Hay preguntas que nos hacen sentir bien y otras que nos obligan a detenernos. Esta pertenece a la segunda categoría:
¿Qué estás haciendo para obtener lo que tienes?
La pregunta puede resultar incómoda porque normalmente estamos acostumbrados a preguntarnos por qué nos sucede algo, quién tuvo la culpa o qué circunstancias nos llevaron hasta ahí. Pero pocas veces nos detenemos a observar nuestra propia conducta.
Si no tienes dinero, ¿qué decisiones estás tomando respecto al dinero? Si tu relación de pareja está deteriorada, ¿cómo estás participando en esa relación? Si quieres bajar de peso, ¿qué estás haciendo diariamente para conseguirlo? Si deseas sentirte tranquilo, ¿qué haces cuando aparece la ansiedad?
Si quieres mejorar tu vida, pero continúas repitiendo las mismas conductas, quizá sea momento de hacer una pausa y observar. Tus resultados no siempre son casualidad.
La vida está llena de circunstancias que no podemos controlar. Existen pérdidas, enfermedades, accidentes, decisiones de otras personas y situaciones inesperadas. Pero también existe una parte que sí podemos revisar: lo que hacemos y lo que dejamos de hacer frente a lo que nos sucede.
Y ahí comienza una pregunta todavía más importante:
¿Mis conductas actuales me están acercando o alejando de los resultados que deseo?

Dr. Pablo Bugeda Magaña
Dr. Pablo Bugeda Magaña
Psicólogo Dr en Hipnosis Clínica
No siempre actuamos desde la conciencia
Muchas de nuestras conductas no son decisiones que analizamos cuidadosamente cada vez que las realizamos. Aprendimos a responder de determinadas maneras.
Desde pequeños recibimos palabras, experiencias, modelos de conducta, creencias, reglas familiares y mensajes sobre lo que significa ser bueno, malo, exitoso, débil, fuerte, seguro o peligroso. Una persona puede crecer escuchando constantemente que debe tener cuidado, que no puede, que no es buena para determinada actividad, que no debe confiar en nadie, que tiene que ser perfecta o que es mejor no arriesgarse.
Aunque muchas de esas frases se olviden con el paso de los años, las experiencias asociadas pueden permanecer e influir en nuestra manera de interpretar y responder. Es como si nuestra mente hubiera ido configurando determinadas rutas. Por eso, muchas veces reaccionamos antes de preguntarnos si realmente queremos hacerlo.
¿Cuándo aprendiste que eso era un insulto?
Imagina a un niño que escucha por primera vez una expresión ofensiva. Por ejemplo: «Vas y ch...». ¿Cuándo entendiste que esto era un insulto? Cuando eras pequeño, lo escuchaste de alguien, viste su reacción y se grabó en tu inconsciente. Tú aprendiste que esto es un insulto; tú no estás accionando, estás reaccionando con respuestas emocionales.
Poco a poco, aprende que esa expresión significa agresión, desprecio o ataque. Años después, alguien utiliza una expresión similar delante de él y puede aparecer inmediatamente una reacción de enojo.
La persona puede pensar que simplemente está respondiendo a una falta de respeto. Sin embargo, también puede estar reaccionando al significado que aprendió a asociar con esas palabras.
Esto sucede constantemente. Una situación ocurre. La interpretamos. Esa interpretación genera una emoción. La emoción influye en nuestra conducta y nuestra conducta genera una consecuencia.
Podemos resumirlo de una manera sencilla:
Situación → interpretación → emoción → conducta → resultado.
Comprender esta secuencia es importante porque muchas veces queremos cambiar el resultado sin revisar lo que hacemos en medio del proceso.
Una experiencia puede seguir influyendo años después
Todos vivimos experiencias. Algunas son agradables y otras dolorosas. Algunas las comprendemos, las procesamos y seguimos adelante. Otras permanecen asociadas a emociones que pueden volver a aparecer cuando vivimos situaciones parecidas.
Por ejemplo, una persona pudo haber sido constantemente criticada durante su infancia. Años después, su jefe le señala un error en el trabajo. El comentario puede ser completamente normal, pero la persona puede interpretarlo como una humillación. Puede sentir vergüenza, inseguridad o enojo y responder de manera defensiva.
El jefe hizo un comentario sobre su trabajo, pero la reacción emocional puede estar relacionada con una historia mucho más larga. Por eso, algunas veces nuestra reacción parece demasiado grande para lo que acaba de suceder.
No siempre estamos reaccionando únicamente al presente. También podemos estar reaccionando al significado que hemos construido a partir de experiencias anteriores.
La mente aprende lo que repites
Imagina que tu mente es como un horno. El horno no decide qué quieres preparar. Tú introduces los ingredientes. Si introduces determinados ingredientes, obtendrás determinado resultado.
Con nuestra mente ocurre algo parecido. Si constantemente introduces pensamientos como «no puedo», «soy malo para esto», «siempre me pasa lo mismo», «no tengo suerte», «todos me rechazan», «yo soy así» o «jamás voy a cambiar», esas ideas pueden convertirse en filtros desde los cuales interpretas tu realidad.
Esto no significa que pensar algo haga que mágicamente suceda. Significa que aquello que repetimos puede influir en lo que esperamos, en aquello a lo que prestamos atención y en la manera en que actuamos. Por eso, conviene cuidar la conversación que mantenemos con nosotros mismos.
Lo que colocas repetidamente en tu mente puede terminar influyendo en lo que haces.
«Soy malo para las matemáticas»
Pensemos en un niño al que durante años le dicen que es malo para las matemáticas. Con el tiempo, puede comenzar a creerlo.
Llega un examen y, antes de comenzar, ya piensa que no va a poder. Se pone nervioso, lee un problema y se bloquea. Comete errores, obtiene una mala calificación y después utiliza ese resultado como evidencia para confirmar su creencia.
Pero existe otra posibilidad.
La creencia influyó en sus expectativas. Las expectativas influyeron en su estado emocional. El estado emocional influyó en su conducta y la conducta influyó en el resultado.
Puede formarse así un círculo:
Creencia → expectativa → conducta → resultado → confirmación de la creencia.
Por eso es tan importante observar las frases que repetimos sobre nosotros mismos.
Algo parecido puede ocurrir con el baile. Una persona piensa que no sabe bailar. Va a una fiesta, comienza a bailar y piensa que todos la están observando. Se siente incómoda, se tensa, pierde espontaneidad y deja de disfrutar. Después confirma su idea inicial.
Quizá el problema no era únicamente su capacidad para bailar. También estaba presente la expectativa de hacerlo mal. Lo que creemos sobre nosotros mismos puede modificar la manera en que vivimos una experiencia.
Tu mente es como un GPS
Hay otra metáfora que puede ayudarnos a comprenderlo. Imagina que tu mente es como un GPS. Le dices dónde estás y hacia dónde quieres llegar. A partir de esa información comienza a buscar rutas.
Si introduces una dirección equivocada, puede llevarte perfectamente hacia el lugar equivocado. Con nuestra atención sucede algo parecido.
Si constantemente piensas que no puedes, puedes comenzar a prestar mayor atención a los obstáculos. Si piensas que tienes que aprender, puedes comenzar a buscar recursos. Si piensas que todos están contra ti, puedes prestar mayor atención a las señales que parecen confirmar esa idea. Si piensas que puedes aprender a manejar una situación, es más probable que busques alternativas.
Por eso debemos ser cuidadosos con la información que repetimos. Donde ponemos nuestra intención, ponemos nuestra atención. Y aquello a lo que prestamos atención puede comenzar a ocupar cada vez más espacio en nuestra experiencia.
Los hábitos son conductas que repetimos
Una conducta repetida muchas veces puede convertirse en un hábito.
Tu mente te va a pedir más de lo que le des: si le das ejercicio, va a querer más ejercicio; si le das comida, va a querer más comida; sueño, más sueño.
Las conductas que repites constantemente se convierten en hábitos. Las conductas que repites frecuentemente y que generan una reacción química pueden convertirse en vicios. Piensa en algo tan sencillo como utilizar el teléfono.
Muchas veces no decides conscientemente que vas a desbloquearlo, abrir una aplicación y permanecer varios minutos revisándola. Simplemente lo haces. Lo mismo puede suceder con la comida, el ejercicio, el sueño, las compras, las redes sociales, la manera de discutir o la forma de enfrentar los problemas.
La repetición convierte algunas conductas en respuestas cada vez más automáticas.
Y aquí aparece una pregunta importante:
¿Qué conductas estás repitiendo tanto que ya ni siquiera te das cuenta de que las haces?
El ejemplo de las palomitas
Pensemos en una persona que durante años ha asociado ir al cine con comer palomitas. Llega al cine, compra el boleto, entra, compra las palomitas, se sienta, comienza la película, come y disfruta.
Con el tiempo, todos esos elementos quedan asociados. Después decide hacer dieta. Va al cine, pero esta vez decide no comprar palomitas. La película comienza y aparece una sensación extraña. Parece que falta algo.
No necesariamente tiene hambre. Su cerebro ha aprendido a asociar esa situación con una determinada experiencia. La persona intenta resistir. Una vez. Dos veces. Tres veces. Hasta que finalmente puede terminar comprando las palomitas.
Esto nos muestra algo importante: cambiar un hábito no siempre consiste simplemente en prohibir una conducta.
También necesitamos comprender qué función cumple esa conducta. ¿Qué sensación produce? ¿Qué necesidad satisface? ¿Qué emoción regula? ¿Qué experiencia está asociada?
¿Por qué volvemos a hacer lo que queremos dejar?
Porque algunas conductas producen consecuencias inmediatas que resultan agradables o proporcionan alivio.
Comer puede producir placer. Evitar una situación puede producir alivio. Revisar el teléfono puede producir entretenimiento. Comprar puede producir satisfacción momentánea. Explotar en una discusión puede producir una sensación inmediata de descarga.
El problema es que el beneficio inmediato puede tener un costo posterior. Sentirse mejor ahora no siempre significa que algo nos esté haciendo bien.
Por eso, cuando quieras cambiar un hábito, pregúntate:
¿Qué obtengo inmediatamente con esta conducta?
Y después:
¿Qué precio pago más adelante?
Cambiar no significa luchar contra ti mismo
Si has repetido una conducta durante años, no es razonable esperar que desaparezca simplemente porque hoy decidiste cambiar. Necesitas practicar una respuesta diferente.
Si antes respondías gritando, aprender a hacer una pausa. Si antes evitabas, comenzar con una aproximación gradual. Si antes comías para manejar emociones, aprender otras formas de regularlas. Si antes postergabas, comenzar con acciones pequeñas. Si antes buscabas aprobación, practicar decisiones basadas también en tus propios valores.
El objetivo no es solamente eliminar una conducta. Es construir una alternativa.
Transformarse no significa dejar de ser quien eres; significa modificar tu forma de responder. Transformarse es modificar tu forma de pensar, de interpretar, de reaccionar, de relacionarte y de actuar.
Cuando modificas repetidamente tu manera de responder, puedes comenzar a obtener resultados diferentes. No sucede por magia. Sucede mediante aprendizaje, práctica y repetición.
Transformarse es trans-formarse: modificar tu forma.
Regresar al origen
Cuando quieras comprender una conducta que no te gusta, quizá sea útil preguntarte:
¿Cuándo aprendí a reaccionar así?
¿Qué estaba ocurriendo en mi vida cuando comencé a hacerlo?
¿Qué significado aprendí a darle a esa situación?
¿Qué obtengo actualmente cuando reacciono de esta manera?
¿Esta conducta todavía me protege o actualmente me está limitando?
Estas preguntas no buscan encontrar culpables. Buscan encontrar comprensión. Porque entender de dónde viene una conducta puede ayudarte a dejar de ejecutarla automáticamente.
Ahora observa tu propia vida
Piensa en un resultado de tu vida que actualmente no te gusta. Puede ser tu relación de pareja, tu economía, tu peso, tu trabajo, tu ansiedad, tu manera de reaccionar, tu autoestima o cualquier otra área.
Ahora escribe:
El resultado que quiero cambiar es: __________.
Las conductas que podrían estar contribuyendo a mantenerlo son: __________.
Cuando realizo esas conductas, inmediatamente obtengo: __________.
A largo plazo, esas conductas me cuestan: __________.
Y, finalmente:
Una conducta diferente que puedo comenzar a practicar es: __________.
No intentes cambiar diez cosas al mismo tiempo. Empieza con una.
La pregunta incómoda
Ahora imagina que durante los próximos cinco años continúas actuando exactamente como lo haces hoy.
Mismos hábitos. Mismas respuestas. Mismas decisiones. Mismos pensamientos. Mismas formas de relacionarte. Mismas maneras de enfrentar los problemas.
Y pregúntate:
¿Me gustaría vivir dentro de cinco años con los resultados que probablemente producirán mis conductas actuales?
Si la respuesta es sí, continúa. Pero si la respuesta es no, hay algo que necesitas modificar.
No necesariamente toda tu vida.
Una conducta.
Tu pasado explica, pero no tiene que decidir
Podrías leer mi artículo anterior: «Tu peor enemigo no es tu pasado: es el significado que tu cerebro sigue dándole».
Quizá muchas de tus respuestas actuales tienen relación con experiencias anteriores. Eso merece comprensión. Pero comprender tu historia no significa quedar atrapado en ella.
Tu pasado puede explicar por qué aprendiste determinada respuesta, pero el presente te ofrece la posibilidad de aprender algo diferente.
Puedes detenerte antes de reaccionar. Puedes cuestionar una creencia. Puedes cambiar un hábito. Puedes aprender una nueva manera de relacionarte. Puedes comenzar nuevamente.
No eres solamente lo que te pasó. También eres lo que haces con lo que te pasó.
Para llevarte hoy
La próxima vez que te encuentres pensando que no sabes por qué te pasa algo, detente.
Pregúntate:
¿Qué estoy haciendo?
¿Qué estoy repitiendo?
¿Qué estoy evitando?
¿Qué estoy alimentando?
¿Qué resultado está produciendo?
Y después:
¿Qué puedo hacer diferente?
Porque tus conductas no son detalles pequeños. Son las acciones mediante las cuales construyes tus experiencias. Y, aunque no puedas controlar todo lo que ocurre en tu vida, sí puedes comenzar a observar cómo respondes.
Tus posturas mentales influyen en tus conductas. Tus conductas producen consecuencias. Tus conductas repetidas pueden convertirse en hábitos. Y tus hábitos terminan influyendo en la vida que construyes.
Por eso, si quieres transformar tus resultados, no empieces solamente preguntándote qué quieres. Pregúntate:
¿Qué necesito empezar a hacer diferente para obtener resultados diferentes?
Porque transformarte no significa convertirte en otra persona. Significa modificar tu forma.
Trans-formarte.
Y quizá ese proceso comience exactamente ahí: regresando al origen, comprendiendo tu manera de actuar y eligiendo conscientemente una nueva forma de responder.

Dr. Pablo Bugeda Magaña
Dr. Pablo Bugeda Magaña
Psicólogo Dr en Hipnosis Clínica

















