¿Es normal sentir ansiedad al subir a un tren o al metro después de un accidente como el de Urda? Sí: tras una tragedia ferroviaria es frecuente que quienes viajan a menudo noten miedo, inquietud antes del trayecto o una alerta constante, y en la mayoría de las personas estas reacciones se atenúan en días o semanas. Conviene pedir ayuda profesional si duran más de un mes, si llevan a dejar de viajar o si se estaba en los trenes afectados o se ha perdido a alguien.
Este miércoles, poco antes de las nueve de la mañana, un AVE de Renfe alcanzó a un tren de Iryo a la entrada de la estación de Urda (Toledo), en la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla. Según los datos oficiales hasta el momento, confirmados por la Junta de Castilla-La Mancha, han fallecido al menos 64 personas y hay decenas de heridos; las cifras pueden cambiar y las causas están en investigación. Ocurre nueve meses después de Adamuz (Córdoba), donde el 18 de enero un Iryo descarriló, invadió la vía contigua y chocó con un Alvia. Allí murieron 46 personas.
Mañana, millones de personas volverán a coger un Cercanías, un metro o un AVE para ir a trabajar, a clase o a ver a su familia, y muchas lo harán con un nudo nuevo en el estómago. No es un fallo personal: la mente toma nota de lo ocurrido y, durante un tiempo, el andén deja de ser un lugar neutro. Repasamos qué emociones son esperables, cuáles merecen atención y qué se puede hacer antes y durante el viaje.
¿Qué emociones puede despertar un accidente ferroviario en quien viaja a diario?
Lo más habitual es una mezcla de miedo, tristeza y una vigilancia inusual del entorno. Hay quien se descubre escuchando cada chirrido de las ruedas o buscando con la mirada la salida de emergencia. Esa hipervigilancia es una respuesta de alarma comprensible tras una amenaza percibida, y suele ir acompañada de ansiedad anticipatoria: el malestar aparece horas antes, al mirar el billete o al pensar en el trayecto de mañana. En quienes viajaban en los trenes o han perdido a un ser querido, el cuadro puede ser más intenso, con recuerdos que irrumpen sin buscarlos, pesadillas, culpa por haber sobrevivido o un duelo que se complica por lo súbito de la pérdida.
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Ahora bien, no hace falta haber estado allí para notarlo. Tras los atentados de Boston de 2013, el equipo de Alison Holman, de la Universidad de California en Irvine, encuestó a más de 4.600 adultos y observó que seguir la cobertura seis horas o más al día se asoció con más estrés agudo que la exposición directa, según su estudio en PNAS. Es un estudio de asociación y no demuestra que las imágenes causen el malestar, pero encaja con el llamado trauma vicario, el impacto de una tragedia vivida a distancia. En Londres, tras los atentados de 2005 en el transporte, un equipo del King's College encuestó a 1.010 residentes: un tercio pensaba viajar menos en metro, tren o autobús y, siete meses después, el 19 % de los que volvieron a responder seguía reduciendo trayectos.
¿Cuándo deja de ser una reacción normal?
La frontera la marcan sobre todo la duración y la interferencia con la vida diaria. Durante el primer mes, los síntomas intensos pueden corresponder a lo que la psiquiatría describe como trastorno por estrés agudo; si persisten, un profesional valorará si hay estrés postraumático (TEPT). Una revisión de Richard Bryant (2018) recuerda que la mayoría de las personas expuestas a un suceso traumático sigue una trayectoria de resiliencia o recuperación, y que la intensidad inicial no predice con precisión quién tendrá problemas crónicos. Algunas señales para consultar con un psicólogo colegiado o con el médico de familia:
- El miedo o los recuerdos siguen igual de intensos pasado un mes.
- Has dejado de coger el tren o el metro, o organizas tu vida para evitarlos.
- Duermes mal casi todas las noches o tienes pesadillas recurrentes.
- Te cuesta trabajar, estudiar o estar con tu gente.
- Aparecen pensamientos de no querer vivir: en ese caso, llama al 024 o al 112.
Antes de subir al tren: información, rutina y no evitar del todo
El primer paso es dosificar las noticias. Informarse es razonable; revisar vídeos del accidente cada pocos minutos no aporta datos nuevos y, a la luz del trabajo de Holman, podría alargar el estrés. Puede ayudar fijar dos momentos al día para leer una fuente fiable y silenciar las alertas el resto del tiempo. También sirve poner el miedo en contexto sin restar peso a la tragedia: el informe de seguridad de 2026 de la Agencia Ferroviaria de la Unión Europea calcula, con datos de 2014 a 2023, que quien viaja en coche tiene unas 40 veces más riesgo de morir que un pasajero de tren por kilómetro recorrido.
Ese dato no consuela a quien ha perdido a alguien, pero puede ayudar a recolocar la probabilidad real del trayecto diario. Y hay un matiz importante: evitar del todo el tren puede consolidar el miedo a medio plazo. Si es posible, conviene mantener la rutina con pasos intermedios, como viajar acompañado, elegir horas menos concurridas o empezar por trayectos cortos. Cuando la evitación se extiende a cualquier tren y se mantiene, puede acercarse a la siderodromofobia, un miedo intenso y persistente a los trenes que tiene abordaje psicológico.
Por último, entiende tu miedo y prepárate. Tras un suceso tan impactante, la mente tiende a sobrestimar el riesgo del próximo viaje, y saberlo ya ayuda a tomar cierta distancia de esa alarma. Lo que más tranquiliza es no llegar con las manos vacías: llevar pensadas una o dos técnicas de calma para usarlas si la ansiedad aparece. A continuación te dejamos algunas que puedes poner en práctica durante el trayecto.
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¿Qué hacer durante el trayecto si aparece la ansiedad?
Lo ideal es aplicarlas en cuanto se nota la primera señal, sin esperar a que el malestar crezca. Todas son discretas y se pueden hacer sentado o de pie, sin que nadie alrededor lo note:
- Alarga la espiración. Inspira por la nariz contando hasta cuatro y suelta el aire despacio, por la nariz o con los labios entreabiertos, contando hasta seis u ocho. Mantén el ritmo durante dos o tres minutos y, si la cuenta te agobia, acórtala: lo importante es que la salida del aire dure más que la entrada. Una revisión sistemática de 2018 asoció la respiración lenta con menor activación fisiológica y más sensación de calma.
- Ánclate con el 5-4-3-2-1. Cuando la mente se va a las imágenes del accidente, este ejercicio la devuelve al vagón. Nombra en silencio cinco cosas que ves, cuatro que puedes tocar, tres sonidos que oyes, dos olores y un sabor. No importa hacerlo perfecto: el objetivo es que la atención se ocupe del presente y no de lo que podría pasar.
- Tensa y suelta manos y pies. Aprieta la barra o cierra los puños sobre las rodillas y encoge los dedos de los pies dentro del zapato durante unos cinco segundos. Después suelta de golpe y quédate diez o quince segundos notando la diferencia entre la tensión y el alivio. Repítelo tres o cuatro veces; ayuda a descargar la tensión muscular que acompaña a la ansiedad.
- Fija la vista en un punto neutro. Elige algo concreto y sin carga emocional, como una letra del plano de la línea, el borde de una puerta o tu tarjeta de transporte. Descríbelo para ti con detalle: su forma, su color, su textura, sus pequeñas imperfecciones. Si la mente se escapa, algo que pasará, vuelve al punto sin juzgarte.
- Repite frases breves y realistas. Prepara en casa dos o tres frases como «Esto es ansiedad, es incómoda y pasa» o «Puedo llegar a la siguiente estación» y repítelas mentalmente al ritmo de la respiración. Funcionan mejor que las que niegan lo que sientes («no estoy nervioso») o prometen lo imposible («nunca va a pasar nada»), porque el cerebro no se las cree.
- Dale una tarea a tu atención. Escuchar un pódcast, una lista de canciones conocidas o ir contando las estaciones que faltan ocupa a la mente con algo concreto. Así es más difícil que se quede dando vueltas a las noticias o al accidente, y el trayecto se percibe más corto.
- Recuerda que la ansiedad tiene un pico. Sube, alcanza su punto más alto y desciende aunque no hagas nada para huir, así que no hace falta bajarse en la siguiente parada. Al llegar, reconócete el esfuerzo con una frase de balance como «He estado incómodo y me he quedado»: cada trayecto completado ayuda a que el miedo pierda terreno.
Lo que nos enseña el miedo después de una tragedia
Que hoy inquiete un tren que ayer parecía rutinario tiene lógica. Una de las hipótesis más estudiadas es que la mente ajusta su mapa de riesgos con los sucesos más impactantes y recientes, aunque la probabilidad apenas cambie. Los equipos de intervención en catástrofes se apoyan en los cinco principios que consensuó el grupo de Stevan Hobfoll en 2007: seguridad, calma, conexión con los demás, sensación de eficacia y esperanza. La evidencia tiene límites, ya que casi todo procede de atentados y desastres y no de accidentes ferroviarios en España, y este contenido divulgativo no sustituye la valoración de un profesional. Volver al andén con algo de miedo no es retroceder; muchas veces es la forma en que el miedo empieza a perder terreno.
Psicología y Mente se une al dolor de las víctimas de esta tragedia, de sus familias y de todas las personas afectadas por los accidentes de Urda y Adamuz. Si buscas información o apoyo sobre el accidente de hoy, estos son los teléfonos habilitados:
- Renfe, Plan de Asistencia a las Víctimas de Accidentes Ferroviarios y sus Familiares: 900 10 10 20 (gratuito, solo para afectados y familiares).
- Iryo, atención a afectados: 900 001 403.
- Emergencias 112 de Castilla-La Mancha, información a familiares: 900 122 112.
- Emergencias: 112.
- Línea 024 de atención a la conducta suicida (24 horas, gratuita y confidencial): 024.







