Septiembre es un mes totalmente distinto al resto. La vuelta a la rutina es un arma de doble filo: por un lado, hay esa sensación de rechazo por volver a «lo de siempre» y, por otro, es una oportunidad para empezar de otra manera, casi de cero...
Después de meses esperando las vacaciones, muchas personas vuelven a casa a finales de agosto con una sensación desconcertante: han dormido más, han cambiado de escenario, han reducido el ritmo… y, sin embargo, siguen cansadas. A veces, incluso más que antes, por el peso mental de lo que implica la vuelta.
No siempre significa que las vacaciones hayan fallado. Puede significar algo distinto: que el cuerpo ha tenido por fin espacio para mostrar una fatiga que llevaba meses acumulándose y que pasaba desapercibida en segundo plano, tras la vorágine del día a día.
Descansar no siempre significa recuperarse
Cuando pensamos en descanso, solemos imaginar dormir, tumbarnos en la playa, viajar o alejarnos del ordenador. Pero la recuperación del estrés laboral tiene también una dimensión psicológica importante.
La investigación sobre recuperación ha identificado la desconexión psicológica como uno de los procesos fundamentales para recuperarnos de las demandas del trabajo. No basta con estar físicamente lejos de la oficina: también necesitamos dejar de pensar en ella.
Cuando seguimos repasando conversaciones, anticipando problemas, respondiendo mentalmente correos o sintiendo que deberíamos estar haciendo algo productivo, nuestro cuerpo está de vacaciones, pero, mientras tanto, nuestra mente continúa trabajando.
La baja desconexión psicológica durante el tiempo libre se ha relacionado con un mayor agotamiento emocional y una mayor necesidad de recuperación.
¿De dónde sale este agotamiento?
No se trata solamente de más horas de descanso, sino de recuperar recursos que llevamos demasiado tiempo consumiendo.
La presión constante, la hiperconectividad, la dificultad para poner límites, la necesidad de responder siempre y la sensación de no llegar a todo pueden mantener al organismo en un estado de activación prolongada. Y, cuando llega el verano y desaparecen algunas obligaciones, aparece algo que durante el resto del año quedaba oculto detrás de la rutina: «Estoy agotado».
El verano puede hacer visible lo que el trabajo cotidiano tapa
Durante el año es fácil interpretar el cansancio como algo normal: «Es que estamos en una época complicada»; «cuando termine este proyecto descansaré»; «en vacaciones aprovecharé para recuperarme».
El problema aparece cuando las vacaciones llegan y el cansancio permanece. En ese momento conviene hacerse una pregunta diferente: ¿de qué estoy cansado realmente?
Porque no todo agotamiento tiene el mismo origen. Puede existir cansancio físico por falta de sueño, sobrecarga o falta de recuperación. Pero también puede aparecer fatiga mental por mantener demasiadas decisiones abiertas, cambiar constantemente de tarea o permanecer conectado a múltiples estímulos.
Y existe, además, un agotamiento emocional que puede tener menos que ver con la cantidad de horas trabajadas y más con cómo estamos viviendo aquello que hacemos. Sentir que no tenemos margen para decidir, que debemos responder continuamente a las expectativas de otros o que nuestro trabajo se ha alejado de aquello que consideramos importante también desgasta. Y mucho.
El cansancio te está diciendo algo
Desde la perspectiva del coaching transpersonal, el cansancio puede contemplarse no solo como algo que debemos eliminar, sino también como una señal que necesita ser escuchada.
Esto no significa que toda fatiga tenga un significado oculto. Tampoco sustituye la atención médica o psicológica cuando existe un malestar persistente o intenso. Significa abrir un espacio de reflexión para preguntarnos lo más importante: ¿estoy cansado de trabajar o de cómo estoy trabajando?
La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia mucho la conversación. Quizá no necesitamos cambiar de profesión. Quizá necesitamos cambiar la manera de relacionarnos con ella.
Poner el foco en cómo hacemos lo que hacemos puede arrojar mucha luz con preguntas sencillas: ¿estoy intentando demostrar constantemente mi valor? ¿Me cuesta decir que no? ¿Siento que tengo que estar disponible todo el tiempo? ¿Hace cuánto que no hago algo simplemente porque quiero hacerlo? ¿De quién son las prioridades que refleja mi agenda?
Estas simples preguntas pueden revelar algo que el ritmo cotidiano suele ocultar: la distancia entre la vida que estamos viviendo y la vida que queremos vivir.
El verdadero descanso también implica volver a uno mismo
Las vacaciones pueden ayudarnos a descansar del trabajo. Pero quizá su mayor valor aparezca cuando nos permiten tomar distancia suficiente para observar nuestra vida con otra perspectiva.
No se trata de regresar en septiembre con una lista interminable de propósitos. Muy al contrario, se trata más bien de elegir los verdaderamente importantes. Simplemente hay que prestar atención a lo que hemos descubierto cuando, por unos días, hemos dejado de correr.
Si durante las vacaciones has sentido una enorme necesidad de no hacer nada, quizá no necesites exigirte más productividad al volver. Si has comprobado que disfrutas especialmente cuando no tienes la agenda llena, quizá sea una señal para revisar tus límites.
Si has recuperado energía haciendo cosas que no tienen ninguna utilidad profesional, quizá convenga recordar que una vida saludable no puede medirse únicamente por aquello que produce. Y, si al volver la sensación de agotamiento es exactamente la misma que antes de marcharte, quizá merezca la pena mirar un poco más allá del descanso.
Septiembre como punto de partida para el cambio, no como vuelta a lo de siempre
La vuelta a la rutina suele plantearse como un problema de adaptación: volver a los horarios, recuperar hábitos y ponerse al día.
Pero también puede convertirse en una oportunidad de consciencia. No para transformar toda nuestra vida en septiembre, sino para preguntarnos qué queremos conservar de ese ritmo más lento y qué no queremos volver a normalizar. Parar, mirar y escoger.
Descansar, a veces, consiste en dejar de alejarnos de nosotros mismos mientras seguimos funcionando.
Y quizá esta sea una de las preguntas más interesantes que nos deja el verano: no solo «¿he descansado?», sino «¿qué me ha mostrado mi cansancio?».
Porque el verdadero descanso no empieza cuando dejamos de hacer, sino cuando empezamos a escucharnos.
Innerkey, Escuela de Coaching Profesional Transpersonal y de Empresas




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