Una nueva investigación realizada en Canadá muestra un dato demoledor: se estima que los casos de personas que sufren o han sufrido fobia social han aumentado más de un 70% desde el año 2002 en el país. Y lo más preocupante es que, probablemente, no refleja un fenómeno específico de la sociedad canadiense.
Aunque es un tema relativamente poco investigado, ya hay otros estudios que sugieren lo mismo y dejan entrever una posible tendencia global. El perfil más afectado serían personas jóvenes, especialmente mujeres.
Las causas aún no son bien conocidas, pero algunos investigadores han propuesto algunas hipótesis que ayudan a entender la que podría ser una de las principales brechas generacionales de salud mental. Y sí, el mundo de las redes sociales está entre los sospechosos, aunque nada es tan sencillo como parece.
Estamos ante una “pandemia” de fobia social?
Si ya es complicado llegar a saber a qué porcentaje de la población de tu país está afectando la fobia social hoy y hacer un seguimiento de la evolución de esta cifra lo es más aún, imagínate lo que cuesta hacer todo lo anterior pero esta vez a nivel internacional.
Aún es pronto para decir que los niveles de ansiedad social están en aumento en todo el mundo, pero las investigaciones realizadas sobre el tema no tranquilizan. Sobre todo, si tenemos en cuenta que muestran cambios bastante rápidos.
Lo que muestran las investigaciones sobre la ansiedad social
Empecemos distinguiendo entre lo que sabemos y lo que no sabemos. Las principales investigaciones que dan una idea de si los casos de fobia social están aumentando, manteniéndose o disminuyendo a nivel nacional o internacional son muy pocas. Y claramente, una cantidad reducida de estudios sobre la prevalencia de este trastorno lo pone difícil para sacar conclusiones sobre lo que pasa en las sociedades de amplias zonas del planeta. Sin embargo, vistos como un conjunto, los pocos artículos científicos que resumen esos hallazgos apuntan en la misma dirección: un aumento de los casos de fobia social en varios países.
El caso más reciente es el estudio realizado en Canadá, realizado por Tak-Lai Nellie Chau, Stephen A. Oliver y Esme Fuller-Thomson. Según este, el porcentaje de adultos que sufre o ha sufrido fobia social pasó del 8,1% en el año 2002 al 13,9% en el 2022. Y para los jóvenes de entre 20 y 24 años, este porcentaje sube al 24%, mientras que entre los mayores de 64 baja al 6,2%.
Otro estudio, esta vez realizado por investigadores de la Universidad de Tampere, se basa en los datos aportados por 450.000 personas de entre 13 y 20 años en el periodo 2013 - 2021. Sus resultados son también inquietantes: los niveles elevados de síntomas de ansiedad social en Finlandia parecen haberse disparado entre los jóvenes, sobre todo entre las mujeres. En las chicas, los casos de síntomas de ansiedad social se habrían doblado en menos de una década, afectando a aproximadamente el 47% de las jóvenes.
En los Estados Unidos tenemos una investigación liderada por Richard Heimberg y publicada en el 2000; curiosamente, ya en esos tiempos se intuía que los casos de ansiedad social iban al alza entre los miembros de la generación X. Al comparar entre quienes nacieron en el periodo 1936 -1945 y quienes nacieron entre el 1966 y el 1975, los segundos tenían un 90% más de riesgo de desarrollar este trastorno de ansiedad.
Volviendo a épocas más recientes, un estudio publicado en 2020 por Philip Jefferies y Michael Ungar da información útil sobre los niveles de ansiedad social en personas de entre 16 y 29 años en países tan diversos como Brasil, Rusia, Tailandia, Vietnam, China, Indonesia o los Estados Unidos. Nada menos que un 36% de ellos expresaba síntomas compatibles con la fobia social. En el caso de los Estados Unidos, el porcentaje se elevaba al 57.6%. Para medir la ansiedad social utilizaron la Social Interaction Anxiety Scale, que no permite diagnosticar fobia social pero ofrece una aproximación al valorar sus síntomas como un conjunto.
Además de las que hemos visto hasta ahora, hay otras investigaciones que, a pesar de no pretender seguir la evolución del porcentaje de gente con fobia social, dan información que ayuda a poner en contexto estos datos. Por ejemplo, un estudio de Tomas Furmark publicado en el 2002 y basado en encuestas estimó que en esa época el porcentaje de población adulta que alguna vez había desarrollado fobia social era de entre el 7% y, en los casos más extremos, el 13%. Además, mostró que era mayor entre la gente joven que entre las personas mayores, mostrando lo que seguramente era un aumento de los casos de este trastorno que ya estaría afectando a las nuevas generaciones hace más de 20 años.
Otro estudio publicado en el 2005 y basado en datos provenientes de diversos países de la Unión Europea apunta hacia una lifetime prevalence (porcentaje de personas que han sufrido un trastorno concreto alguna vez) para la fobia social que rondaba el 6.65%, y en todas y cada una de las naciones estudiadas, la prevalencia era mayor entre los jóvenes que entre la gente mayor o de mediana edad.
Además, también aquí se muestra que las mujeres son las más afectadas. La investigación no compara entre sí épocas ni generaciones, pero en este contexto es relevante porque es una de las evidencias más robustas de que la lifetime prevalence es casi siempre mayor en la gente joven, aunque en teoría lleve desventaja porque ha tenido menos tiempo para desarrollar un trastorno psicológico.
También podemos ampliar el foco y ver lo que pasa en varios países a la vez gracias a una investigación publicada en el 2017 y basada en datos de la World Mental Health Survey Initiative. En ella, se analizaron respuestas de más de 140.000 personas encuestadas en 28 países, se se concluyó que la lifetime prevalence de la fobia social era del 4%. Pero ojo: en los países más ricos era significativamente mayor que en los más pobres: 5,5% en los primeros y 1,6% en los segundos. Además, también aquí se vio que entre los jóvenes había más porcentaje de personas que afirmaban sufrir o haber sufrido fobia social.
Las limitaciones de estos estudios
Podría ser que hayamos tenido mala suerte y la mayoría de investigaciones que hemos visto muestren algo que no es real, un espejismo estadístico.
Por ejemplo, cabe la posibilidad de que buena parte de los resultados se deban al sesgo de recuerdo retrospectivo: quizás todos seamos más vulnerables a la fobia social cuando somos adolescentes (independientemente de la generación a la que pertenezcamos) y cuando nos hacemos mayores tendamos a “olvidar” la fobia social que un día se cebó con nuestra salud mental. Y también es posible que los aparentes aumentos de ansiedad social surjan de lso cambios que han ido ocurriendo a la hora de medirla.
Además, ninguno de estos estudios se ha basado en la revisión de diagnósticos clínicos de fobia social, sino más bien en encuestas y entrevistas usando instrumentos de medición de síntomas fuera del contexto de la terapia.
Ahora bien, nada de esto es nuevo; los investigadores conocen estos fenómenos y tratan de utilizar metodologías específicamente diseñadas para evitar la influencia de estos errores en la medida de lo posible. En todo caso, la fobia social no parece ser fácil de olvidar si tenemos en cuenta que según varios estudios podría ser el trastorno de ansiedad con más tendencia a cronificarse durante años.
Por otro lado, puede ser que estos resultados reflejen sobre todo un aumento en la sensibilización acerca de la importancia de la salud mental, llevando cada vez más gente a no infravalorar sus problemas de ansiedad. Pero si este fuese el caso, también se notaría un aparente aumento en los casos de trastornos de ansiedad durante las últimas décadas, algo que va en contra de lo que indican varios estudios.
Si están aumentando los casos de fobia social, ¿a qué se debe?
Demos por supuesto que el aumento de la prevalencia de la fobia social es una realidad y que, como parece, cabalga a lomos de las generaciones más recientes de jóvenes, sobre todo en los países ligados a la cultura occidental. Por qué ocurre esto?
Los investigadores del estudio canadiense sugieren posibles causas. Por un lado, han observado que las personas más expuestas al trastorno son aquellas que dicen contar con una red de apoyo social más debilitada y las que afirman que la espiritualidad no juega un papel importante en sus vidas. Apoyándose en investigaciones previas, también hipotetizan que la popularización del uso de las redes sociales entre los adolescentes puede haber dejado una marca psicosocial en su manera de entender las relaciones personales durante una etapa crítica de su desarrollo, sobre todo teniendo en cuenta que los jóvenes vivieron la pandemia del COVID cuando estaban aprendiendo a interactuar con la gente de su edad. Por cierto, esto último también encaja con los resultados del estudio finés.
Además, ambos fenómenos pueden estar relacionados, y explicarían en parte por qué esta tendencia aparece en sociedades occidentalizadas.
En los países más ricos hay mayores niveles de digitalización de la sociedad, tasas de fecundidad que han caído antes que en el resto de países dando lugares a núcleos familiares pequeños, y un estilo de vida más secular y desconectado de los rituales asociados a la espiritualidad vivida en colectivo. Es cierto que en los Estados Unidos aún no se nota tanto la reducción del tamaño de las familias, pero quizás esto quede compensado por el hecho de que en ese país está muy normalizado el irse a vivir a miles de kilómetros de donde se ha estado viviendo con los padres.
En mi opinión, a esto podemos sumarle la explosión en la diversidad de maneras de hacer ciberbullying, que en pocas décadas han pasado de fotos pixeladas y burlas en chats o foros a ser capaces de generar vídeos virales grabados en 4k en cuestión de minutos.
La red de apoyo social se reduce, pero la red de potencial burla y acoso puede extenderse hasta el infinito y ser traducido a varios idiomas mediante subtítulos o, desde hace poco, voces sintéticas hechas con IA. Y también tenemos la otra cara de la moneda: las comparaciones constantes con influencers que actúan como referentes; su modelo de negocio es mostrar la validación social de la que disfrutan y que, si es capaz de generar dinero, es precisamente porque la validación social y la atención parecen haberse vuelto un bien escaso.
Quedan muchas dudas por resolver y, esperemos, muchas investigaciones por realizar sobre la posible propagación de la fobia social. Mientras tanto, no está de más recordar que los problemas de salud del cerebro no solo emergen con el paso de los anos; el simple hecho de vivir la vida desde la perspectiva de una persona joven puede ser un factor de riesgo.















