Si Aladino apareciera frente a vos y te concediera un único deseo, sin condiciones, sin límites y sin consecuencias, ¿qué pedirías? Parece fácil. Hasta que tenemos que responder.
No vale decir «salud para los míos», «que sean felices quienes quiero» o cualquier otro deseo que podamos esconder detrás de alguien más. Esta vez la pregunta es solamente para nosotros. Un deseo. Uno solo. Y, de pronto, ocurre algo extraño: podemos tener una lista interminable de cosas que nos gustaría cambiar, mejorar o conseguir, pero, cuando imaginamos que alguien nos ofrece la posibilidad de obtener exactamente aquello que queremos, no siempre sabemos qué pedir.

Silvana Weckesser
Silvana Weckesser
Magister En Psicología. Especialista en Clínica.Docente Universitaria.Escritora
¿Qué queremos cuando nada nos lo impide?
Tal vez porque nunca nos detuvimos a preguntarnos qué queremos cuando no hay nada que nos lo impida. O porque hemos aprendido a confundir nuestros deseos con aquello que los demás esperan de nosotros. Quizás queremos éxito porque aprendimos que tener éxito es importante. Queremos dinero porque asociamos el dinero con libertad. Queremos una pareja porque estar solos parece una señal de fracaso. Queremos ser más jóvenes porque nos enseñaron que envejecer significa perder. Queremos reconocimiento porque alguna vez confundimos ser admirados con sentirnos valiosos.
Pero ¿cuántos de esos deseos son realmente nuestros?
La lámpara de Aladino tiene algo que la vida cotidiana rara vez nos ofrece: elimina las excusas. No hay falta de dinero. No hay falta de tiempo. No hay una persona que se oponga. No hay una edad demasiado avanzada. No hay un «ahora no». No hay un «algún día».
Aladino simplemente espera. Y nosotros tenemos que pedir.
Cuando el obstáculo también nos protege
Quizás sea entonces cuando descubrimos algo incómodo: a veces es más fácil luchar contra lo imposible que enfrentarnos a la posibilidad de conseguir aquello que creemos desear. Porque mientras algo es imposible podemos seguir imaginándolo. Podemos decir que queremos cambiar de vida, pero siempre habrá una razón para no hacerlo. Podemos decir que queremos irnos, pero también podemos enumerar todo aquello que nos obliga a quedarnos. Podemos decir que queremos empezar de nuevo, pero encontraremos suficientes argumentos para esperar un poco más.
El obstáculo, entonces, cumple una función inesperada: nos permite seguir deseando sin tener que elegir, pero, sobre todo, sin animarnos a la posibilidad de perder. Y mientras no elegimos, tampoco podemos equivocarnos. Quizás por eso algunas personas construyen, sin darse cuenta, los mismos obstáculos que después utilizan para explicar por qué no pueden avanzar.
A veces, elegir esa supuesta comodidad, aquello que no nos perturba, es también una forma de quedarnos donde sabemos que algo nos perjudica. Y puede ser mucho más silencioso. Encontrar una nueva razón para que aquello que queremos siga estando un poco más lejos.
Así, sin proponérnoslo, podemos convertir el «no puedo» en una especie de refugio. Porque mientras no podamos, no tenemos que averiguar qué sucedería si finalmente pudiéramos.
¿Qué pediríamos si nadie pudiera saberlo?
Y hay otra pregunta todavía más incómoda. ¿Qué pediríamos si nadie pudiera enterarse de nuestro deseo?
Nadie podría admirarnos por conseguirlo. Nadie podría envidiarnos. Nadie podría felicitarnos. Nadie podría pensar que tuvimos éxito. Nadie podría decepcionarse si elegimos algo distinto de lo que esperaba de nosotros. Solo quedaría el deseo. El nuestro.
Quizás ahí empezaríamos a descubrir cuánto de aquello que llamamos deseo necesita de la mirada de los demás para existir. Porque hay deseos que parecen propios hasta que desaparecen los espectadores. Y hay otros que sobreviven, aunque nadie pueda verlos. Tal vez esos sean los que más se parecen a nosotros.
Aprender a reconocer nuestra propia voz
La pregunta de Aladino, entonces, deja de ser una fantasía. Se convierte en una pregunta psicológica. ¿Qué queremos cuando nadie nos dice qué deberíamos querer?
Y quizá la respuesta no sea inmediata. Tal vez tengamos que aprender a tolerar ese silencio. Porque durante buena parte de la vida hacemos exactamente lo contrario: elegimos, respondemos, cumplimos, cuidamos, alcanzamos objetivos, satisfacemos expectativas.
Hasta que alguien nos pregunta:
—¿Y vos qué querés?
Y por unos segundos no sabemos qué decir. No necesariamente porque no tengamos deseos. Quizás porque hace demasiado tiempo que estamos ocupados cumpliendo los de otros.
Tal vez la verdadera libertad no consista en que Aladino pueda concedernos cualquier deseo. Tal vez empiece mucho antes. En el momento en que somos capaces de distinguir, entre todas las voces que aprendimos a escuchar, cuál es la nuestra.
Y entonces, por fin, podemos pedir.

Silvana Weckesser
Silvana Weckesser
Magister En Psicología. Especialista en Clínica.Docente Universitaria.Escritora








