Tambako The Jaguar [Flickr]

Puede que parezca simplón y hasta humorístico, pero el fenómeno del bostezo es uno de los más profundamente arraigados en nuestra biología. Básicamente, todo el mundo bosteza, independientemente de la cultura a la que pertenezca.

Además, no solo está presente en bebés y hasta en fetos de tres meses de gestación, sino que también se manifiesta en prácticamente cualquier animal vertebrado, desde loros hasta tiburones.

Pero… ¿qué es lo que hace que el bostezo sea un hecho omnipresente en gran parte del reino animal? ¿Por qué se bosteza, y por qué se contagian los bostezos? ¿Sirven para algo? A continuación abordaremos estas cuestiones y algunas más. Pero antes, empecemos por lo básico.

¿Qué es un bostezo?

Un bostezo es la acción involuntaria de mantener abierta las mandíbulas, inspirar profundamente durante unos segundos y volver a cerrar las mandíbulas a la vez que se expira brevemente.

Los bostezos están muy vinculados al ciclo sueño-vigilia que regula la hormona llamada melatonina, y por eso durante muchos años se ha creído que es un fenómeno fisiológico relacionado con el nivel de actividad cerebral y con la respuesta a las situaciones estresantes que, a veces, pueden pillarnos con la guardia baja, ya sea porque estamos cansados o porque tenemos sueño.

En definitiva, el bostezo es algo muy vinculado a nuestros orígenes evolutivos y que ha calado en el funcionamiento más básico de nuestro sistema nervioso. Ahora bien, saber esto no nos dice nada concreto acerca de su utilidad. Si queremos saber a qué necesidades podría dar respuesta este mecanismo biológico tan curioso, es necesario realizar investigaciones concretas para averiguarlo.

¿Para qué sirve?

Si partimos de la idea de que bostezar es básicamente captar mucho aire mediante una respiración profunda, fácilmente llegaremos a la conclusión de que el bostezo sirve para oxigenarnos.

Sin embargo, esta hipótesis ha quedado refutada desde los años ochenta, cuando el investigador de la Universidad de Maryland Robert Provine observó que la frecuencia de los bostezos era la misma independientemente de si se estaba en una habitación muy bien ventilada o con mucho CO2.

De momento, no se sabe con seguridad para qué sirven los bostezos, pero se baraja una serie de teorías.

1. Ejercitar la musculatura facial

Una de las hipótesis que podrían explicar la función del bostezo es la posibilidad de mantener en forma y tonificar los pequeños grupos musculares de la cara que, dependiendo de nuestro estado de ánimo o de los contextos sociales en los que nos encontremos, pueden permanecer casi totalmente relajados durante demasiado tiempo.

Así, cuando nos aburrimos o tenemos sueño y adoptamos una cara neutra e inexpresiva, el bostezo puede ser una oleada de actividad que permite que esa parte del cuerpo recupere tono muscular. Sería como una manera automática de desperezarnos.

2. Prepararnos para el estado de alerta y concentración

El hecho de mantener activados los músculos de la cara no tiene por qué servir solo para mantenerlos listos para la acción. También puede tener un efecto psicológico: notar esa sensación podría ayudarnos a despejarnos, lo cual haría que el cerebro esté más activo y sea capaz de prestar más atención a las cosas importantes. Es, digamos, un efecto en bucle: el sistema nervioso mueve ciertos músculos para que esa actividad muscular nos mantenga más despiertos.

3. Corregir la posición de los huesos

Una explicación alternativa sobre para qué bostezamos sería que esta acción permite “reiniciar” la posición de las mandíbulas, haciendo que vuelvan a encajar mejor de lo que lo estaban antes. Del mismo modo, el mismo movimiento puede ayudar a despejar los oídos corrigiendo diferencias de presión del aire entre el oído interno y el exterior.

4. No tiene ninguna función

Otra de las posibilidades es que los bostezos no tengan ninguna utilidad, por lo menos en nuestra especie. Es perfectamente factible que en nuestros antepasados sí hubieran servido de algo pero que por el camino de la evolución esa ventaja adaptativa se hubiera perdido, o bien que desde su aparición en las formas más básicas de vertebrados fuese algo totalmente inútil.

A fin de cuentas, una característica biológica no necesita suponer ventajas para existir. La evolución no hace que vayan apareciendo y sobreviviendo solo los rasgos más adaptativos, sino que hay otros que lo hacen a pesar de no beneficiar en nada a la especie que las porta. El pseudo-pene de las hembras de hiena moteada es un ejemplo de esto.

¿Por qué se contagian los bostezos?

Otra de las grandes incógnitas es por qué somos tan propensos a que se nos peguen los bostezos de otros. De hecho, se ha visto que no es necesario ni siquiera ver bostezar a otros; pensar en un bostezo o ver una fotografía en la que aparezca esa acción incrementa significativamente las posibilidades de que se nos contagie.

Actualmente se cree que en el origen de este curioso fenómeno están las neuronas espejo, que se encargan de iniciar “ensayos mentales” sobre cómo sería experimentar en nuestra propia piel aquello que estamos observando en personas o animales reales o imaginarios.

Las neuronas espejo pueden ser la base neurobiológica de la empatía, pero uno de sus efectos colaterales podría ser el bostezo.