La adolescencia es una etapa especialmente relevante para la prevención de las adicciones. Experimentar con alcohol, cannabis, nicotina u otras sustancias no equivale automáticamente a desarrollar una adicción, pero algunos patrones de consumo pueden evolucionar hacia problemas importantes. Comprender los factores implicados ayuda a detectar riesgos sin caer en alarmismos.
Un adolescente vuelve una noche a casa después de haber bebido alcohol con sus amigos. Para algunos padres, el episodio puede interpretarse como la prueba de que existe una adicción. Otros pueden quitarle importancia pensando que «todos hemos hecho estas cosas a esa edad». Probablemente, ninguna de las dos respuestas permita comprender demasiado bien lo que está ocurriendo.
Y es que entre probar una sustancia y desarrollar un trastorno por consumo existe un amplio espacio intermedio. La frecuencia, la cantidad, las circunstancias, las consecuencias y la función que cumple el consumo son mucho más informativas que un episodio aislado. La adolescencia merece una atención particular porque durante estos años coinciden cambios psicológicos y sociales importantes con una mayor exploración, sensibilidad a las recompensas y peso del grupo de iguales. Comprender esa combinación permite hablar de adicciones adolescentes sin convertir cualquier conducta experimental en un diagnóstico ni minimizar señales que sí requieren atención.

Romina Paola Giarrusso
Romina Paola Giarrusso
Psicóloga, Directora de Centro de Psicología PSiCOBAi
¿Por qué la adolescencia es una etapa especialmente sensible?
Explorar, buscar experiencias nuevas y aumentar progresivamente la autonomía son partes normales de la adolescencia. El problema es que esas mismas tendencias pueden favorecer algunas conductas de riesgo cuando se combinan con sustancias capaces de producir refuerzo inmediato.
Durante estos años continúan desarrollándose capacidades relacionadas con la planificación, el control de la conducta y la regulación emocional. Al mismo tiempo, las recompensas sociales adquieren una importancia considerable. Esto no significa que el «cerebro adolescente» esté incapacitado para tomar buenas decisiones, una simplificación frecuente, sino que las decisiones pueden ser especialmente sensibles al contexto, a las emociones, a la posibilidad de obtener una recompensa inmediata y a la presencia de los compañeros.
Además, no todos los adolescentes parten del mismo punto. Rasgos individuales, dificultades emocionales, impulsividad, experiencias estresantes, disponibilidad de sustancias y características del entorno pueden aumentar o disminuir la probabilidad de desarrollar un consumo problemático. Por eso no existe una explicación única para las adicciones.
No todo consumo es una adicción
Utilizar una sustancia en alguna ocasión no permite diagnosticar un trastorno por consumo. Desde una perspectiva clínica, preocupa especialmente que el consumo empiece a ser difícil de controlar, se mantenga pese a producir consecuencias negativas o vaya desplazando otras áreas importantes de la vida.
Un adolescente puede, por ejemplo, empezar consumiendo alcohol de forma ocasional durante reuniones sociales. La situación cambia si progresivamente necesita beber cada fin de semana, empieza a faltar a actividades por recuperarse del consumo, tiene problemas familiares o escolares relacionados con él y continúa pese a reconocer esas consecuencias.
También importa la función. No es lo mismo experimentar por curiosidad que utilizar repetidamente una sustancia para poder dormir, evitar pensamientos desagradables, reducir ansiedad, sentirse aceptado o escapar de situaciones difíciles. Ninguna de estas funciones demuestra por sí sola que exista una adicción, pero ayuda a comprender por qué el comportamiento puede mantenerse.
Por eso conviene evitar dos extremos: no todo adolescente que consume tiene una adicción, pero tampoco es necesario esperar a que exista una dependencia grave para intervenir. La detección temprana y las intervenciones breves forman parte de las recomendaciones clínicas precisamente porque actuar antes puede evitar que algunos patrones se consoliden.
Familia, amigos y entorno: el consumo no ocurre en el vacío
La investigación sobre adicciones adolescentes ha ido abandonando explicaciones excesivamente simples basadas en «malas compañías», falta de voluntad o problemas familiares aislados. El consumo aparece dentro de una red de influencias.
Una revisión de Elisa Trucco sobre factores psicosociales destaca el peso tanto de los iguales como de la familia. La disponibilidad de sustancias, las normas percibidas dentro del grupo, el comportamiento de los amigos, la supervisión parental, la comunicación familiar o la percepción de que los adultos aprueban determinadas conductas pueden relacionarse con el consumo. También influyen la conexión con la escuela y determinadas características del entorno social.
Esto no significa que unos padres puedan impedir por completo que su hijo consuma si hacen «todo bien». Los factores de riesgo aumentan probabilidades, no escriben destinos. Del mismo modo, disponer de factores protectores —buena comunicación, normas claras, vínculos familiares positivos, pertenencia escolar o amistades que no giren alrededor del consumo— puede reducir riesgos sin ofrecer garantías absolutas.
Una revisión sistemática de Sandra y Emmanuel Kuntsche encontró precisamente que algunos programas dirigidos a padres, especialmente aquellos que trabajan comunicación, establecimiento de normas y supervisión, pueden ayudar a prevenir o reducir ciertos consumos adolescentes, aunque los efectos dependen de la edad, el programa y el contexto.
¿Qué señales deberían llamar la atención?
Detectar un problema no consiste en buscar una única señal, sino en observar cambios persistentes y, sobre todo, cómo el consumo afecta al funcionamiento cotidiano. Un descenso académico aislado o un cambio de amigos tampoco demuestran que exista una adicción.
Resulta más preocupante cuando aparecen varios elementos a la vez: aumento progresivo de la frecuencia o cantidad consumida, dificultad para reducir el consumo, mentiras recurrentes relacionadas con él, abandono de actividades antes importantes, conflictos familiares repetidos, absentismo escolar, problemas legales o conductas de riesgo. También merece atención que gran parte del ocio comience a organizarse alrededor de consumir o conseguir la sustancia.
A veces, además, el consumo convive con ansiedad, depresión, TDAH, problemas de conducta, trauma u otras dificultades psicológicas. En estos casos no conviene asumir automáticamente qué apareció primero. La relación puede ser bidireccional y compleja, y una evaluación profesional debería explorar ambos problemas en lugar de tratar el consumo como un fenómeno aislado. Las recomendaciones actuales sobre tratamiento adolescente insisten precisamente en valorar y abordar los trastornos de salud mental concurrentes.
Prevenir no consiste únicamente en decir «las drogas son malas»
Las campañas basadas exclusivamente en proporcionar información o asustar al adolescente tienen limitaciones evidentes. Saber que algo puede resultar perjudicial no siempre basta para modificar una conducta, especialmente cuando esta aporta aceptación social, placer inmediato o alivio emocional.
Una revisión de 46 revisiones sistemáticas dirigida por Jai Das encontró que determinados programas escolares y familiares pueden reducir algunos consumos, aunque su efectividad varía según la sustancia y el tipo de intervención. Los programas que trabajan habilidades sociales, influencia de los iguales y competencias para afrontar situaciones reales suelen ofrecer una base más sólida que limitarse a transmitir conocimientos.
Cuando el consumo ya genera problemas, el tratamiento debe adaptarse a la edad, la gravedad, la situación familiar, el contexto escolar y las posibles dificultades psicológicas asociadas. Las recomendaciones actuales incluyen intervenciones conductuales, participación familiar, seguimiento continuado y, cuando corresponde, tratamientos farmacológicos específicos. No existe una única terapia válida para todos los adolescentes.
Hablar de adicciones sin convertir al adolescente en «el problema»
La adolescencia es una etapa de exploración, pero eso no convierte el consumo de sustancias en algo inevitable ni inofensivo. Al mismo tiempo, reaccionar únicamente con castigos, amenazas o etiquetas puede cerrar precisamente el espacio de comunicación que necesitamos para comprender qué está ocurriendo.
La pregunta más útil no siempre es «¿consume o no consume?», sino qué está pasando alrededor de ese consumo: cuánto espacio ocupa, qué necesidad cumple, qué consecuencias está teniendo y qué otras dificultades acompañan al adolescente.
Prevenir y tratar las adicciones exige combinar límites claros con conversación, supervisión con confianza y preocupación con una mirada capaz de distinguir entre experimentar, desarrollar un patrón de riesgo y presentar un trastorno que necesita tratamiento. Detectar un problema pronto no significa etiquetar al adolescente; significa intervenir antes de que el consumo empiece a decidir por él.

Romina Paola Giarrusso
Romina Paola Giarrusso
Psicóloga, Directora de Centro de Psicología PSiCOBAi








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