Durante estos meses, se ha hablado mucho sobre los diversos efectos que ha tenido la pandemia del COVID-19 en nuestra salud mental, denominándolo como "la otra pandemia".

Se observa, en gran medida, que la población está alcanzando niveles de miedo y angustia muy elevados, lo que ha actuado como disparador de síntomas de diferentes índoles, siendo el más común de todos la ansiedad. Que la situación actual nos haya provocado una reacción de este calibre, es lógico y normal.

Ante la pandemia, ¿es la ansiedad que sufro algo patológico?

La palabra “ansiedad” se utiliza cada vez más, tanto en el lenguaje clínico como en el lenguaje popular, en ocasiones, siendo utilizada como sinónimo intercambiable del “miedo”.

Por esta razón, es conveniente aclarar algunas diferencias entre estos términos: ambas se traducen en sentirse inseguro/a, pero el miedo se orienta al presente, es una reacción automática, biológica y adaptativa de defensa, ante la percepción de un peligro (el miedo puede ser racional o irracional). Es de intensidad alta, de afecto negativo y dura lo que dura la situación de peligro.

Por otro lado, la ansiedad se orienta hacia el futuro; es decir, es la capacidad de anticipar un evento que puede ser dañino para nosotros. Esta función puede ser adaptativa cuando la intensidad y frecuencia de los síntomas, se adecúan a la peligrosidad del evento que se teme, y nos permite anticiparnos y actuar.

Sin embargo, cuando la reacción ansiosa es desproporcionada, cuando identificar su causa no es sencillo, y cuando la persona que presenta estos síntomas se siente muy limitada por ellos podríamos decir que, lejos de cumplir una función útil, puede ser un problema clínico que precise de ayuda profesional.

En un primer momento ante la pandemia, el grueso de la sociedad reaccionó con miedo, lógico: miedo al virus, miedo a enfermar y miedo a que familiares y amigos enfermen. Por ello, nos adaptamos a las restricciones, y el comportamiento de la gran mayoría estuvo orientado a minimizar riesgos, para que poco a poco, la crisis se convirtiese en algo más controlable.

Pero conforme nos íbamos habituando a convivir con la nueva situación, fueron apareciendo nuevas amenazas: miedo a no encontrar trabajo o a perderlo si ya lo tienes, miedo a perder calidad de vida, miedo a no poder afrontar gastos, miedo a la soledad, a sentirnos limitados a la hora de acceder a actividades gratificantes...

Es aquí, cuando delimitar la línea entre lo que es clínico y lo que no, se vuelve un tanto complicado. Es importante que nos hagamos una serie de preguntas para situarnos: ¿está mi ansiedad relacionada con algo que consigo identificar? ¿La magnitud de mi malestar, se adecúa al estímulo que me provoca inseguridad y a su probabilidad de ocurrencia? ¿Mi ansiedad me está orientando a la acción o me está impidiendo tomar las riendas de mi vida? ¿Se ha vuelto algo incontrolable para mí?

¿Cómo se manifiesta la ansiedad?

La ansiedad no es un fenómeno unitario, sino que se manifiesta a través de tres componentes; esto se conoce como el triple sistema de respuesta.

Componente cognitivo

Hace referencia a la experiencia interna, teniéndose en cuenta las diferencias individuales a la hora de percibir y evaluar los estados asociados a la ansiedad. En este componente también nos encontramos con una serie de pensamientos irracionales que no sólo facilitan la aparición de la ansiedad, sino que también, la mantienen.

Componente fisiológico

Experimentar ansiedad suele ir acompañado de síntomas somáticos que se deben a una activación del sistema nervioso autónomo. Estos síntomas pueden ser: sudoración, temblor, incremento de la tensión muscular, aceleración cardíaca, boca seca, respiración acelerada... El cómo la persona interprete estos síntomas, contribuye a consolidar el estado subjetivo de ansiedad.

Componente conductual

La ansiedad normalmente nos empuja a comportarnos de forma huidiza y evitativa. Tiene mucha lógica que intentemos alejarnos de lo que percibimos como dañino; pero ojo, tengamos en cuenta que, en ocasiones, estamos percibiendo las cosas de forma poco realista, y además, si nos acostumbramos a evitar y a dejarnos llevar por nuestra ansiedad, difícilmente la superaremos.

En otro orden de cosas, aclarar que la ansiedad, también tiene un efecto en nuestra expresión facial y postura corporal.

¿Qué consecuencias tendrá en mí tener niveles altos de ansiedad?

Es posible que la ansiedad ya se haya vuelto incapacitante cuando se tengan problemas de concentración y las rutinas de sueño y alimentación estén alteradas (ya sea por exceso o por defecto). Es muy probable tener una sensación de preocupación constante que se percibe como inadecuada, pensamientos intrusivos, irritabilidad e inquietud. También es posible que se perciba una sensación de pesadez mental que dificulte mucho la toma de decisiones, así como la aparición de reacciones excesivamente intensas ante cambios de última hora.

Con este artículo nos gustaría ayudar a despatologizar comportamientos que, en realidad, son normales. Estamos pasando por un momento difícil como sociedad y no hay nada de patológico en reaccionar con rabia, ansiedad o tristeza. Ahora bien, si estas emociones nos están inundando, es completamente fundamental, reconocer la necesidad de expresarlas, aceptarlas y transformarlas.

Es muy posible que esta situación haya actuado como disparador, o como gota que colma el vaso en muchas personas que, por una razón u otra, han colapsado. Por ello, es un buen momento para plantearnos evaluar nuestros patrones de conducta, nuestros pensamientos y nuestras estrategias de regulación emocional.

Por último, mencionar que, si sientes que últimamente esta situación está siendo muy difícil de manejar, y te has sentido identificado/a con el artículo, has de saber que esto se puede cambiar. Nosotros, Introspectia Psicología, trabajamos cada día para proporcionar apoyo psicológico a personas que están pasando por momentos difíciles. No dudes en contactar con nosotros si lo necesitas.