El trauma es una realidad en nuestras vidas, algo mucho más frecuente y común de lo que puede parecer. Su raíz etimológica proviene del griego, y significa “herida”. 

Tradicionalmente se lo considera como la consecuencia derivada de un evento, que genera desórdenes psíquicos o físicos que afectan al nivel de calidad de nuestras vidas. Sin embargo, un trauma no es una condena de por vida.

¿Qué es un trauma?

El trauma emocional es una "herida psicológica" que puede ser provocada por situaciones diversas, generalmente extraordinarias, inquietantes, abrumadoras y perturbadoras, que van más allá de las experiencias usuales.

Estas situaciones altamente estresantes englobarían desde grandes desastres naturales, guerras, accidentes, abusos…, “graves amenazas a la vida o a la integridad física, amenazas verdaderas o daños a los hijos, cónyuge, familiares, amigos; destrucción súbita del hogar, de la comunidad; presenciar la muerte o heridas graves de otra persona como resultado de un accidente o de un acto de violencia física” (DSM-5).

También puede llegar a abarcar experiencias aparentemente de menor trascendencia, tales como: una operación, una caída, un castigo, enfermedades graves, desprotección, humillaciones, cambio de roles en la familia, migración a otra ciudad o país… que también pueden ser vivenciadas de forma traumática.

De hecho, no es tanto la dimensión del evento en sí mismo lo que determina el daño producido, sino que sus efectos dependerán, además, de cada persona, de su historia y de su entorno afectivo, del momento evolutivo en el que se haya producido y de su reiteración a lo largo del tiempo (Labrador y Crespo, 1993; Sandín, 1989; Valdés y Flores, 1985; Lazarus y Folkman,1986, Labrador y Alonso, 2007).

Los efectos del trauma

El trauma, sin importar su origen, afecta de tal manera a la salud, a la seguridad y al bienestar de la persona, que ésta puede llegar a desarrollar creencias falsas y destructivas sobre sí misma y del mundo que la rodea.

En general, se considera como algo normal que ante determinados eventos reaccionemos con tristeza, ansiedad, enfado, irritabilidad, alteración del comportamiento, consumo de sustancias... durante un breve periodo de tiempo (Reijneveld, Crone, Verlhust y Verloove-Vanhorick, 2003, Dyregrow y Yule, 2006). Sin embargo, a veces, esas dificultades se vuelven tan intensas y duraderas, que provocan serios problemas en el funcionamiento personal y de adaptación psicosocial.

Para dar cuenta de estos fenómenos más intensos y dañinos, la clasificación de la OMS (CIE-10, 1992), propone una categoría de los trastornos provocados por estrés y traumas, en los cuales se incluye el TEPT Agudo y Crónico, los Transtornos de Adaptación y los Cambios Duraderos de Personalidad posteriores a una situación catastrófica.

Recuerdos bloqueados

Hay que tener en cuenta que no siempre somos capaces de recordar todo lo que nos ha pasado a lo largo de nuestras vidas, a veces memorias sobre hechos traumáticos quedan olvidadas o fragmentadas.

Según la corriente psicológica nacida con el psicoanálisis, se trata de fenómenos disociativos que imposibilitan recordar lo sucedido, que surgen como un mecanismo de defensa elaborado por nuestra psique, que nos proporciona una respuesta protectora natural a la arrolladora experiencia traumática, permitiéndonos salir adelante para sobrevivir (Kisiel y Lyons, 2001). Según estas hipótesis, el recuerdo no se perdería, sino que permanece en la memoria de forma latente e inaccesible, hasta que, gracias a un proceso terapéutico o bien a algún acontecimiento en la vida del sujeto éstas se recuperan espontáneamente de forma parcial o total (A.L. Manzanero y M. Recio, 2012).

La consideración de que se produzca un impacto tan fuerte que provoque cambios en la personalidad es de gran importancia para el estudio de la persona y de su desarrollo emocional, ya que situaciones adversas, cercanas y cotidianas, no sólo pueden determinar síntomas y alteraciones psicológicas, sino que llegan a comprometer el desarrollo completo de la personalidad.

Cuando aparecen durante la infancia y adolescencia

Las reacciones postraumáticas en la infancia y la adolescencia pueden expresarse con diferentes formas psicopatológicas (Copeland, Keeller, Angold y Costello et al., 2007).

Diversos estudios sobre situaciones de abuso en la infancia determinaron que las principales consecuencias psicológicas del trauma eran: depresión, ansiedad, odio hacia uno mismo, dificultad para modular la rabia, disociación, embotamiento, dificultades en la atención y la concentración, dificultad en el control de impulsos, abuso de sustancias, conductas autolesivas y comportamientos de riesgo, sumisión y dependencia, fuerte sensación de vulnerabilidad y peligro (Herman, 1992); revictimización, problemas interpersonales y en las relaciones íntimas, somatizaciones y problemas médicos, pérdida de confianza hacia otras personas, sentimientos de indefensión y desamparo, sexualización traumática, sensación de vergüenza y culpa (Finkelhor, 1988).

Estas personas presentan una gran desesperanza acerca del mundo y del futuro, creen que no encontrarán a nadie que las entienda o que entienda su sufrimiento, manteniendo un gran conflicto interno, con niveles de angustia elevados. Lo positivo surge cuando intentan encontrar a alguien que les ayude a recuperarse de su angusti, de sus preocupaciones somáticas y de su sensación de desesperación o desesperanza. (Amor, Echeburúa, Corral, Sarasua y Zubizarreta, 2001).

Características de las heridas psíquicas

La investigación científica sobre los traumas afirma que el hecho de expresar los propios sentimientos y los estados emocionales intensos de forma catártica permite afrontar situaciones difíciles, reduciendo la probabilidad de que surjan rumiaciones obsesivas y se incremente la actividad fisiológica (Penneba y Susman, 1988).

Además, se ha visto que el apoyo social, como por ejemplo hablar con un familiar o un amigo de un problema, es uno de los mecanismos mejor valorados para afrontar situaciones emocionales difíciles (Folkman y cols., 1986; Vázquez y Ring, 1992, 1996), además de amortiguar el propio estrés (Barrera, 1988). De hecho, la falta de personas próximas en las que confiar en circunstancias complicadas eleva radicalmente el riesgo de aparición de episodios depresivos en personas vulnerables (Brown y Harris, 1978).

La importancia de la actitud y la mentalidad

Las personas con una actitud optimista parecen manejar mejor los síntomas de enfermedades físicas como pueden ser el cáncer, enfermedades crónicas, la cirugía cardíaca... (Scheier y Carver, 1992), lo que parece deberse a que las estrategias usadas por estas personas suelen estar centradas más en el problema, en la búsqueda de apoyo social y encontrar los lados positivos de la experiencia estresante.

Por el contrario, las personas pesimistas se caracterizan por el empleo de la negación y el distanciamiento del agente estresor, centrándose más en los sentimientos negativos producidos por esa situación (Avía y Vázquez, 1998). De este modo, se va dibujando con mayor claridad un patrón de personalidad con tendencia a la buena salud que se caracteriza por el optimismo, la sensación de control y una buena capacidad de adaptación (Taylor, 1991).

El tratamiento

Realizar actividades desde la Arteterapia, como espacio de elaboración del hecho traumático, favorece la recuperación, facilita la reinserción social y la rehabilitación terapéutica mediante un proceso creativo.

Este tipo de técnicas promueven la expresión del propio sentir desde un lenguaje diferente que permite canalizar sensaciones, emociones y recuerdos sin empujar a la catarsis o al desbordamiento emocional, ofreciendo una nueva vía expresiva que escapa a las resistencias y al bloqueo verbal, favoreciendo el recuerdo y la construcción de un relato coherente que posibilite la comprensión de lo ocurrido. Esto permitirá a la víctima la integración de su experiencia, desde un ámbito seguro y libre de juicios (“Papeles de arteterapia y educación artística para la inclusión social”, Mónica Cury Abril, 2007).

Así pues, el trauma no tiene por qué ser una condena de por vida. Durante el proceso de sanación se puede generar una evolución renovadora, capaz de mejorar nuestra calidad de vida, convirtiéndose en una experiencia de transformación y metamorfosis (Peter A. Levine,1997).

La capacidad que tenemos los seres humanos de perdonar, de recomponernos, de seguir adelante, de prosperar, de iluminarnos, de superar pruebas y sucesos, de levantarnos y resurgir con una sonrisa triunfal al reencontrarnos con nuestra identidad, con el amor… es espectacular y sencillamente admirable.