En el año 1935, el neurocirujano y psiquiatra portugués António Egas Moniz realizó una intervención quirúrgica que llamó leucotomía.

Consistía en realizar dos agujeros en la parte frontal del cráneo, e inyectar alcohol directamente en el lóbulo frontal del cerebro a través de ellos. Años más tarde, esta práctica había pasado a llamarse lobotomía, y su popularidad en el mundo de la psiquiatría hizo que Egas Moniz ganase el Premio Nobel de Medicina en el año 1949. ¿Qué había pasado?

El nacimiento de la lobotomía

La etimología del término leucotomía sirve para hacernos una idea acerca del objetivo con el que se realizaban las lobotomías; leuko significa blanco, y tome significa corte. Egas Moniz creía que ciertos desórdenes mentales podían ser curados haciendo que se rompiesen algunas zonas del cerebro en las que el lóbulo frontal se comunica con otras del encéfalo. Es decir, dañando partes de materia blanca del cerebro, llamada así porque en ella predominan los axones (las partes de la neurona que se alargan para comunicarse con células nerviosas lejanas).

Este neurocirujano partía de la idea de que era posible reducir considerablemente la intensidad y la frecuencia de los síntomas de los desórdenes psiquiátricos haciendo que todas sus funciones psicológicas en general decayesen. Se sacrificaba una parte de la capacidad intelectual y de la personalidad de cada paciente para tratar de acercarlo más a la curación.

La lobotomía de Walter Freeman

La propuesta de Egas Moniz puede parecer brutal hoy en día, pero en su contexto histórico tuvo buena acogida en el ámbito de la psiquiatría no freudiana. De hecho, en el 1936, el neurocirujano Walter Freeman importó este tipo de intervención a los Estados Unidos y, después de darle el nombre de lobotomía hizo que se popularizase por todo el mundo.

Freeman también introdujo algunos cambios en el procedimiento. Después de aturdir a los pacientes mediante electroshock, en vez de perforar dos puntos del cráneo e introducir pinchos a través de ellos, usaba unos instrumentos parecidos a picahielos que introducía por la órbita ocular, entre el ojo y la parte de hueso sobre el que está la ceja, y removía tratando de "barrer" partes de los lóbulos frontales de cada hemisferio cerebral.

Como las heridas no llegaban hasta la parte más profunda del cerebro, las estructuras vitales no quedaban dañadas y, en algunos casos, los pacientes apenas notaban cambios durante las primeras horas. En todo caso, el sistema nervioso de estas personas quedaba marcado para siempre, y su manera de comportarse y de experimentar la vida, también.

¿Por qué se popularizó la lobotomía?

Cuesta creer que la práctica de lobotomías gozase de buena fama durante un periodo, pero lo cierto es que así fue.

Después de dar a conocer su método, Freeman llegó a realizar más de 2.000 lobotomías a lo largo de su carrera. La práctica de la lobotomía se extendió rápidamente por todos los países de Occidente, y llegó a considerarse una de las herramientas más útiles con las que podía contar la medicina.

Las personas que se sometían a la lobotomía voluntaria o involuntariamente no solo eran pacientes con trastornos mentales graves como la esquizofrenia o la depresión severa; en muchas ocasiones se llegaba a utilizar esta operación para poner solución a casos de problemas de conducta, adolescentes desobedientes, etc. Puede que el método de Freeman fuese brutal, pero una buena parte de la sociedad estaba dispuesta a abrazar esa brutalidad. 

La idea de terminar con problemas de comportamiento fuertemente enraizados en el modo de ser con unas pocas sesiones era muy tentadora. Además, si las personas lobotomizadas eran más "tranquilas", se podía poner punto y final a conflictos y problemas relacionales, simplemente, poniendo el foco en un individuo que tenía que "cambiar".

La lógica que estaba detrás de esta buena acogida por parte de gran parte de las instituciones de sanidad tiene que ver con la mentalidad higienista que sostenían. En esa época las personas con desórdenes psiquiátricos eran amontonadas en hospitales abarrotados, y muchas veces eran sometidos a violencia física o psicológica.

La lobotomía brindaba la oportunidad de hacer que este tipo de problemas fuesen menos evidentes, más fáciles de ignorar. Los pacientes seguían estando enfermos, pero después de la operación se notaba menos que estaban ahí. El problema quedaba solucionado en la ficción y, en todo caso, la alternativa a esta práctica era también terrible.

La aparición de los psicofármacos y el final del picahielos

La popularidad de las lobotomías empezó a caer en picado no debido a una espontánea toma de conciencia por parte de la población, sino por un acontecimiento bastante menos romántico: la aparición de las primeras generaciones de psicofármacos para desórdenes mentales graves, a mediados de los años 50. 

La lobotomía prometía una aparente solución rápida a problemas de comportamiento a partir de pocas sesiones, un intercambio mercantil que, teniendo en cuenta los muchos problemas que podía solucionar (en la familia, en el trabajo, etc.), salía a cuenta. Sin embargo, los psicofármacos no solo eran mucho más eficaces, sino que además su aplicación era mucho más sencilla.

Del mismo modo, cuando una de las pacientes de Freeman murió a causa de la hemorragia que le causó el neurocirujano, quedó claro que los riesgos de la lobotomía eran elevados. En los 50 y 60, muchos países prohibieron esta clase de intervenciones, y la URSS la llegó a considerar “contraria a los derechos humanos”.

De todas formas, la lobotomía había gozado de tan buena imagen que aún tardó un par de décadas en aparecer. La sencillez del procedimiento (que podía realizarse en menos de 10 minutos) seguía convirtiendo esta medida en una opción atractiva para cuando no se contaba con la vigilancia de familiares o de entidades públicas.

Referencias bibliográficas:

  • Cosgrove, G. Rees; Rauch, Scott L. (1995). "Psychosurgery" Neurosurg. Clin. N. Am. 
  • Martínez, Luis Antonio (2009). Terapia regresiva reconstructiva. Libros en Red.