La llegada del otoño modifica la cantidad de luz que recibimos, nuestras rutinas y, durante unos días, incluso la hora oficial. Estos cambios pueden influir en el sueño, la energía y el estado de ánimo, aunque sus efectos varían mucho entre personas y no todo bajón otoñal implica un trastorno psicológico.
Salimos de trabajar a la misma hora de siempre, pero algo ha cambiado: ya es de noche. Por la mañana cuesta un poco más levantarse, las tardes parecen más cortas y algunas actividades que durante el verano surgían casi espontáneamente empiezan a requerir planificación. A finales de octubre se añade otro elemento: el reloj cambia una hora y nuestras rutinas deben reajustarse de golpe.
Es fácil atribuir cualquier cansancio o estado de ánimo bajo al cambio de estación. Sin embargo, otoño reúne varios fenómenos diferentes: disminuyen progresivamente las horas de luz, cambian algunas actividades sociales, bajan las temperaturas y se modifica temporalmente la relación entre nuestro reloj interno y los horarios externos. Para algunas personas apenas supone una diferencia; para otras, el efecto es mucho más evidente. La clave está en distinguir una adaptación normal de problemas como el trastorno afectivo estacional.

Tomas Santa Cecilia
Tomas Santa Cecilia
Psicologo Consultor: Master en Psicología Cognitivo Conductual
Menos luz y un reloj biológico que necesita reajustarse
Nuestro organismo no organiza el sueño únicamente mirando qué hora marca el móvil. Disponemos de ritmos circadianos, ciclos biológicos de aproximadamente 24 horas que intervienen en el sueño, la vigilia, la liberación hormonal, la temperatura corporal y otros procesos fisiológicos.
La luz es una de las principales señales que utiliza el cerebro para sincronizar esos ritmos con el mundo exterior. Por eso, cuando llega el otoño y amanece y anochece a horas diferentes, también cambia la información luminosa que recibe nuestro reloj biológico.
A ello se suma el cambio oficial de hora. Aunque una diferencia de 60 minutos puede parecer pequeña, durante varios días puede modificar cuándo sentimos sueño, cuándo nos despertamos y cómo encajan nuestras rutinas con las señales ambientales. Una revisión sistemática publicada en 2025, que analizó 27 estudios, concluyó que las transiciones horarias pueden afectar al sueño, aunque los resultados eran heterogéneos y los efectos negativos parecían más claros con el cambio primaveral, cuando se pierde una hora.
La Academia Estadounidense de Medicina del Sueño también ha defendido que la hora estándar se ajusta mejor a la biología circadiana que el horario de verano permanente.
¿El cambio de hora puede empeorar nuestro estado de ánimo?
Aquí la respuesta necesita bastante más cautela. Es tentador afirmar que retrasar o adelantar el reloj «provoca depresión», pero la evidencia científica no permite establecer una relación tan sencilla.
Un conocido estudio realizado en Dinamarca analizó más de 185.000 contactos hospitalarios por depresión entre 1995 y 2012. Los investigadores observaron un aumento del 11 % en la incidencia de episodios depresivos tras el cambio otoñal al horario estándar, efecto que se reducía progresivamente durante unas diez semanas. Los propios autores señalaron que probablemente la explicación no estuviera únicamente en mover el reloj, sino también en la pérdida repentina de luz durante la tarde.
Sin embargo, otros trabajos no han encontrado ese mismo patrón. Un amplio estudio británico publicado posteriormente analizó cientos de miles de registros sanitarios y encontró incluso una pequeña reducción de algunos eventos relacionados con ansiedad, depresión y trastornos del sueño durante la semana posterior al cambio otoñal.
Una revisión epidemiológica reciente concluyó precisamente que no existe todavía un efecto claro y consistente de los cambios horarios sobre los problemas psiquiátricos. Por tanto, conviene diferenciar entre las alteraciones transitorias del sueño y afirmar que cambiar la hora desencadena directamente un trastorno mental.
El otoño no es lo mismo que el trastorno afectivo estacional
Sentirse algo más cansado cuando los días se acortan no equivale a sufrir depresión estacional. Muchas personas experimentan durante otoño e invierno pequeños cambios de energía, sueño o motivación que no alcanzan relevancia clínica.
El trastorno afectivo estacional es diferente. Se trata de una forma de depresión que presenta un patrón recurrente relacionado con determinadas estaciones del año. En su presentación más habitual, los episodios comienzan durante otoño o invierno y desaparecen en primavera o verano. Además de los síntomas depresivos, pueden aparecer hipersomnia, mayor apetito —especialmente por alimentos ricos en carbohidratos—, aumento de peso y tendencia al aislamiento social.
Su mecanismo todavía no está completamente explicado. La investigación apunta a alteraciones en los ritmos circadianos y en sistemas relacionados con melatonina y serotonina, pero sería excesivamente simplista afirmar que la depresión otoñal aparece porque «baja la serotonina». La menor exposición a la luz parece desempeñar un papel especialmente importante en las personas vulnerables.
Además, para hablar de un trastorno afectivo estacional debe existir un patrón clínico recurrente. Tener una semana de apatía cuando empiezan los días grises no permite establecer ese diagnóstico.
Dormir peor también puede cambiar cómo nos sentimos
Parte de lo que atribuimos al otoño puede tener una explicación más cotidiana: dormimos peor. Cambios de horario, menos exposición a luz matinal, mayor permanencia en interiores o modificación de las rutinas pueden alterar temporalmente el descanso.
Y sueño y estado emocional están estrechamente relacionados. Un gran metaanálisis publicado en Psychological Bulletin reunió más de 50 años de investigación experimental y 154 estudios. Reducir o fragmentar el sueño se relacionó con una disminución de las emociones positivas y un incremento de síntomas de ansiedad, entre otros cambios emocionales.
Esto no significa que dormir mal una noche vaya a provocar un trastorno psicológico. Sí explica por qué, después de varios días durmiendo menos o a horas irregulares, podemos sentirnos más irritables, cansados o emocionalmente vulnerables.
Por eso, cuando alguien nota un cambio coincidiendo con el otoño, puede ser útil preguntarse no solo «¿qué me pasa con esta estación?», sino también cómo están cambiando su sueño, exposición a la luz, actividad física y vida social.
Cómo adaptarnos mejor a la llegada del otoño
Una de las medidas más sencillas consiste en proteger los horarios de sueño. Mantener una hora relativamente estable para acostarnos y levantarnos facilita que el sistema circadiano se adapte. Alrededor del cambio horario también puede ser útil modificar las rutinas gradualmente durante los días anteriores en lugar de cambiar todo de golpe.
La luz natural, especialmente durante la mañana, es otra señal importante para nuestro reloj biológico. Salir al exterior, caminar o realizar alguna actividad durante las horas de luz puede ayudar a mantener una señal circadiana clara y, además, evita que la llegada del frío reduzca excesivamente nuestra actividad cotidiana.
También conviene vigilar una dinámica frecuente: llega el otoño, hacemos menos planes, salimos menos, reducimos el ejercicio y terminamos interpretando la disminución de energía únicamente como un efecto inevitable de la estación. Mantener actividades agradables, relaciones sociales y cierta regularidad puede ayudar a amortiguar esos cambios.
En personas con trastorno afectivo estacional, la fototerapia constituye uno de los tratamientos utilizados con mayor frecuencia. El NIMH describe habitualmente exposiciones matinales a cajas de luz de 10.000 lux durante unos 30-45 minutos, aunque su uso debería valorarse profesionalmente en personas con determinadas enfermedades oculares, tratamientos fotosensibilizantes u otras circunstancias médicas. También pueden emplearse psicoterapia y, cuando está indicado, tratamiento farmacológico.
No todo bajón otoñal necesita tratamiento
El cambio de hora y la llegada del otoño pueden modificar temporalmente nuestro sueño, nuestras rutinas y la cantidad de luz que recibimos. Pero las diferencias individuales son importantes. Hay personas que apenas notan el cambio y otras que necesitan varios días para adaptarse.
También conviene evitar convertir cualquier cansancio estacional en un problema clínico. Sentirse algo menos activo durante unos días puede formar parte de una adaptación normal. La señal de alarma aparece cuando los cambios de ánimo son intensos, se mantienen durante semanas, se repiten siguiendo un patrón estacional o empiezan a interferir de forma clara con el trabajo, los estudios, las relaciones o el autocuidado.
El otoño no cambia nuestra salud mental mediante un único mecanismo ni el reloj tiene el poder de provocar por sí solo una depresión. Lo que cambia es el entorno en el que nuestro organismo intenta mantenerse sincronizado: luz, sueño, horarios, actividad y hábitos cotidianos. Observar cómo respondemos a esos cambios permite distinguir una adaptación pasajera de un problema que merece atención profesional.

Tomas Santa Cecilia
Tomas Santa Cecilia
Psicologo Consultor: Master en Psicología Cognitivo Conductual










