Lunes, 08:50 a. m. Faltan diez minutos para una reunión que preparaste con cuidado y, mientras caminas hacia la sala, aparece una frase dicha con mucha seguridad: «Se van a dar cuenta de que no sé tanto como parece».
Llega con tu propia voz, con tono de sentencia, casi con autoridad. En ese trayecto corto de pasillo pasan varias cosas a la vez: el corazón se acelera un poco, repasas todo lo que podría salir mal y la reunión se convierte de pronto en un examen.
¡Nos pasa a varios! Y lo curioso es que la frase no cambió nada de lo que preparaste. Lo que cambió fue el lugar desde donde entramos a la sala.

Andrés Donoso Muñoz
Andrés Donoso Muñoz
Psicólogo Clínico | Coach Estratégico
Aparecer y creer son dos momentos distintos
Un pensamiento aparece. Es un evento más de la cabeza, parecido a un ruido de la calle o a una notificación en el celular: llega, se muestra en pantalla y ahí tenemos dos caminos. Podemos abrirla, leerla completa y ponernos a responder, o podemos verla pasar y seguir con lo que estábamos haciendo.
Creérselo es el momento en que la frase deja de ser algo que la mente dijo y pasa a ser «lo que hay». «Voy a fallar» se convierte en un dato y, desde ahí, empezamos a decidir: nos quedamos callados, postergamos, aceptamos menos de lo que queríamos.
Cuando el pensamiento y nosotros ocupamos el mismo lugar, no queda distancia para mirarlo. Y cuando esa distancia aparece, aunque sea de un centímetro, se abre un abanico de posibilidades que antes no estaban disponibles: responder distinto, elegir otra acción o simplemente seguir caminando hacia la sala.
Por qué nos lo creemos tan fácil
Hay razones bien razonables. Los pensamientos llegan en primera persona, con nuestra propia voz, y por eso suenan a algo que «yo pienso», casi como una convicción. Además, llegan rápido, antes de que alcancemos a revisarlos.
Muchos, además, tienen historia: frases que escuchamos en la casa, en el colegio o en el primer trabajo y que, con los años, se volvieron parte del paisaje. Cuando algo lleva tanto tiempo con nosotros, se siente como un hecho.
Y la mente es muy buena argumentando. Si el pensamiento es «voy a fallar», en cuestión de segundos trae tres ejemplos del pasado que lo respaldan. Con ejemplos a la vista, la frase suena todavía más verdadera, aunque haya dieciséis ejemplos en sentido contrario que la mente decidió no mostrar.
Una mente con el sensor muy sensible
Me gusta pensar la mente como un sistema de alertas. Su trabajo es detectar posibles problemas y avisar con anticipación, y lo hace muy bien porque, durante miles de años, avisar de más resultó más útil que avisar de menos.
Con los pensamientos pasa igual. «No estoy a la altura», «me van a juzgar», «ya es tarde para esto» son alertas de un sistema sensible y, como toda alerta, a veces traen información útil y, a veces, es solo un bus pasando. Y mientras más importante es lo que tenemos entre manos, más fuerte suele sonar la alarma.
Lo que solemos hacer con ellos
Cuando aparece un pensamiento incómodo, tenemos tres reacciones muy humanas. Le hacemos caso y actuamos como si fuera una instrucción. Le discutimos, buscando todos los argumentos para demostrar que está equivocado. O intentamos apagarlo, con distracciones, con más trabajo, con la serie de turno.
Y las tres tienen algo en común: mantienen al pensamiento en el centro de la escena. Discutir con él es una manera de prestarle atención, y obedecerlo lo convierte en quien dirige.
Ninguna de estas reacciones tiene algo de raro; son intentos sinceros de cuidarnos. Solo que hay otra opción a la mano, más liviana: notarlo.
Un pensamiento puede aparecer sin que tengas que obedecerlo, discutirlo ni convencerte de lo contrario. Puedes notarlo pasar.
Cuanto más lo empujamos, más vuelve
Hay un experimento que se puede hacer ahora mismo. Durante los próximos diez segundos, procura que no aparezca en tu cabeza la imagen de un limón cortado por la mitad, con gotitas de jugo brillando. Cualquier otra cosa está permitida, menos el limón.
Lo más probable es que haya aparecido varias veces. Con los pensamientos que nos pesan ocurre algo parecido: cuando decidimos que ese pensamiento debería irse, le dedicamos atención para vigilar que no vuelva, y esa vigilancia lo mantiene cerca. Es como intentar hundir una pelota en la piscina: se puede, con un brazo ocupado todo el tiempo, y en cuanto la soltamos sale a flote.
Por eso, notarlo trae tanto alivio. Requiere menos esfuerzo que sostener la pelota bajo el agua: la dejamos flotar a un costado y nadamos hacia donde íbamos.
Cuando el pensamiento habla de quiénes somos
Hay pensamientos que aparecen vestidos de descripción: «soy un fraude», «siempre lo arruino», «no soy de las personas que pueden con esto». Se sienten distintos porque hablan de nosotros mismos y, desde ahí, parecen más difíciles de mirar a distancia.
Sin embargo, siguen siendo pensamientos. «Estoy teniendo el pensamiento de que soy un fraude» describe con más precisión lo que ocurre en ese momento: una frase que aparece, con su volumen y su historia.
Ese matiz permite seguir conversando con lo que uno es, que es bastante más grande y más variado que cualquier frase.
Notar incluye escuchar
Algunos pensamientos traen información valiosa. «Me falta revisar la cifra de la página tres» es una alerta que merece una acción de cinco minutos. Ahí el sensor midió algo real.
Con un poco de distancia se puede distinguir cuál es cuál. Una pregunta que ayuda: ¿este pensamiento me muestra algo que puedo hacer ahora o es el bus pasando? Si hay algo concreto, lo hago. Si es el bus, lo saludo y sigo caminando.
Esa es la diferencia con ignorarlo: notarlo es escucharlo con atención y luego elegir qué responder.
Cómo se ve cuando hay espacio
He acompañado a personas que llegaban a cada presentación con la misma frase: «Voy a quedar en ridículo». Durante meses intentaban convencerse de lo contrario con listas de logros y frases de ánimo, y el pensamiento seguía apareciendo igual de firme.
Lo que cambió fue la pregunta. En vez de averiguar si el pensamiento era verdadero, empezamos a preguntar qué querían hacer con esos diez minutos previos. El pensamiento siguió apareciendo, pero pasó a ser un pasajero mientras ordenaban sus notas, respiraban y saludaban a la gente que iba llegando.
Me quedo con esa imagen: el pensamiento puede ir de copiloto mientras uno sigue manejando. No hace falta esperar a que se baje del auto para llegar a destino.
Otro patrón que se repite ocurre de noche, con la cabeza en la almohada y la lista de pendientes dando vueltas. A varias personas les ha resultado útil tratar esa alerta como quien deja un ticket abierto: anotar en una libreta junto a la cama «mañana reviso esto», con una línea. La mente suele soltar con más facilidad cuando siente que la alerta quedó registrada en algún lugar confiable.
Cuatro formas de practicarlo esta semana
Son gestos pequeños, pensados para probarlos en la vida real, en el pasillo, en la cama o frente al computador.
- Agregar una frase. La próxima vez que aparezca un pensamiento que te pesa, anteponle: «Estoy teniendo el pensamiento de que…». Cambia «voy a fallar» —un dato— por «estoy teniendo el pensamiento de que voy a fallar» —un evento—. Parece poco, y por eso funciona tan bien.
- Ponerle nombre. A los pensamientos que se repiten les sienta bien un título, como «la película del ansioso» o «el loco imaginario». Cuando aparezcan, un simple «ah, esa película otra vez» los baja de tamaño, sobre todo si se dice con algo de humor.
- Preguntar qué quiero hacer ahora. Después de notarlo, hazte esta pregunta: «¿Qué quiero hacer con los próximos diez minutos?», y da el primer paso pequeño. Notar abre el espacio y elegir lo llena.
- Volver a lo que tienes delante. Después de notarlo, mira tres cosas que tengas a la vista y escucha dos sonidos del lugar donde estás. Es una manera de recordarle al cuerpo que el pasillo, la mesa y la reunión están aquí, más allá de la película que la mente proyecta.
Si quieres un mini experimento, elige un solo pensamiento que se repite y practica durante tres días la forma que más te haga sentido. Anota, en una línea al final de cada día, qué pasó con tu ánimo y con lo que hiciste después de notarlo. Al tercer día vas a tener tu propia evidencia, mucho más convincente que cualquier explicación.
Qué cambia con la práctica
Es probable que el pensamiento siga apareciendo. Suele ser un visitante habitual y, con el tiempo, llega con menos peso, se queda menos rato y hasta se anuncia con más humor. Lo que cambia es cuánto espacio ocupa dentro de tu día.
También cambia algo en la manera de decidir. Con más distancia aparecen preguntas que antes no cabían: ¿qué me importa de esta reunión?, ¿qué quiero aportar?, ¿con quién quiero conversar después? Elegir desde lo que valoramos suele dar más dirección que elegir desde lo que tememos.
Y llega algo más silencioso: una confianza distinta en uno mismo. Cada vez que notamos un pensamiento y seguimos adelante, acumulamos una pequeña evidencia de que podemos sentir incomodidad y avanzar al mismo tiempo.
Para seguir pensando
- ¿Cuál es el pensamiento que más seguido me visita y a qué hora del día suele aparecer?
- Cuando le hago caso o le discuto, ¿hacia dónde se va mi día? ¿Y cuando lo dejo pasar?
- ¿Qué haría hoy si ese pensamiento viniera de copiloto en vez de manejar?

Andrés Donoso Muñoz
Andrés Donoso Muñoz
Psicólogo Clínico | Coach Estratégico









