Hay una pregunta que aparece como una reiterada sospecha en las personas que tienen o quieren tener un vínculo amoroso: ¿Soy suficiente para el Otro? Es una pregunta que resuena ante un mensaje de texto sin responder, en el silencio incómodo después de una discusión con la pareja o en la espera de una aprobación que no llega. Es un interrogante que insiste, aunque casi nunca se pronuncie en voz alta. Sin embargo, detrás de esa duda hay una estructura que el psicoanálisis, especialmente en la lectura que hizo Jacques Lacan de Freud, permite pensar con claridad.

Laura Migale
Laura Migale
Psicóloga/Psicoanalista especialista en ansiedad, relaciones y autoestima en Barcelona.
El Otro y su deseo opaco
Para Lacan, no nos relacionamos simplemente con personas, con otros semejantes, sino que nos relacionamos con el Otro, que representa un lugar simbólico que incluye el universo del lenguaje, la cultura, los valores, el reconocimiento, el amor.
Desde muy temprano, el ser humano se pregunta de manera inconsciente qué quiere ese Otro de él. Lacan lo formuló con una expresión tomada del francés antiguo: Che vuoi? O sea, ¿qué quieres (de mí)?
El problema es que el deseo del Otro nunca es del todo transparente. Ni siquiera para el propio Otro. Una pareja, un padre, una madre, un amigo, un jefe no puede decirnos con exactitud qué espera de nosotros, porque su propio deseo también está atravesado por una falta. Esa opacidad, esa incógnita, es la que muchas veces se vive con ansiedad, angustia, y no es que no sepamos leer al otro: es que hay algo ahí que estructuralmente no se deja leer del todo.
Cuando la demanda de amor no tiene fondo
En los vínculos amorosos esto se vuelve particularmente intenso. Lacan distinguía la demanda del deseo: uno puede pedir cariño, atención, tiempo, palabras, y eso es lo que en psicoanálisis denominamos demanda y, en principio, se puede satisfacer. Pero detrás de cada demanda hay algo que excede cualquier respuesta posible: se pide amor, pero lo que en el fondo se busca es una prueba de que uno sea «eso que completa al otro». Y ninguna respuesta, por generosa que sea, cierra completamente esa pregunta.
Esto explica por qué a veces, incluso rodeados de gestos de cariño reales, seguimos sintiendo que «no alcanza». No es que el otro dé poco o mal; es que lo que se busca es ser lo único, lo indispensable, la respuesta total al deseo del otro. Pero el deseo, por estructura, no se deja saturar, colmar. Y eso provoca que el vínculo, por más sólido que sea, nunca termine de cerrar del todo esa pregunta.
La ansiedad como señal
Freud ya había señalado que la angustia surge frente a algo que no se puede simbolizar del todo, algo que desborda las palabras disponibles. Lacan retoma esto y ubica la angustia en relación con el deseo del Otro: cuando no logramos ubicar qué lugar ocupamos en el deseo de alguien, cuando esa incógnita permanece indescifrable, el cuerpo y la mente responden con inquietud; puede provocar insomnio, pensamientos que giran en bucle o la necesidad de controlar o de revisar decisiones permanentemente.
Lejos de ser un simple «defecto a corregir», la ansiedad en los vínculos suele ser una señal de que ahí, en esa relación, algo del deseo propio y ajeno está en juego de un modo que no se resuelve con más certezas ni más pruebas de amor.
Breves viñetas clínicas
R. tiene 62 años y consulta por sentirse estancado y solo luego de sostener, durante 21 años, un vínculo de pareja que se fue desgastando y rompiendo. Algo se reactiva de un modo inesperado: las ganas de estar en pareja. Admite que cada vez que la persona que le interesa no le responde con la rapidez o el entusiasmo que él espera, aparece un malestar desproporcionado que se manifiesta en el cuerpo como «estómago revuelto» y un desánimo brutal.
Por un lado, presenta la necesidad de confirmar que todavía es mirado, que todavía gusta, pero, cuando esa persona sí le presta atención, tampoco termina de calmarse: desconfía, busca la segunda intención, sospecha que el interés no es real. Lo que el trabajo analítico permite empezar a escuchar es que el pánico ante la indiferencia y la desconfianza ante el interés responden a esa misma pregunta sin respuesta. No se trata de encontrar una certeza sobre el deseo ajeno, sino de un espacio donde R. pudo empezar a preguntarse, por primera vez con detenimiento, qué lugar quiere ocupar él en un vínculo.
L. tiene 35 años y está angustiada porque, desde hace un tiempo, una vidente le advierte que su pareja, padre de su hija, «no es para ella». L. no logra desoír ese mensaje y lo carga en las discusiones, lo revisa en los silencios de la relación y lo coteja cuando duda. Llega a la consulta con una ansiedad muy concreta: no sabe qué posición tomar: quedarse o irse, creerle a la vidente o no, confiar en su pareja o vigilarlo. Esa indecisión no se resuelve juntando más información ni más opiniones externas; al contrario, cuantas más consultas, menos ubicada se siente.
Algo se vuelve visible en el análisis: L. no fue a buscar una opinión, fue a buscar una certeza sobre el deseo del Otro, una voz que supiera lo que a ella le conviene. La vidente ocupa, en ese sentido, el lugar de un Otro que sabe, que no vacila, que no está dividido, exactamente lo que ningún vínculo real puede ofrecer. La pregunta que el análisis fue rescatando no es «¿es él o no para mí?», sino «¿qué deseo yo?».
Aquí aparece la pregunta que suele quedar en segundo plano, tapada por la urgencia de descifrar al otro: «¿Cuál es mi deseo?». Es común llegar a terapia habiendo dedicado años a interpretar los gestos, los silencios y las palabras de otra persona, sin haberse preguntado nunca con la misma intensidad qué es lo que uno mismo busca, más allá de ser elegido, validado o sentirse suficiente. L. no había podido preguntárselo mientras esperaba la respuesta de la vidente.
Trabajar esta pregunta no significa dejar de desear al otro ni de importarle el vínculo. Significa correr el eje, dejar de organizar la vida entera alrededor de la pregunta por el deseo ajeno para empezar a escuchar la propia. Ese desplazamiento de «¿qué quiere de mí?» a «¿qué quiero yo?» es, muchas veces, el verdadero trabajo del análisis.
El espacio del análisis
El psicoanálisis no ofrece la fórmula que por fin descifre lo que el otro quiere ni una técnica para «ser suficiente». Ofrece algo distinto: un espacio donde esa pregunta puede empezar a hablarse, a desplegarse en su propia historia, en vez de repetirse como síntoma. Así, poco a poco, deja de ser una pregunta que angustia en soledad y se convierte en una pregunta que se puede pensar, elaborar e incluso transformar.
¿Soy suficiente para el Otro? ¿Qué quiere de mí? ¿Y yo, qué quiero? Estas preguntas están presentes en muchas personas que están comprometidas en vínculos y en otras que anhelan construir una relación, y estos mismos interrogantes pueden ser el punto de partida de una experiencia transformadora: la de iniciar un proceso psicoanalítico, un espacio donde por fin se puede escuchar lo que uno mismo desea, más allá de lo que se cree que el otro espera, donde la propia pregunta puede transformarse en camino.

Laura Migale
Laura Migale
Psicóloga/Psicoanalista especialista en ansiedad, relaciones y autoestima en Barcelona.
















