Un minuto. Eso es lo que dura el vídeo que el Financial Times subió a Instagram y le sobra tiempo para lanzar una pregunta que escuece: ¿por qué los hombres jóvenes con menos estudios se están quedando atrás, en lo económico y en lo social? La formulaba John Burn-Murdoch, un periodista de datos capaz de que una gráfica genere más conversación que muchos editoriales. El vídeo superó los 25.000 «me gusta» y rondó los 1.400 comentarios, y la sección de respuestas se convirtió en un pequeño campo de batalla: unos señalaban al feminismo, otros a los propios hombres, y no faltaban ni el sarcasmo ni el enfado. Aquellos números habían tocado un nervio que iba mucho más allá de la estadística.
El fenómeno tiene algo de paradoja. Los hombres siguen ocupando la mayoría de los consejos de administración, de los escaños y de los salarios más altos. Y, sin embargo, cuando se mira la parte baja de la distribución, el retrato cambia: son ellos quienes más abandonan los estudios, quienes más se descuelgan del mercado laboral y quienes más mueren por suicidio. En España, por ejemplo, el abandono educativo temprano fue del 15,9 % entre los hombres de 18 a 24 años en 2025, frente al 9,5 % de las mujeres, según el informe de Funcas sobre abandono educativo. Arriba y abajo, la masculinidad parece estar en dos sitios a la vez.
A ese desajuste se le ha puesto una etiqueta tan popular como discutida: la «crisis de masculinidad». Conviene tratarla con cuidado, porque se ha usado tanto para describir problemas reales como para alimentar guerras culturales. Pero detrás del ruido hay un fenómeno que merece análisis: un grupo de hombres jóvenes que ha perdido algunos de los anclajes que durante generaciones dieron sentido a la vida adulta masculina —el trabajo estable, el papel de proveedor, ciertas formas de amistad— y que no siempre ha encontrado otros. En este ensayo analizamos qué sabemos de ese malestar, qué relación guarda con la salud mental y qué podría ayudar a revertirlo.
¿Qué significa realmente hablar de una «crisis de masculinidad»?
¿Qué es la crisis de masculinidad? No es un diagnóstico ni un concepto clínico, sino una forma de nombrar el desajuste entre lo que tradicionalmente se esperaba de un hombre y las oportunidades reales que hoy tienen muchos de ellos para cumplirlo. La expresión agrupa dos fenómenos que a menudo se confunden. Por un lado, un problema material: peores resultados escolares, empleo más inestable y menor capacidad de emanciparse entre los hombres jóvenes con menos formación. Por otro, un problema de identidad: la pregunta de qué significa ser hombre cuando los guiones heredados —proveer, aguantar, no mostrarse vulnerable— encajan cada vez peor con la vida que les toca vivir.
La psicología lleva décadas estudiando la segunda dimensión. En 2018, la American Psychological Association publicó sus primeras guías para la práctica psicológica con niños y hombres, en las que describía la llamada «ideología masculina tradicional» (un conjunto de normas que premian el estoicismo, la competitividad, la autosuficiencia y el control emocional) y advertía de que la adhesión rígida a esas normas se ha asociado con peores resultados de salud. El documento fue recibido con polémica: algunos lo leyeron como un ataque a los hombres. Pero su tesis era más modesta y más interesante: las normas de género no son un rasgo fijo, sino expectativas aprendidas que pueden proteger en unos contextos y pesar como una losa en otros.
El término «crisis» también tiene sus críticos. La socióloga Raewyn Connell, que popularizó el concepto de masculinidad hegemónica en los años noventa, recordaba que la masculinidad nunca ha sido una sola ni ha estado quieta; lo que entra en crisis, en todo caso, es un modelo concreto. Y hay quien advierte de que poner el foco en el malestar masculino puede eclipsar las desigualdades que siguen afectando a las mujeres. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez. Lo que los datos recientes sugieren es que la brecha entre chicos y chicas ya no apunta en una sola dirección, y que también se está abriendo en el terreno de las ideas: en un análisis de 2024, Burn-Murdoch mostraba que en países como Estados Unidos o Alemania las mujeres de 18 a 30 años se declaraban unos 30 puntos porcentuales más progresistas que los hombres de su misma edad.
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¿Por qué los hombres jóvenes con menos estudios se están quedando atrás?
¿Por qué se quedan atrás? No hay una causa única, sino una combinación de factores que los investigadores observan una y otra vez: una brecha educativa que se abre pronto, un mercado laboral que ha dejado de recompensar el tipo de trabajo que antes sostenía a estos hombres y el debilitamiento de las rutas tradicionales hacia la vida adulta. Ninguno de ellos explica el fenómeno por sí solo, y todos se refuerzan entre sí.
Es importante subrayar el adjetivo «menos formados». Los hombres con títulos superiores, en términos generales, siguen yendo bien. El deterioro se concentra en quienes no pasaron de la educación obligatoria o la abandonaron antes de tiempo, y es ahí donde las curvas de Burn-Murdoch se vuelven más inquietantes.
La escuela, el primer lugar donde se abre la brecha
La distancia empieza en las aulas. En España, además de abandonar más, los chicos llegan menos a la educación superior: en 2025, el 58,7 % de las mujeres de 25 a 34 años tenía un título de este nivel (que incluye FP superior, grado, máster y doctorado), frente al 46,6 % de los hombres. Son más de doce puntos de diferencia en la etapa de la vida en la que se consolidan las carreras profesionales. El patrón se repite, con variaciones, en casi todos los países de la OCDE.
El investigador Richard Reeves, autor de Of Boys and Men (2022) y fundador del American Institute for Boys and Men, ha propuesto una hipótesis que ha dado mucho que hablar: el sistema educativo, con su énfasis en la planificación, la organización y la constancia en edades tempranas, podría estar desfavoreciendo a los chicos, cuyas habilidades de autorregulación tienden de media a madurar algo más tarde. Es una hipótesis plausible y apoyada en parte por la literatura sobre desarrollo, aunque no la única: también se han estudiado las expectativas del profesorado, la percepción de que «esforzarse no es cosa de chicos» y la escasez de referentes masculinos en la enseñanza. Sea como sea, el resultado es el mismo: muchos chicos llegan a la vida adulta con menos credenciales en una economía que cada vez las exige más.
Un mercado laboral que cambió de forma
Durante buena parte del siglo XX, un hombre sin estudios podía aspirar a un empleo industrial estable, con un salario suficiente para sostener una familia. Ese modelo se ha ido estrechando con la automatización, la deslocalización y el peso creciente de los servicios, sectores en los que las habilidades relacionales y la formación cuentan más que la fuerza física. A esto se suma una tendencia más silenciosa: la de quienes directamente dejan de buscar trabajo. Según datos recogidos por Bloomberg en agosto de 2026, en Estados Unidos la tasa de participación laboral de los jóvenes de 25 a 29 años con título universitario era del 89,4 %, frente al 78,7 % de los que no lo tenían.
Burn-Murdoch ha documentado esta deriva en varios países. En 2024 señalaba que en el Reino Unido, Francia, España y Canadá ya hay más hombres que mujeres jóvenes fuera de la economía: ni estudian, ni trabajan, ni buscan empleo. A diferencia de muchas de ellas, ellos no suelen estar cuidando de nadie. En el caso británico, más del 80 % de esos jóvenes declaraba algún problema de salud de larga duración. Es un dato que obliga a mirar la relación entre empleo y bienestar con prudencia, porque puede leerse en las dos direcciones: el malestar dificulta trabajar, y la falta de trabajo se ha asociado con más malestar.
El proveedor sin nada que proveer
El trabajo no es solo un salario. Para muchos hombres ha sido, durante generaciones, la principal fuente de identidad, estatus y sentido. Cuando ese pilar se tambalea, la pérdida no es únicamente económica. Los economistas Anne Case y Angus Deaton acuñaron en 2015 la expresión «muertes por desesperación» para describir el aumento de la mortalidad por suicidio, alcohol y sobredosis entre estadounidenses de mediana edad, un fenómeno que en trabajos posteriores vincularon sobre todo con quienes no tenían estudios universitarios. Su tesis —que la erosión del empleo digno fue arrastrando consigo la familia, la comunidad y la autoestima— sigue siendo debatida, pero ha influido en la forma en que hoy se piensa este problema.
Ahora bien, el modelo del hombre proveedor también tiene una cara menos visible. Reeves sostiene que el problema no es tanto que las mujeres hayan ganado autonomía económica como que la cultura no ha ofrecido a los hombres un guion alternativo igual de valorado. Si ser hombre se define por lo que uno aporta, quien no puede aportar se queda sin papel. Y esa sensación de no tener lugar, de sobrar, es precisamente uno de los terrenos donde la economía y la psicología se tocan.
Soledad, pantallas y una red de amistades que se deshilacha
Si la economía es el esqueleto del problema, la soledad es su sistema nervioso. En mayo de 2025, una encuesta de Gallup con datos de 2023 y 2024 reveló que el 25 % de los hombres estadounidenses de 15 a 34 años había sentido soledad «durante buena parte» del día anterior, frente al 18 % de las mujeres de su edad y a una mediana del 15 % entre los hombres jóvenes de los países de la OCDE. El caso estadounidense era extremo, pero no aislado: Francia (24 %), Irlanda (23 %) y Canadá (22 %) se movían en cifras parecidas. Unos años antes, en 2021, el Survey Center on American Life había encontrado que el 15 % de los hombres de ese país decía no tener ningún amigo cercano, una proporción cinco veces mayor que la registrada en 1990.
La forma en que muchos hombres construyen la amistad podría ayudar a entender esa fragilidad. Diversos estudios sobre relaciones sociales describen que la amistad masculina tiende a organizarse «hombro con hombro», alrededor de una actividad compartida —el fútbol, el trabajo, el taller—, más que «cara a cara», en torno a la conversación íntima. Es una forma de vínculo perfectamente válida, pero depende de que existan esos espacios. Cuando el empleo se vuelve intermitente, el club deportivo queda lejos o la pandilla se dispersa, la red de apoyo puede desaparecer sin que nadie lo note, ni siquiera el propio afectado.
Aquí entran las pantallas, aunque con matices. En noviembre de 2025, Burn-Murdoch señalaba que los jóvenes estadounidenses de 20 a 24 años que no estudian, no trabajan ni crían hijos pasan unas siete horas al día solos, dos más que una década antes. Y en octubre de 2026 dedicaba otra columna a preguntarse por qué las pantallas han sustituido a la vida social. Es tentador concluir que el móvil, los videojuegos o los foros online son los culpables, pero la evidencia disponible todavía no permite establecer una relación causal clara entre el uso de pantallas y el malestar masculino. Lo que sí se observa es una coincidencia temporal y un riesgo plausible: que el ocio digital ocupe el hueco que antes llenaban los vínculos presenciales, y que algunos espacios online ofrezcan a hombres solos explicaciones simples y resentidas para un malestar complejo.
¿Cómo afecta todo esto a la salud mental de los hombres?
¿Cómo afecta a su salud mental? La relación más documentada es una paradoja: a los hombres se les diagnostica depresión con menos frecuencia que a las mujeres, pero mueren por suicidio bastante más. Según la Organización Mundial de la Salud, la tasa de suicidio masculina en el mundo es más del doble que la femenina. En España, los datos provisionales del INE para 2025 registran 3.808 suicidios, de los cuales 2.784 fueron de hombres, alrededor de tres de cada cuatro. Es la primera causa externa de muerte entre ellos, por delante incluso de las caídas accidentales.
Esa paradoja no significa que los hombres sufran menos. Una de las hipótesis más estudiadas es que sufren de otra manera, y que nuestros instrumentos para detectarlo están peor calibrados para ellos.
Una depresión que no siempre parece depresión
En 2013, un equipo de la Universidad de Michigan liderado por Lisa Martin analizó los datos de una gran encuesta nacional de salud mental en Estados Unidos. Su pregunta era sencilla: ¿qué pasa con la brecha de género en la depresión si, además de la tristeza o la apatía, se tienen en cuenta síntomas como los ataques de ira, la irritabilidad, el consumo de alcohol o las conductas de riesgo? La respuesta, publicada en JAMA Psychiatry, fue que al incluir esos indicadores la diferencia entre hombres y mujeres se reducía de forma notable. El estudio no demuestra que exista una «depresión masculina» distinta, y el debate sigue abierto, pero sugiere que una parte del malestar de los hombres se expresa por canales que rara vez asociamos con la tristeza.
Esto tiene consecuencias prácticas. El hombre que bebe más de la cuenta, que se encierra en el trabajo o en una pantalla, que estalla por cualquier cosa o que conduce como si no le importara nada puede estar pasándolo mal sin que nadie, ni él mismo, lo identifique como tal. Si quieres profundizar en estas señales, en Psicología y Mente hemos analizado los síntomas de depresión en hombres que no siempre parecen depresión.
Pedir ayuda como amenaza a la identidad
El segundo gran hilo es la búsqueda de ayuda. En 2016, una revisión sistemática dirigida por Zac Seidler, de la Universidad de Sidney, examinó la literatura sobre masculinidad y petición de ayuda ante la depresión y encontró un patrón consistente: la adhesión a normas como la autosuficiencia y el control emocional se asociaba con actitudes más negativas hacia la ayuda psicológica y con más retraso a la hora de buscarla. Un metaanálisis publicado en 2017 por Y. Joel Wong y su equipo, que reunió decenas de estudios, apuntó en la misma dirección, con un matiz importante: no todas las normas masculinas pesan igual. La autosuficiencia, el deseo de poder sobre las mujeres y la promiscuidad como ideal fueron las que más se asociaron con peor salud mental, mientras que otras, como la orientación al trabajo, mostraban relaciones mucho más débiles.
Los tamaños de efecto de estos estudios son modestos y casi todos son correlacionales, así que no permiten afirmar que «la masculinidad» enferme. Lo que sí muestran es que, para muchos hombres, pedir ayuda se vive como una amenaza a su identidad y no como un recurso. Y eso convierte el malestar en algo que se gestiona en silencio, a menudo durante demasiado tiempo. Hemos dedicado un artículo específico a los factores de riesgo del suicidio en hombres y dónde pedir ayuda. Si tú o alguien cercano estáis atravesando un momento así, en España puedes llamar a la Línea 024 de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible las 24 horas, o al 112 en caso de emergencia. Fuera de España, el directorio internacional Find a Helpline reúne líneas de ayuda de decenas de países.
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¿Qué podría ayudar a los hombres que se están quedando atrás?
¿Qué podría ayudar? Las propuestas con más respaldo combinan cambios estructurales —en la escuela y en el acceso al empleo— con una forma distinta de acercar el apoyo psicológico a los hombres. Ninguna es una solución mágica, y casi todas comparten una premisa: atender el malestar masculino no exige restar nada a la igualdad entre hombres y mujeres, sino ampliarla.
En el plano estructural, Reeves ha planteado ideas que han generado tanto interés como debate, como dar a algunos chicos un año más antes de empezar la escolarización formal, incorporar más hombres a la docencia y a las profesiones de cuidados, o reforzar la formación profesional como vía prestigiosa y no como plan B. La evidencia sobre algunas de estas medidas todavía es limitada, y su eficacia dependerá de cada sistema educativo. Pero apuntan a algo difícil de discutir: un chico que deja los estudios a los dieciséis años no necesita un discurso sobre masculinidad, sino una salida concreta hacia un oficio, un salario y un lugar en la comunidad.
En el terreno de la salud mental, varios equipos de investigación han explorado cómo hacer que el acompañamiento psicológico resulte más accesible para ellos. Una revisión publicada en 2018 por el propio Seidler sugiere que los hombres tienden a implicarse más cuando el proceso se presenta como práctico y orientado a objetivos, cuando se respeta su forma de expresarse y cuando se les invita a ejercer un papel activo, en lugar de colocarlos en una posición que perciben como de fragilidad. Iniciativas comunitarias como los Men's Sheds, nacidos en Australia —talleres donde hombres de distintas edades se reúnen a trabajar con las manos—, recuperan la lógica de la amistad «hombro con hombro». Los estudios sobre ellos describen beneficios en conexión social y bienestar percibido, aunque se basan sobre todo en muestras pequeñas y en testimonios de los propios participantes.
Para quienes rodean a un hombre que parece estar pasándolo mal, algunas orientaciones generales pueden marcar la diferencia:
- Fijarse en los cambios, no solo en la tristeza: irritabilidad, aislamiento, más alcohol o más horas frente a una pantalla pueden ser formas de expresar malestar.
- Abrir la conversación en contextos de actividad compartida —un paseo, un trayecto en coche—, donde hablar suele resultar menos amenazante que un cara a cara.
- Preguntar de forma directa y sin juicio, y escuchar sin precipitarse a dar soluciones.
- Presentar la ayuda profesional como una herramienta para recuperar el control y la claridad, no como una admisión de debilidad.
Nada de lo anterior sustituye una valoración profesional. Si el malestar persiste o interfiere con la vida diaria, lo más útil es buscar un espacio de apoyo con un psicólogo o psicóloga colegiado.
Lo que el malestar de los hombres dice de todos
Volvamos a la pregunta del vídeo del Financial Times. Los hombres jóvenes con menos estudios se están quedando atrás, pero no por una sola razón ni de una sola manera. Se acumulan desventajas que empiezan en la escuela, continúan en un mercado laboral que ha cambiado de forma y desembocan, en algunos casos, en una soledad que nadie ve venir. Detrás de las cifras de abandono escolar o de inactividad hay algo más difícil de medir: la sensación de no tener un papel. Y la psicología sabe desde hace tiempo que pocas cosas pesan tanto en el bienestar como sentirse prescindible.
Conviene, eso sí, reconocer los límites de lo que sabemos. Buena parte de la evidencia procede de países anglosajones, la mayoría de los estudios son correlacionales y el debate está tan politizado que cada dato se convierte en munición. Quizá por eso la lección más útil no esté en elegir culpables, sino en algo más sencillo: un guion de vida que solo funciona cuando todo va bien deja a mucha gente sin recursos cuando las cosas se tuercen. Ofrecer a los hombres otras formas de ser valiosos, y de pedir ayuda sin sentir que pierden algo, no es una concesión. Es una forma de cuidar a todos.


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