Te das cuenta de que algo ha cambiado, aunque no sabes muy bien cuándo empezó. Antes podías hablar con tu hijo o hija adolescente sin demasiadas barreras, pero ahora parece que siempre hay una pantalla de por medio.
Las respuestas son cortas, las conversaciones se acaban rápido y, cuando intentas poner límites con los videojuegos, todo se empieza a poner tenso y no sabes muy bien qué hacer con ello.
Más allá de un tema de ocio, temes ante lo que ocurre porque sientes que la relación se enfría y que cada intento de acercarte genera más distancia. Y, sí, es totalmente comprensible que eso te preocupe. Hoy hablaremos de cómo el uso excesivo de los videojuegos en los adolescentes a veces afecta la relación con sus padres y qué se puede hacer al respecto.
Qué hay detrás del uso intensivo de videojuegos en adolescentes
Hablar de videojuegos no es hablar de algo negativo en sí mismo. De hecho, pueden aportar bastante, ya que, por un lado, estimulan la atención, la toma de decisiones, la creatividad y, en muchos casos, el contacto social. Muchos adolescentes encuentran en los juegos online un espacio donde se sienten competentes, valorados y conectados con otras personas.
Pero, ojo, porque no todo es tan simple. Algunos juegos están diseñados para mantener la atención el mayor tiempo posible. Y esto pasa porque utilizan recompensas constantes, retos progresivos y dinámicas que activan el sistema de recompensa del cerebro. Todo aquello hace que, en ciertos casos, el adolescente necesite jugar cada vez más para sentir el mismo nivel de satisfacción.
Se estima que alrededor de un 10 % de adolescentes desarrolla un uso problemático que puede empeorar con el tiempo. No ocurre en todos los casos, claro, pero sí es lo suficientemente frecuente como para prestar atención. Además, hay perfiles más vulnerables, como quienes presentan ansiedad, dificultades sociales o problemas de atención.
Por eso, más que demonizar los videojuegos, conviene entender el contexto: qué función cumplen en la vida del adolescente y qué está pasando fuera de la pantalla.
Señales de que el uso de videojuegos puede ser problemático
Cuando se habla de uso problemático, no se trata únicamente de cuántas horas juega un adolescente, sino que tiene más que ver con el impacto que ese uso tiene en su vida diaria.
Al principio puede pasar desapercibido. Un poco más de tiempo jugando, alguna discusión puntual, cambios pequeños en la rutina. Pero con el tiempo, ciertas señales se vuelven más claras y repetidas.
También es importante mirar el conjunto. Una señal aislada no indica necesariamente un problema, pero si varias de ellas siguen presentándose en el tiempo es importante prestar atención. Aquí te mostramos algunas de las más frecuentes:
- Irritabilidad intensa cuando no puede jugar.
- Descuidar estudios, responsabilidades o actividades cotidianas.
- Pérdida de interés por hobbies que antes le gustaba mucho.
- Decir mentiras sobre el tiempo dedicado al juego.
- Alteraciones en el sueño por jugar hasta tarde.
- Aislamiento social fuera del entorno digital.
- Usar el juego como una forma de evadir sus emociones.
- Dificultad para parar incluso cuando quiere hacerlo.
- Cambios marcados en el estado de ánimo cuando juega (y cuando no).
Cómo afecta esta situación a la relación entre padres y adolescentes
Cuando el uso de videojuegos se vuelve problemático, no solo afecta al adolescente, sino que la relación familiar también empieza a sufrir las consecuencias, porque pueden entrar en juego emociones intensas, malentendidos y luchas de poder. Por ejemplo, en muchos casos ocurre lo siguiente:
Se refuerza el distanciamiento emocional
El adolescente pasa más tiempo en su mundo digital y menos en la convivencia familiar. Poco a poco, es probable que la conexión emocional se debilite y que las conversaciones sean cada vez menores o más superficiales.
Los padres pueden sentirse desbordados o desconfiados
No siempre es fácil saber cómo actuar. A veces se alterna entre la rigidez y la permisividad, lo que aumenta la sensación de no tener una estrategia clara. Además, cuando el adolescente oculta información o miente sobre el tiempo de uso, los padres empiezan a desconfiar. Esto puede generar un clima tenso que, al final, afecta a todo lo demás.
1. El adolescente se siente incomprendido
Puede que, en la mente del joven, no haya nada malo en querer divertirse y pasar tiempo frente a la pantalla. Entonces, cuando siente que su afición es criticada o minimizada, puede cerrarse más. Esto dificulta cualquier intento de acercamiento.
1. Las discusiones se vuelven frecuentes
Los intentos de poner límites, a veces, pueden acabar en conflicto. El adolescente siente que le quitan algo importante, mientras los padres perciben que han perdido el control de la situación.

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Qué hacer si tu hijo o hija dedica un tiempo excesivo a los videojuegos
Cuando esta situación aparece, es normal sentir preocupación e incluso frustración. Pero actuar desde el enfado o el miedo no suele ayudar, por lo que es más útil adoptar una postura firme, pero cercana.
Para conseguir un equilibrio, puedes comenzar con algunas estrategias como las siguientes:
- Interésate por lo que juega: pregunta, observa y deja que te explique. Eso puede ayudar a reducir la distancia y mejorar la comunicación.
- Fija límites claros y coherentes: define horarios y normas concretas, y mantenlas en el tiempo sin cambios constantes.
- Prioriza otras actividades: fomenta deporte, encuentros sociales y tiempo en familia para ampliar su mundo fuera de la pantalla.
- Evita las discusiones constantes: elige bien cuándo hablar y busca momentos tranquilos, no justo después de un conflicto.
- Sé ejemplo con el uso de pantallas: tu propia relación con el móvil o la tecnología influye más de lo que parece.
- Refuerza lo positivo: reconoce cuando cumple acuerdos o gestiona bien su tiempo. Eso puede motivar más que el hecho de siempre castigar.
- Busca ayuda profesional si es necesario: si la situación se sale de control o hay mucho malestar, contar con apoyo especializado puede orientar mejor el proceso.


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