Entrevista a Centre de Psicologia Jaume Primer: los problemas de ansiedad en los adolescentes

Cómo detectar la ansiedad adolescente y acompañarla desde la familia.

Entrevista a Centre de Psicologia Jaume Primer: los problemas de ansiedad en los adolescentes

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La adolescencia es una etapa de cambios profundos. La identidad, las relaciones sociales, el cuerpo y la forma de interpretar el mundo se transforman al mismo tiempo, mientras aumentan las expectativas académicas y personales.

En este contexto, distinguir entre el malestar propio de la edad y un problema de ansiedad no siempre resulta sencillo. La manera en que los adultos interpretan estas señales puede marcar la diferencia entre minimizar el sufrimiento y ofrecer el acompañamiento que el adolescente necesita.

Ansiedad en la adolescencia: una conversación con Dina Rahwan

De todo ello vamos a hablar con Dina Rahwan, directora del Centre de Psicologia Jaume Primer, cuyos profesionales analizan los problemas de ansiedad en adolescentes desde una perspectiva clínica, familiar y basada en la evidencia científica.

Centre De Psicologia Jaume Primer

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Centro de psicología en Girona especializado en terapia individual, infantil, de pareja y familiar.

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1. ¿Consideráis que la adolescencia es una etapa especialmente vulnerable para desarrollar ansiedad si la comparamos con otras etapas de la vida?

Sin ninguna duda, y no es una impresión clínica: es uno de los hallazgos más sólidos de la epidemiología psiquiátrica actual. El mayor metaanálisis realizado hasta la fecha sobre la edad de inicio de los trastornos mentales —que reunió 192 estudios y más de 700.000 personas— situó el pico de aparición de cualquier trastorno mental a los 14,5 años y comprobó que casi la mitad de todos los trastornos mentales ya se han manifestado antes de los 18. En el caso concreto de los trastornos de ansiedad, las fobias y la ansiedad social aparecen típicamente entre los 8 y los 13 años. Es decir, la adolescencia no es una etapa más: es la ventana de máxima vulnerabilidad.

¿Por qué? Porque el cerebro adolescente madura de forma asimétrica. Las regiones que generan y amplifican la emoción, como la amígdala, se desarrollan antes que la corteza prefrontal, que es la que regula, frena y pone en perspectiva. A esto se le suma la tormenta hormonal de la pubertad, que reconfigura literalmente la manera en que el adolescente percibe su cuerpo, a los demás y a sí mismo. La investigación en neurodesarrollo describe este momento como una cascada: los cambios puberales transforman la cognición social y las relaciones con los iguales, y eso, a su vez, moldea tanto la salud mental como el propio cerebro.

Por eso, en el centro insistimos tanto en una idea: la ansiedad en esta etapa no es un signo de debilidad ni de «carácter flojo». Es la expresión de un organismo que está atravesando la transformación más intensa de toda su vida. Entenderlo así cambia por completo la forma de acompañar.

2. ¿Cómo influyen la autoestima y la necesidad de aceptación social en el bienestar emocional de los adolescentes?

De forma central, y de nuevo hay una base neurobiológica detrás. Durante la adolescencia, el cerebro se vuelve hipersensible a la evaluación social: ser aceptado o rechazado por el grupo deja de ser una preferencia y pasa a vivirse, casi, como una cuestión de supervivencia. La necesidad de pertenencia se amplifica enormemente y la mirada de los iguales se convierte en el espejo principal donde el adolescente construye su identidad.

Esto explica por qué un comentario, una exclusión de un grupo o una foto que no recibe la respuesta esperada pueden tener un impacto emocional desproporcionado a ojos de un adulto. Para el adolescente no lo es: su sistema está calibrado para dar a la aceptación social un peso máximo. Cuando la autoestima es frágil, esa sensibilidad se convierte en un factor de riesgo; cuando es sólida, actúa como uno de los mejores factores protectores que conocemos.

Aquí es donde aplicamos nuestra forma de trabajar. La «baja autoestima» rara vez es el problema de fondo: suele ser la punta del iceberg. Debajo casi siempre hay algo más —un estilo de apego, experiencias de rechazo, una autoexigencia desmedida o una dificultad para regular emociones— y nuestro trabajo no es maquillar el síntoma, sino comprender y tratar lo que lo sostiene.

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3. ¿Cómo suele manifestarse la ansiedad en los adolescentes y qué señales suelen pasar desapercibidas para las familias?

Este es uno de los puntos más importantes, porque la ansiedad adolescente rara vez se presenta como uno esperaría. Casi nunca llega un chico o una chica diciendo: «Tengo ansiedad». Lo que llega son disfraces.

El más frecuente es el cuerpo: dolores de cabeza, molestias de estómago, fatiga o problemas para dormir sin causa médica que lo explique. Otro muy común es la irritabilidad: muchas familias buscan tristeza y se encuentran con un adolescente que salta, que contesta mal, que parece «rebelde» o «de mal carácter»; con frecuencia, debajo de esa irritabilidad hay ansiedad. Y el tercer gran disfraz es la evitación: dejar de quedar con amigos, poner excusas para no ir a clase, abandonar actividades que antes disfrutaba o refugiarse en exceso en la habitación o en el móvil.

Las señales que más se escapan a las familias suelen ser precisamente las que no hacen «ruido»: el perfeccionismo extremo y el miedo a equivocarse —que se leen como responsabilidad—, la búsqueda constante de aprobación, la dificultad para tomar decisiones pequeñas o el aislamiento, que se confunde con «ya es mayor, quiere su espacio». Lo visible —el enfado, el bajón en las notas, el encierro— es solo la punta del iceberg. El trabajo clínico consiste en mirar debajo de la superficie sin quedarse en la conducta.

4. Un estudio reciente realizado en Canadá muestra que la fobia social entre los jóvenes ha aumentado más de un 70 % en los últimos 25 años. ¿Creéis que este es un fenómeno que tiene que ver con las redes sociales y las dinámicas de ciberbullying?

La tendencia que apunta ese dato encaja con lo que observamos a diario en consulta y con lo que dice la literatura: hay un aumento real de la ansiedad social entre los jóvenes y las redes sociales tienen un papel, aunque conviene explicarlo con precisión.

La evidencia no señala tanto a las pantallas en sí como al uso problemático. Un metaanálisis publicado en JMIR Mental Health encontró una asociación significativa entre el uso problemático de redes sociales y la ansiedad, y una revisión sistemática muy amplia de 2024, con 182 estudios, confirmó esa relación con la ansiedad, la depresión y los problemas de sueño. El matiz es clave: el riesgo no está en que un adolescente use el móvil, sino en cómo y a costa de qué lo usa, desplazando horas de sueño, sustituyendo el contacto cara a cara o exponiéndose a una comparación social permanente.

Y aquí entra el ciberbullying, que añade un ingrediente especialmente cruel: elimina el refugio. El acoso tradicional terminaba al salir del colegio; el acoso digital es 24 horas, entra en casa, en la habitación, en la cama. Para un cerebro adolescente, ya hipersensible al juicio del grupo, vivir bajo evaluación y exposición constantes es un terreno fértil para la ansiedad social. Dicho esto, somos prudentes con las explicaciones simplistas: las redes son un factor amplificador muy potente, pero no la única causa, y reducirlo todo a «la culpa es del móvil» nos haría perder de vista el resto del iceberg.

5. ¿Por qué los problemas de ansiedad parecen estar aumentando entre los adolescentes en los últimos años?

Porque es un fenómeno multifactorial, y desconfiamos de cualquier respuesta de titular único. Confluyen varias cosas a la vez.

Por un lado, los factores que ya hemos mencionado: el uso problemático de la tecnología y, sobre todo, el desplazamiento del sueño y del contacto presencial, que la investigación vincula de forma consistente con más ansiedad. Por otro, una presión académica y de rendimiento que empieza cada vez antes, junto a una cultura de la exigencia y la inmediatez que deja poco margen al error y al aburrimiento. A esto se suma el poso que dejó la pandemia en toda una generación en plena construcción de su identidad social y una reducción progresiva del juego libre y de la autonomía, que son justamente los espacios donde tradicionalmente se aprendía a tolerar la frustración y la incertidumbre.

Hay un factor más, y es importante nombrarlo en positivo: hoy detectamos y diagnosticamos mejor, y existe menos estigma para pedir ayuda. Parte del aumento es real y parte es que, por fin, se está mirando donde antes no se miraba. Ambas cosas conviven. Lo preocupante sería interpretar la ansiedad solo como una «moda» o una etiqueta: detrás de cada caso hay sufrimiento real que merece una mirada seria y profunda, nunca superficial.

6. ¿Qué pueden hacer los padres cuando sospechan que su hijo o hija está sufriendo ansiedad, pero no quiere hablar del tema?

Lo primero, un mensaje que tranquiliza a muchas familias: no hace falta que el adolescente quiera hablar para empezar a ayudarle. Esto no es una intuición, es ciencia. Un ensayo clínico de la Universidad de Yale demostró que un tratamiento dirigido únicamente a los padres, sin que el niño acudiera a terapia, era tan eficaz como la terapia cognitivo-conductual aplicada directamente al menor. La clave estaba en modificar lo que los padres hacen.

¿Y qué es lo que más ayuda? Reducir lo que llamamos acomodación familiar: esas adaptaciones que las familias hacen con toda la buena intención —dejar que evite lo que le da miedo, responder por él o reorganizar la vida de casa alrededor de la ansiedad— y que, sin querer, acaban alimentándola. Cada vez que ayudamos a evitar, le confirmamos al cerebro que aquello era realmente peligroso.

En la práctica, a los padres les sugerimos no forzar la conversación, pero estar disponibles y crear momentos sin presión —muchas veces se habla mejor en el coche o cocinando juntos que en un interrogatorio frontal—; validar la emoción sin amplificarla —«entiendo que esto te angustia», en lugar de «no es para tanto»—; acompañar con calma hacia aquello que evita, en lugar de rescatarle de ello; y cuidar el propio modelo, porque un padre que regula bien su ansiedad enseña a regular.

Y, sobre todo, pedir ayuda profesional pronto: cuanto antes se interviene, mejor es el pronóstico. Esperar a que «se le pase» suele ser la opción más cara.

7. ¿Qué enfoques terapéuticos han demostrado ser más eficaces para ayudar a adolescentes con problemas de ansiedad?

La evidencia es muy clara en cuanto al punto de partida: la terapia cognitivo-conductual (TCC) es el tratamiento de primera línea. La revisión Cochrane más completa sobre el tema —87 estudios y casi 6.000 menores— mostró que con TCC remite el trastorno de ansiedad en cerca del 49 % de los casos, frente al 18 % sin tratamiento. Dicho de otro modo: hay que tratar a muy pocos niños para que uno se recupere gracias a la terapia. El ingrediente activo más potente es la exposición gradual: ayudar al adolescente a acercarse a aquello que teme, de forma progresiva y acompañada, en lugar de evitarlo.

Ahora bien, y aquí está nuestra forma de entender el trabajo: la TCC es la base, pero no la aplicamos como una receta. La combinamos con el trabajo con la familia, que, como hemos visto, puede ser tan eficaz como la terapia individual; y, en los casos de mayor gravedad o cuando hay depresión asociada, la evidencia respalda combinar la psicoterapia con tratamiento farmacológico, siempre valorando cada caso de forma individual y con seguimiento estrecho. Es precisamente en esos casos donde la colaboración estrecha entre Psicología y Psiquiatría marca la diferencia.

Pero queremos cerrar con lo que para nosotros es lo esencial. Reducir los síntomas no es lo mismo que resolver el problema. Un adolescente puede dejar de tener crisis de ansiedad y seguir cargando con todo lo que las generaba. Nuestro compromiso es no quedarnos nunca en la punta del iceberg: trabajar en profundidad, de forma multidisciplinar e individualizada, para que el cambio sea real y se sostenga en el tiempo. Esa es la diferencia entre tapar una alarma y reparar lo que la hacía sonar.

Centre De Psicologia Jaume Primer

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Psicología y Mente. (2026, julio 20). Entrevista a Centre de Psicologia Jaume Primer: los problemas de ansiedad en los adolescentes. Portal Psicología y Mente. https://psicologiaymente.com/clinica/entrevista-centre-psicologia-jaume-primer-problemas-ansiedad-en-adolescentes

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