Hablar de trauma infantil ya no es solo hablar de recuerdos dolorosos o de experiencias difíciles que “marcan carácter”. Desde hace años, la Psicología y las neurociencias vienen mostrando que las heridas de la infancia dejan huellas profundas, medibles y duraderas, que afectan tanto a la mente como al cuerpo. Y lo más interesante es que esas huellas no son solo psicológicas: también son biológicas.
En este artículo vamos a recorrer cómo funciona el trauma infantil desde una mirada integradora, combinando aprendizaje emocional, cambios cerebrales y procesos fisiológicos. Todo con un tono cercano, pero sin perder el rigor que este tema merece.
¿Qué entendemos por trauma en la infancia?
No toda experiencia difícil es traumática. En Psicología, hablamos de trauma cuando un niño o niña se ve expuesto de forma repetida o intensa a situaciones que superan su capacidad de afrontamiento y regulación emocional. Abuso, negligencia, violencia familiar, acoso, pérdidas tempranas o contextos de inseguridad constante son ejemplos frecuentes.
El problema no es solo lo que ocurre, sino cuándo ocurre. El cerebro infantil está en pleno desarrollo, y necesita entornos suficientemente seguros para organizar funciones básicas como la regulación emocional, la percepción de amenaza o la construcción de la identidad. Cuando ese entorno falla, el sistema nervioso aprende a sobrevivir antes que a vivir.
El cuerpo también recuerda: trauma y metabolismo
Durante mucho tiempo se pensó que el trauma era algo “mental”. Sin embargo, investigaciones recientes están desmontando esa idea. Un estudio publicado en Biological Psychiatry mostró que adultos que habían sufrido trauma en la infancia presentaban, décadas después, un patrón específico de alteraciones en su metaboloma.
El metaboloma es el conjunto de pequeñas moléculas que circulan por nuestro organismo y reflejan en tiempo real cómo está funcionando el cuerpo. Azúcares, aminoácidos, lípidos y otros compuestos actúan como una especie de huella química de nuestros procesos biológicos. Lo sorprendente es que estas huellas parecen guardar memoria del trauma temprano.
Cuanto mayor era la severidad del trauma, más marcados eran los cambios metabólicos. Esto sugiere que la adversidad temprana no solo aumenta el riesgo psicológico, sino que también puede predisponer a enfermedades físicas como problemas cardiovasculares, inflamación crónica o alteraciones metabólicas. El cuerpo, literalmente, aprende a vivir en estado de alerta.
Aprender a temer: trauma y condicionamiento del miedo
Otra pieza clave para entender el trauma infantil está en cómo se aprende el miedo. Un estudio longitudinal publicado en Psychological Medicine mostró que niños expuestos a violencia desarrollan respuestas fisiológicas más intensas ante estímulos amenazantes, incluso cuando esos estímulos no son objetivamente peligrosos.
Este tipo de aprendizaje del miedo es especialmente relevante porque se asocia con el desarrollo posterior de síntomas de estrés postraumático. El sistema nervioso aprende que el mundo es impredecible y peligroso, y actúa en consecuencia. El problema es que este aprendizaje, adaptativo en contextos hostiles, se vuelve desadaptativo cuando la persona crece.
Desde fuera, estas reacciones pueden parecer exageradas. Desde dentro, son respuestas automáticas, profundamente arraigadas, que no pasan por la reflexión consciente. Aquí es donde muchas personas dicen frases como “sé que no tiene sentido, pero no puedo evitar sentirlo”.
Cambios en el cerebro en desarrollo
Las huellas del trauma infantil también pueden observarse en el cerebro. Estudios de neuroimagen han encontrado reducciones en el volumen y la superficie cortical en personas que han sufrido trauma temprano. En concreto, se han identificado cambios en áreas relacionadas con la percepción corporal, el movimiento y la integración sensorial.
Estas regiones no solo participan en funciones motoras, sino también en cómo sentimos el cuerpo, procesamos la amenaza y nos relacionamos con el entorno. Cuando el desarrollo cerebral ocurre bajo estrés crónico, algunas conexiones se refuerzan en exceso y otras quedan infrautilizadas. El resultado es un cerebro muy eficaz para detectar peligro, pero menos flexible para la calma, la reflexión o la conexión emocional.
Esto ayuda a entender por qué el trauma infantil no solo se manifiesta como recuerdos intrusivos, sino también como dificultades para relajarse, problemas de identidad, disociación o sensación de desconexión corporal.
De la herida al síntoma: un modelo integrador
Si juntamos todas estas piezas, el panorama se vuelve más claro. El trauma infantil no es un evento aislado que “se supera” con el tiempo, sino un proceso que moldea sistemas enteros: el aprendizaje emocional, el cerebro y la fisiología.
Las heridas tempranas pueden dar lugar a síntomas muy diversos: ansiedad, depresión, problemas relacionales, somatizaciones.... No porque la persona esté rota, sino porque su sistema aprendió estrategias de supervivencia que ya no encajan con el presente.
Desde esta perspectiva, la intervención psicológica no consiste en borrar el pasado, sino en actualizar esos aprendizajes. Ayudar al sistema nervioso a diferenciar el “entonces” del “ahora” es uno de los grandes retos (y también una de las grandes posibilidades) de la terapia.
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Psicóloga Desirée Infante
Psicóloga Desirée Infante
Psicologia y neuropsicologia
Mirar el trauma con otros ojos
Entender cómo funciona el trauma relacionado con heridas de la infancia cambia profundamente la mirada clínica. Deja de tratarse de “síntomas que hay que eliminar” y pasa a ser una historia que necesita ser comprendida, regulada y resignificada mediante un proceso de psicoterapia.
La investigación actual nos recuerda algo esencial: el trauma no vive solo en la mente. Vive en el cuerpo, en el cerebro y en los patrones automáticos que guían nuestra forma de estar en el mundo. Y precisamente por eso, también puede transformarse cuando se dan las condiciones adecuadas de seguridad, vínculo y profesionalidad.


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