¿Te ha pasado que abres Instagram o TikTok para “ver algo rápido” y, cuando reaccionas, ya pasaron treinta minutos? No sabes si entraste por costumbre, por curiosidad o para escapar un poco, pero ahí estás, deslizando sin pensar, leyendo cosas que no buscaste y comparando tu día con el de otros.
Entre risas, noticias y filtros, algo cambia en la forma en que miras lo que te rodea. Las redes ya no son solo entretenimiento, son parte del día, y justo por eso vale preguntarse qué tanto están moldeando nuestra percepción sin que lo notemos.
Cómo las redes sociales han cambiado nuestro día a día
La relación con las redes dejó de ser ocasional. Antes entrábamos a Facebook o Instagram como quien visita un lugar, sin urgencia. Hoy lo hacemos de forma automática, mientras comemos, antes de dormir, durante el trabajo o incluso mientras conversamos con alguien frente a frente.
Muchas veces ni siquiera sabemos qué buscamos. Solo deslizamos. Lo interesante es que ese gesto repetido quedó tan instalado en el cuerpo que ya no requiere decisión consciente. Pulgar hacia arriba, pulgar hacia abajo. Mente en modo piloto automático.
Este uso se sostiene en un mecanismo sencillo, pero muy poderoso. Cuando recibimos un me gusta, un comentario o una notificación, el cerebro libera dopamina. Esa sensación agradable nos impulsa a querer más.
No tiene que ser algo grande. Solo un pequeño estímulo basta para activar el circuito de recompensa. Por eso volvemos una y otra vez. La experiencia se vuelve parte natural de la rutina, casi como respirar.
Aquí entra un estudio de Scott W. Campbell e Ian Hawkins publicado este año en el Journal of Computer Mediated Communication. Allí se analizó cómo el uso habitual de redes fomenta la creencia llamada “la noticia me encuentra”. Es la sensación de estar informados porque las noticias llegan solas al feed, sin buscarlas.
Según sus resultados, esta percepción aumenta cuando usamos las plataformas de manera automática. El hábito reduce el pensamiento crítico y abre espacio a que la información se consuma sin filtro.
Los autores también observaron que quienes creen estar informados solo por lo que ven en redes tienden a tener menor conocimiento político y cívico. Esta idea se respalda en estudios previos, que relacionan este fenómeno con mayor probabilidad de compartir noticias falsas. No por mala intención, sino porque el contenido aparece rápido, emociona y se comparte sin revisar demasiado.
Con el tiempo, la pantalla se transforma en ventana principal hacia la realidad. Y, si la ventana está curada por algoritmos que priorizan lo más intenso o atractivo, entonces también cambia lo que consideramos importante.
¿De qué manera las redes sociales modifican nuestra percepción del mundo?
Las redes afectan directamente la manera en que interpretamos lo que sucede a nuestro alrededor porque moldean qué vemos, cómo lo vemos y con qué frecuencia lo vemos. No observamos la realidad completa.
Observamos fragmentos que fueron filtrados por algoritmos, intereses y tendencias. Lo que se viraliza no siempre es lo más relevante, sino lo que genera más emoción. Y, como la emoción capta atención, la atención decide qué creemos necesario.
Además, la rapidez del contenido modifica el estilo de pensamiento. Videos cortos, textos breves, titulares llamativos. El cerebro se acostumbra a reaccionar más que a reflexionar.
Entonces, cuando algo requiere concentración sostenida, cuesta un poco más. El hipocampo, que participa en el almacenamiento de recuerdos, recibe estímulos acelerados y se entrena para la inmediatez.
La comparación social también juega un papel fuerte. Psicólogos como Ali Jazayeri han advertido sobre el impacto de ver vidas editadas. Imágenes de personas felices, exitosas o perfectas pueden influir en nuestra autoestima. No porque esas personas no vivan cosas difíciles, sino porque esas partes no aparecen en pantalla. Entonces creemos que lo normal es la alegría constante. Y eso genera presión interna.
El escenario emocional se intensifica. Publicaciones polémicas, noticias alarmantes o debates caldeados aumentan la actividad de la amígdala, que regula las respuestas emocionales. Cuando estamos expuestos constantemente a contenido que dispara enojo o miedo, nuestra percepción del mundo se llena de tensión. Parece que todo arde, aunque afuera haya calma.
También pasa algo interesante con el sentido de identidad. Autores como Kenneth Gergen y Sherry Turkle han hablado de cómo creamos un yo ideal para mostrar en redes. Una versión editada, iluminada, con filtros y selecciones cuidadosas.
Esta distancia entre la identidad real y la digital puede generar conflicto interno. Si buscamos validación externa para sentir valor, cualquier silencio en la pantalla pesa más de lo que debería.
Al final, las redes no solo muestran información. Modelan la forma en que pensamos. Cambian prioridades, aceleran ritmos, influyen en la autoestima, moldean opiniones y relaciones. La experiencia social se vuelve instantánea y fragmentada, y eso transforma la forma en que miramos el mundo. Entonces, resumiendo, las principales transformaciones que generan son estas:
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Modifican la forma en que consumimos noticias porque dejan la sensación de que estamos informados sin buscar información.
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Aumentan la impulsividad emocional y reducen la capacidad de análisis cuando el contenido es rápido e intenso.
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Fomentan la comparación social y pueden influir en la autoestima.
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Entrenan la mente para la recompensa inmediata.
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Afectan la calidad de la atención y la memoria.
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Moldean opiniones más desde la emoción que desde la reflexión.
Pequeños cambios para un uso digital más consciente
El punto no es demonizar la tecnología, porque las redes también acercan, conectan, permiten aprender cosas nuevas y expresarse. Lo importante es usarlas con conciencia. Que nosotros decidamos cuándo entrar, cuánto tiempo quedarnos y con qué intención. A continuación, te mostramos algunos caminos prácticos para lograr un uso más equilibrado:
1. Establecer horarios de uso
Crear momentos específicos del día para revisar redes evita el scroll automático. Por ejemplo, después de desayunar o al terminar alguna actividad importante. Funciona como una señal mental de inicio y cierre.
2. Limitar el tiempo diario
Organizaciones como la Asociación Americana de Psicología y Unicef sugieren mantener el uso por debajo de dos horas para favorecer el bienestar digital. No es una restricción rígida, más bien una guía amable para proteger la mente.
3. Seleccionar lo que consumes
Si una cuenta genera malestar, comparación o tensión, hacer una pausa puede ser saludable. Silenciar o dejar de seguir libera espacio mental y mejora la experiencia.
4. Buscar información activamente
Cuando un tema interesa, conviene investigar por fuentes confiables. Esto fortalece pensamiento crítico y reduce la dependencia del feed para “estar informado”.
5. Alternar pantallas con presencia real
Compartir momentos con amistades, convivir presencialmente, conversar sin mirar el teléfono devuelve calidez al vínculo. Las redes conectan, sí, pero no sustituyen la experiencia presencial.
6. Evitar pantallas antes de dormir
El descanso mejora cuando las redes no son lo último del día. El cerebro se relaja mejor sin estímulos constantes. Dejar el smartphone fuera de la cama es un hábito simple que cambia mucho.
7. Hacer pausas conscientes
Detenerse después de usar redes y preguntarse cómo te sientes ayuda a notar patrones. Si quedas tenso o agotado, ajustar el uso puede ser buena idea.
En fin, cuando elegimos cómo usar las redes en vez de dejarnos llevar por el hábito, recuperamos la capacidad de observar la vida con ojos propios, en vez de filtrarla solamente a través del feed.


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