Han pasado tres años desde que Daniela salió de aquella relación abusiva y, aun así, hay algo que no termina de irse: la culpa.
A veces aparece mientras trabaja, otras cuando intenta descansar, y le recuerda todo lo que toleró, lo que no dijo, lo que no hizo antes. Ella sabe, porque lo ha leído y lo ha hablado, que una cosa es la responsabilidad y otra la culpa. Pero, a la hora de la verdad, ambas se mezclan y se sienten en su cuerpo como si fueran lo mismo.
Daniela es un nombre ficticio, pero la sensación es muy real y muy común. Aparece después de relaciones violentas, infancias difíciles, accidentes, despidos injustos, pérdidas repentinas y otras situaciones traumáticas.
Vale la pena detenernos y mirar con calma cómo la culpa se enlaza con el trauma y qué se puede hacer para empezar a relacionarse distinto con ella.
Cómo aparece la culpa y cómo termina influyendo en la vida diaria
La culpa, por lo general, se va colando poco a poco, en pensamientos aparentemente inofensivos: “si hubiera reaccionado antes”, “tendría que haberme dado cuenta”, “algo hice mal”. Al principio parece una forma de reflexión, incluso de aprendizaje, pero con el tiempo puede transformarse en una voz constante que cuestiona cada decisión pasada y presente.
Muchas personas con traumas viven con una sensación de estar siempre en deuda consigo mismas o con otros. Esa carga influye en la autoestima, en la manera de vincularse y en la facilidad para disfrutar. Puede llevar a relaciones donde se acepta más de lo que se desea, a exigencias internas muy altas o a una necesidad permanente de compensar.
Y, ¡a ver!, no hablamos de personas que no asumen responsabilidades, sino todo lo contrario: suelen responsabilizarse de más, incluso de lo que nunca estuvo bajo su control.
Además, la culpa tiñe la memoria. El recuerdo del evento traumático no aparece como una historia cerrada, sino como escenas que se repiten y se reinterpretan una y otra vez. Cada repetición suma un nuevo reproche. Así, el pasado se vuelve un lugar al que la mente regresa sin descanso, lo que deja poco espacio para el presente.
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Qué relación existe entre la culpa y el trauma
Desde la psicología del trauma se entiende que el impacto no depende solo de lo ocurrido, sino de cómo el sistema emocional responde cuando la situación supera los recursos disponibles. Cuando una experiencia resulta aterradora e inesperada, la estabilidad emocional se quiebra y el organismo entra en modos de supervivencia que luego cuesta desactivar.
En el Trastorno de Estrés Postraumático, descrito ampliamente en la literatura clínica, aparecen tres grandes grupos de síntomas: recuerdos intrusivos que llegan sin aviso, conductas de evitación para no conectar con lo ocurrido y un estado de alerta constante que altera el sueño y la paciencia. Dentro de este cuadro, la culpa ocupa un lugar particular.
Suele hablarse de culpa asociada al trauma para referirse a esa sensación de responsabilidad subjetiva que no se basa en hechos reales, sino en interpretaciones posteriores. La persona cree que podría haber evitado lo sucedido o que su reacción fue insuficiente, sobre todo cuando hubo daño a alguien querido.
Esta idea se refuerza con investigaciones más recientes. En 2017, investigadores de Taiwán analizaron datos de la Encuesta Nacional de Estrés y Salud de Japón, con más de mil participantes. El estudio mostró que la culpa funciona como un puente entre los síntomas de estrés postraumático y los pensamientos suicidas.
Es decir, no era solo el miedo o la ansiedad lo que elevaba el riesgo, sino el autorreproche persistente y la percepción distorsionada de responsabilidad. Investigaciones previas con veteranos de guerra ya habían señalado algo similar, pero este trabajo confirmó que el fenómeno también aparece con fuerza en la población civil.
Desde la neurociencia, estos estudios señalan que la culpa se asocia a cambios en áreas de la corteza prefrontal, regiones implicadas en la evaluación moral, la toma de decisiones y la regulación emocional. Cuando estas zonas funcionan de forma alterada, la mente queda atrapada en el “qué habría pasado si…”, una pregunta que no busca respuestas reales, sino una sensación de control que se perdió durante el trauma.
Formas realistas de empezar a soltar la culpa
Liberarse de la culpa no es un acto inmediato ni una decisión que se toma una mañana cualquiera. Suele ser un proceso con avances y retrocesos, porque la culpa cumplió una función: dio una explicación cuando todo parecía caótico. Entender esto ayuda a no pelearse con ella desde el inicio, sino a observarla con más perspectiva.
Estas son algunas claves para gestionar mejor esta sensación de culpa luego de un trauma:
1. Nombrar la culpa como una respuesta aprendida
Ponerle nombre a lo que ocurre cambia la relación con ello. Decirte “esta culpa está relacionada con el trauma” permite tomar distancia y recordar que surgió como un intento de la mente por ordenar lo vivido, no como una prueba de que fallaste.
2. Diferenciar responsabilidad real de responsabilidad imaginada
Puede ayudar escribir qué estaba bajo tu control en ese momento y qué no. Hacerlo con calma, sin juicios, porque muchas decisiones se tomaron desde el miedo o la falta de información. Esa distinción aclara mucho más de lo que parece.
3. Revisar el sesgo retrospectivo
Después de un trauma, la mente analiza el pasado con datos que antes no tenía. Recordar esto reduce la dureza del autoanálisis, ya que nadie actúa con la información del futuro.
4. Escuchar cómo te hablas
El lenguaje interno suele ser más severo de lo que permitirías a otras personas. Prestar atención a esas frases y preguntarte si dirías lo mismo a alguien querido abre un espacio para el autocuidado.
5. Trabajar el cuerpo, no solo las ideas
La culpa también se manifiesta en tensión, cansancio y dificultad para relajarse. Técnicas corporales, respiración consciente o movimientos suaves ayudan a que el sistema nervioso salga del estado de alerta prolongada.
6. Apoyarte en un proceso terapéutico
Terapias como la de Procesamiento Cognitivo o la Exposición Prolongada han mostrado eficacia para reducir la culpa asociada al trauma, porque permiten revisar las creencias centrales y procesar el recuerdo sin revivirlo de la misma forma.
7. Dar tiempo a una nueva narrativa
Resignificar la historia es una manera de integrar la experiencia sin que esta defina toda la identidad. Entender la supervivencia como un hecho valioso, y no como un error, cambia el eje desde el que te miras.
En fin, hablar de culpa y trauma es, en el fondo, hablar de cómo intentamos darle sentido a algo que nos dolió mucho. Y ese intento, aunque no sea fácil a veces, puede convertirse en el punto de partida para una relación más justa contigo, con lo que viviste y con lo que todavía quieres construir.


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