Si bien los años naturales empiezan el 1 de Enero, para muchos de nosotros el año empieza realmente con la vuelta al cole, en estas primeras semanas de septiembre en que se regresa de vacaciones y es momento de volver a la rutina para encarar un nuevo curso. 

Para los adultos ya puede resultar complicado el cómo gestionarlo (en la etapa pre-crisis se hablaba incluso de un nuevo diagnóstico llamado “depresión postvacacional”) y en la infancia o adolescencia no iba a ser menos.

El fin del verano y la vuelta a la rutina

Recuerdo de niño los días previos a la vuelta al cole, la mezcla de sensaciones entre la pena de poner fin al verano, la ilusión de ver a los amigos, cierto nerviosismo ante la incertidumbre de cómo serían las nuevas asignaturas, nuevos compañeros y profesores, etcétera. 

Durante estas fechas es normal que nuestros niños y niñas experimenten una amplia amalgama de pensamientos y emociones. Igual que se prepara el nuevo curso con nuevo material escolar, nuevos horarios y actividades extra-escolares, puede ser muy positivo dedicar unas horas también a ayudar a los hijos a ver de qué manera se va a encarar esta nueva temporada.

Trabajar en identificar qué es importante para ellos, qué actitud quieren asumir durante este próximo curso, qué tipo de compañero, de alumno, de amigo, quieren ser, y cómo les gustaría verse actuando en diferentes situaciones, de un modo que les hiciera sentirse orgullosos al final del día, o sentirse satisfechos al mirar hacia las próximas vacaciones, puede ser una vivencia de gran ayuda para los pequeños, y al mismo tiempo una experiencia rica para conocerse mejor a uno mismo, al otro, y de fortalecer la confianza en las relaciones padres-hijos.

La vuelta al cole: afrontar nuevos rumbos y oportunidades

“Si no sabes dónde vas, puedes terminar en cualquier otra parte” solía decir Yogi Berra, y es algo sobre lo que las nuevas corrientes de psicoterapia y coaching profundizan y ponen cada vez más énfasis. Sin rumbo, uno va a la deriva. Si uno no tiene claro, desde su ser, su esencia, qué es lo que quiere, cómo quiere ser, hacia dónde se dirige… Lo fácil es que los acontecimientos del día a día confundan sus pasos, avanzando a salto de mata en distintas direcciones y dificultando llegar a puerto, y especialmente, al puerto que le interesa.

En el plano psicológico, desde la Terapia de Aceptación y Compromiso hablamos de valores; qué es importante para ti en la relación de amistad, como alumno, en tu rol de aprender, como hijo… ¿Cómo quieres ser? Se obtiene así una dirección, un horizonte estable hacia el que avanzar. Tener esto claro nos permitirá ser capaces de seguir en la ruta deseada cuando aparezcan emociones, pensamientos y dudas pasajeras que puedan pretender coger las riendas de nuestras acciones y hacernos ir a la deriva o alejarnos de nuestro rumbo.

Empezar un nuevo curso puede ser por lo tanto una gran oportunidad para dedicar un tiempo a ver cuál será este rumbo, qué cosas se quieren hacer y de qué manera se quiere ser durante esta próxima temporada. Para hablar sobre los objetivos y expectativas de los hijos para el próximo curso, y cómo abordarlas. Algunas observaciones, o preguntas guía que pueden ser útiles serían:

  1. Qué está sucediendo, qué cosas hay a día de hoy, en tu vida, que están funcionando bien, que estás contento o contenta con ello?
  2. ¿En qué aspectos te gustaría que este año escolar fuera distinto del anterior?
  3. Durante las semanas escolares, ¿cómo quieres invertir tu tiempo y energía durante la escuela, en el patio, al salir del colegio, actividades extra-escolares, deberes…?

Estas o cuestiones similares pueden servir para fijar en qué dedicar el tiempo y a qué prestar atención durante el próximo curso. El hecho de atender a esta declaración de intenciones permite a las personas actuar con significado, siendo conscientes de que lo que se hace es por algo, con un sentido, evitando así actuar con el piloto automático. Al mismo tiempo, permitirá actuar de manera consciente, en vez de reaccionar de forma automática a pensamientos, emociones… que puedan aparecer.

Pongamos un ejemplo… Valores y barreras en la infancia

Si para un niño es importante en su rol de estudiante, la implicación, curiosidad al aprender y entender lo que se explica, la constancia como hábito para mejorar y crecer, por ejemplo. 

Ante el anuncio de un profesor de un próximo trabajo o exposición, puede aparecer la inseguridad de hablar en público, de no saberse bien el temario y quedar en evidencia, de no hacerlo bien y sacar una mala nota.

Es posible que las semanas siguientes, al plantearse empezar a preparar ese trabajo, le vengan barreras, pensamientos relativos a esas preocupaciones, de modo que prefiera postergar esa responsabilidad para no atenderla y dejar de sentir ese malestar, lo cual cada vez por la falta de tiempo complica progresivamente la situación.

Tener presentes los valores que ha establecido, el cómo quiere afrontar situaciones, incluso conviviendo con la preocupación de que pueda salir mal, y comprometerse con esa dirección, con ese “cómo quiero ser”, es algo que dotará de significado a lo que hace, le hará sentirse orgulloso de sí mismo, y muy probablemente mejorará su rendimiento en los distintos ámbitos de su vida.

Sin saberlo, estará habituándose además a actuar con flexibilidad psicológica, aprendiendo a avanzar hacia lo importante para él, tomando el rumbo que él o ella quiere aun cuando el oleaje sea movido, con pensamientos, preocupaciones o emociones difíciles, lo cual es importante pues la flexibilidad psicológica es un eje central para el bienestar personal tanto en la infancia como posteriormente de adultos.

Valorar procesos vs valorar resultados

Puede ser recomendable, dado que el curso está establecido en trimestres, plantear estos temas a nivel trimestral y renovar esos compromisos cada 3 meses modificando lo que sea oportuno. En esta línea, conviene destacar también la diferencia entre valorar los procesos o los resultados. 

Un examen puede ir mal por muchos motivos, llevando a que se obtenga un mal resultado aún cuando el alumno/a ha trabajado bien durante el curso y ha aprendido el temario. Por lo contrario, alguien puede tener suerte y obtener un buen resultado de forma fortuita. 

Centrarse en los procesos significa centrarse en la calidad de lo que se hace, en cultivar una manera de funcionar óptima, sobre la que confiar, lo cual genera estabilidad y seguridad a medio y largo plazo. Basarse únicamente en resultados es cortoplacista y puede resultar peligroso pues puede parecer que algo está funcionando bien cuando realmente no lo está, y puede llevar a cambios drásticos o volátiles.

El centrarse en el proceso, revisándolo cuando es preciso pero seguir un plan cuando se ha acordado que era el mejor plan a seguir, permite centrarse en lo importante del aquí y ahora, qué hay que hacer ahora, en lugar de preocuparse de qué resultados se obtendrán, reduciendo así también los niveles de estrés y preocupación que pueden generar el dar vueltas a las cosas, preocuparse y rumiar. 

Por obvio que parezca, es fácil olvidar que la mejor manera de obtener un buen resultado aquí y ahora es invertir energía en lo que toca hacer aquí y ahora (estudiar, por ejemplo), no pasar el tiempo destinado a estudiar en dar vueltas a los posibles resultados a anticipar consecuencias futuras.

Preparar la vuelta a la escuela a nivel psicológico

Si bien el formato de ello es totalmente libre, un ejemplo de cómo realizar y desgranar lo planteado hasta ahora puede ser el siguiente:

Para cada uno de los principales roles que ejerce el niño o niña en cuestión se puede utilizar la diana, en la que se incluyen algunos valores, el cómo quiere ser, dentro de ese rol. La idea es que hay diferentes formas de actuar a lo largo del día o la semana, y algunas pueden suponer “hacer diana” mientras otras “errar el tiro”, en relación a ese valor. Se puede realizar con el de yo – amigo/a, yo-estudiante, yo-hijo/a, yo-como miembro de un equipo deportivo…

Teniendo establecidos los valores para distintas áreas de la vida, el paso siguiente es concretar qué se hace cuando se está dando en el blanco, cómo se comporta ahí, y qué maneras de actuar son errar el tiro.

Otra alternativa puede ser preparar una planificación de objetivos en dirección hacia un valor, por ejemplo: ante el valor de, como hijo, ser más “mayor” o “responsable”, puede haber una serie de objetivos o tareas que vayan hacia ello: encargarme de recoger la mesa, limpiarme los zapatos, comprar el desayuno los sábados, hacerme la cama, ir solo a coger el autobús, poder ir al cine con amigos, salir hasta las X h. los fines de semana… Según cada caso y momento vital.

Teniendo ya qué es hacer diana, qué es errar el tiro, conviene ver qué cosas pueden hacer que se falle el tiro, qué cosas aparecen y hacen a uno mover el timón y perder el rumbo. 

Por lo general, puede haber internas (pensamientos, emociones, etc.) y externas (restricciones de tiempo, económicas, distancia física…). Es positivo y conveniente tomar consciencia de ellas, saber que están ahí y ganar habilidad en identificarlas, de modo que cuando aparezca el miedo a suspender y pensamientos relacionados con ello, la persona pueda decidir libremente, si obedece a ese miedo o actúa en base a sus valores.

En conclusión

Qué será dar en el blanco cuando se presenta una dificultad, y aprender a mantener el rumbo aun cuando el oleaje sugiere esconderse en la bodega, son grandes lecciones para el hoy y el mañana de nuestros niños y niñas, y ejercicios como el propuesto pueden ser igualmente interesantes para cualquier otra franja de edad.

Y tú, ¿cómo quieres afrontar este nuevo curso?