuda, pues nos permitiría expresar las emociones que alberguemos y ser objeto de una escucha atenta y comprensiva.

En caso de que nuestros síntomas emocionales obedezcan al hecho de que algún propósito relevante de nuestra vida no esté desarrollándose del modo en el que pensamos que lo haría, puede ser útil reinterpretar objetivos para convertirlos en una sucesión de pequeños pasos más fácilmente alcanzables, manteniendo el fin último tras el correspondiente logro de los eslabones precedentes. Con ello se introducen pequeños refuerzos que mantienen la conducta y la motivación hacia la meta.

La práctica de ejercicio físico, especialmente el aeróbico (puesto que del anaeróbico no existen todavía datos suficientes), también ha demostrado ser un potente antidepresivo natural; al igual que los paseos bajo la luz del sol, que estimulan la producción de melatonina desde la glándula pineal (una hormona ampliamente extendida en el reino animal), contribuyendo a reducir el insomnio que frecuentemente coexiste con la depresión.

En conclusión, la depresión no implica carencias en ningún aspecto del carácter o la forma de ser, pues todas las personas son susceptibles de padecerla en algún punto de sus vidas. En caso de que consideres que tus síntomas son compatibles con ella, no dudes en preguntar a un profesional de la salud para que valore cuál sería la opción terapéutica más recomendable (pues esta siempre está sujeta a un análisis en profundidad de la persona, la intensidad de sus síntomas, sus necesidades y sus circunstancias).

Referencias bibliográficas:

  • Cipriani, A., Furukawa, T., Salanti, G., Chaimani, A., Atkinson, L. y Ogawa, Y. (2018). Comparative efficacy and acceptability of 21 antidepressant drugs for the acute treatment of adults with major depressive disorder: a systematic review and network meta-analysis. The Lancet, 391, 1357-1366.
  • Morley, J.E. (2017). The Effectiveness and Harms of Antidepressants. Journal of the American Medical Directors Association, 18(4), 279-281.