Al hablar acerca de la salud, es frecuente hacerlo como si esta dependiese fundamentalmente de la suerte. De ahí que sea normal pedir tener salud como un deseo, algo que solo la providencia nos puede otorgar, porque no depende de nosotros.

Esto, en parte, es verdad; a fin de cuentas, no hay nadie que pueda estar en la posición de descartar todas las enfermedades a las que se expone a lo largo de su vida. Sin embargo, como todas las medias verdades, nos puede llevar a olvidarnos de que las cosas son más complejas de lo que parecen.

Y es que en muchos aspectos, tenemos control sobre muchas situaciones de las que dependen que nuestro estado de salud sea más o menos vulnerable. Y esto no es algo que podamos aprender de manera espontánea con el simple paso de los años. Aquí veremos varios ejemplos de esto.

¿Cómo aprender a tomar el control de nuestra salud?

A medida que el conocimiento científico ha ido avanzando, han surgido una serie de factores desde los que podemos participar activamente en el buen funcionamiento del organismo.

1. La estimulación cognitiva

La razón de ser del cerebro no es otra que adaptarse constantemente a todo lo nuevo que nos depara el día a día. Es por eso que una de sus características principales es que nunca permanece igual, está constantemente en transformación, respondiendo a los estímulos del entorno y a las estrategias que adoptamos para interactuar con lo que nos rodea.

Esta capacidad por la cual el cerebro va cambiando en tiempo real se conoce como plasticidad cerebral, y tiene lugar tanto a nivel micro como a nivel macro, es decir, a escala de las conexiones neuronales y las relaciones entre estructuras celulares y moleculares, y a escala de los tejidos del sistema nervioso, que llegan a ser visibles por el ojo humano.

Si nuestro cerebro es aquello que asociamos al "Yo", eso significa que estamos transformándonos constantemente y de manera literal, y esto permite incluso que seamos capaces de recuperarnos de una gran variedad de lesiones cerebrales: cuando una parte queda dañada, otra se encarga de realizar las funciones de aquellas neuronas que han muerto.

Es por eso que la estimulación cognitiva, exponernos a situaciones que nos hagan pensar y sentir de maneras complejas, es una manera de tomar la iniciativa y aumentar nuestro grado de salud y bienestar; hacer eso nos ayuda a conectar entre sí partes de nuestro cerebro que antes no interactuaban demasiado y que a partir de ese momento tendrás la capacidad de actuar como "puente" entre regiones del sistema nervioso que en ciertas situaciones se necesitan mutuamente para que funcionamos bien.

2. No fiarlo todo a la genética

Tener una configuración genética que nos lo ponga fácil a la hora de tener buena salud es un factor muy importante, sirve todo teniendo en cuenta que hay algunas enfermedades muy fáciles de heredar. Sin embargo, no debemos asumir que el factor genético es algo que nos afecta unilateralmente y sin que podamos hacer nada para evitarlo: nuestras acciones, en muchos casos, pueden influir mucho en nuestro bienestar, y en determinados casos incluso anular por completo la mayoría de aspectos nocivos de una patología. El truco está en intervenir en el modo en el que los genes se expresan.

En este sentido se ha visto que ciertos hábitos muy senillos contribuyen a que estas enfermedades latentes aparezcan en sus versiones menos severas o incluso no lleguen a manifestarse nunca. Entre estas acciones que protegen nuestra salud encontramos por ejemplo el adoptar hábitos de higiene del sueño: dormir lo suficiente y en horarios regulares, sin interrupciones.

Del mismo modo, hacer ejercicio regular ayuda a muchas personas a reestablecer el equilibrio bioquímico del cerebro alterado por alteraciones influidas por la genética, como la depresión. Y hay muchas más actividades y rutinas que nos permiten sacar el máximo potencial de lo que nos aporta nuestro ADN como individuos.

3. Valorar la importancia del foco atencional

Saber gestionar bien el foco de atención es también fundamental para modular el modo en el que nos afecta todo lo que desgasta nuestro bienestar. Esto no solo tiene que ver con nuestra manera de relacionarnos con los síntomas de enfermedades que ya tenemos; además, afecta a su desarrollo y a su capacidad de cronificarse.

Ser capaz de no dejar que ciertas fuentes de malestar se conviertan en el centro de nuestras vidas es liberador y hace posible que ganemos una autonomía de la que no dispondríamos de otro modo. Además, abre la puerta a que la "curación" llegue antes.

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Referencias bibliográficas:

  • García-Giménez, J.L. (2012). Epigenética. La gramática del código genético: Journal of Feelsynapsis, ISSN 2254-3651.
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  • Guiney, H.; Machado, L. (2013). Benefits of regular aerobic exercise for executive functioning in healthy populations. Psychon Bull Rev. 20(1): pp. 73 - 86.
  • Pascual-Leone, A.; Freitas, C.; Oberman, L.; Horvath, J.C.; Halko, M.; Eldaief, M.; et al. (2011). Characterizing brain cortical plasticity and network dynamics across the age-span in health and disease with TMS-EEG and TMS-fMRI. Brain Topography. 24 (3–4): pp. 302 - 315.