Deslizar el dedo por la pantalla parece un gesto neutro, casi automático. Sin embargo, en ese movimiento se mezclan mensajes que influyen más de lo que parece.
El consumo de drogas aparece en redes sociales como algo asociado a diversión, éxito o pertenencia a un grupo. Esa narrativa no suele incluir consecuencias ni matices, y ahí está el punto delicado.
Investigaciones recientes muestran que la exposición constante a este tipo de contenido puede cambiar la percepción del riesgo, sobre todo en personas jóvenes, que todavía están construyendo su mirada sobre el mundo y sobre sí mismas.
Los contenidos sobre drogas en redes sociales: contexto y alcance
Para entender el impacto, conviene mirar primero qué tipo de mensajes circulan. En plataformas como Instagram, TikTok o Snapchat aparecen videos y fotos donde el consumo se asocia a fiestas, amistades y momentos agradables.
Los algoritmos refuerzan este patrón porque priorizan lo que genera interacción, y ese tipo de contenido suele recibir muchos “me gusta” y comentarios. Sin embargo, casi nunca se muestran efectos secundarios, problemas de salud o situaciones de riesgo, ya que no encajan con el formato rápido y estético de las redes.
Además, no todo viene de personas desconocidas. Muchas veces son amistades, figuras públicas o creadores de contenido quienes comparten estas imágenes. Esa cercanía hace que el mensaje se perciba como más fiable, porque proviene de alguien que parece real y accesible.
A esto se suma la publicidad encubierta de alcohol, vapeadores u otras sustancias, que no siempre se identifica como anuncio. Todo este conjunto crea una visión parcial del consumo, donde lo atractivo ocupa casi todo el espacio y lo problemático queda fuera del encuadre.
Cómo influye la exposición a contenidos sobre drogas en las redes sociales
La influencia no suele ser inmediata ni directa, sino acumulativa. Ver una y otra vez escenas donde el consumo se presenta como algo normal reduce la percepción de peligro, porque el cerebro se acostumbra a esa imagen.
Estudios del Centro Nacional de Adicción y Abuso de Sustancias de la Universidad de Columbia mostraron que adolescentes con uso diario de redes tenían más probabilidades de acceder a tabaco, alcohol y marihuana que quienes las usaban menos. Esa diferencia surge de un entorno que refuerza ciertas conductas.
Otro punto importante es la validación social. Los “me gusta” y comentarios funcionan como señales de aprobación. Cuando una publicación sobre consumo recibe atención positiva, el mensaje implícito es que esa conducta tiene valor social.
En etapas donde el sentido de pertenencia pesa tanto, esto puede empujar a imitar lo que se ve, ya que nadie quiere quedarse fuera del grupo. El llamado FOMO, ese miedo a perderse algo, actúa como motor silencioso de muchas decisiones.
También entra en juego la salud emocional. La comparación constante con vidas editadas y felices puede aumentar la ansiedad y la sensación de insuficiencia. Algunos estudios indican que cerca del 27 % de jóvenes que pasan más de tres horas diarias en redes muestran indicadores de malestar psicológico.
En ese contexto, las drogas aparecen como una vía rápida para aliviar tensión o desconectar, aunque el alivio sea breve y traiga otros problemas después.
Por último, está el acceso. Las redes no solo muestran, también facilitan contactos. Informes de organismos internacionales advierten que vendedores utilizan códigos, emojis y perfiles falsos para ofrecer sustancias, incluso a menores. Esto reduce barreras y aumenta el riesgo, porque el mensaje deja de ser solo visual y pasa a ser una invitación directa.
Recomendaciones para reducir el impacto y cuidar la salud emocional
Saber cómo circula este contenido es un primer paso, pero no el único. También importa qué se hace con lo que se ve y cómo se gestionan sus efectos. Estas son algunas de las cosas que se pueden hacer:
1. Informarse sobre cómo funcionan los algoritmos
Entender que las redes muestran más de lo que genera interacción ayuda a tomar distancia. No todo lo que aparece es representativo de la realidad, porque hay un filtro que prioriza lo llamativo. Tener esto claro reduce la sensación de que “todo el mundo lo hace”.
2. Cuestionar el contenido antes de asumirlo
Vale la pena detenerse un momento y preguntarse qué no se está mostrando. Si solo aparecen risas y momentos agradables, es porque las consecuencias no suelen generar likes. Este ejercicio de análisis fortalece el pensamiento crítico y baja la idealización.
3. Cuidar el tiempo de exposición
Pasar muchas horas seguidas en redes aumenta la probabilidad de encontrarse con este tipo de mensajes. Poner límites razonables, como horarios o pausas, ayuda a que el contenido no domine el estado de ánimo ni las decisiones.
4. Atender las señales emocionales
Si el consumo aparece como una forma de manejar ansiedad, tristeza o aburrimiento, conviene mirar qué está pasando a nivel emocional. Trabajar esas sensaciones con apoyo profesional o actividades que aporten bienestar reduce la necesidad de buscar alivio rápido.
Para madres, padres y personas cuidadoras:
Dialogar sin vigilancia excesiva
En el caso de adolescentes, la comunicación abierta funciona mejor que el control constante. Hablar sobre lo que circula en redes, explicar riesgos reales y escuchar sin ju zgar crea un clima donde es más fácil pedir ayuda o contar lo que preocupa.
Informarse sobre recursos de prevención y emergencia
Conocer opciones de apoyo, líneas de orientación y medidas de emergencia, como el uso de naloxona en contextos de opioides, aporta tranquilidad y preparación. No se trata de vivir con miedo, sino de tener información clara y accesible.

Clínicas Cita
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Centro de tratamiento psicológico
La exposición a contenidos sobre drogas en redes sociales no actúa sola, pero sí influye de forma constante. Entender cómo funciona ese entorno digital, hablar del tema sin dramatismos y cuidar la salud emocional son pasos alcanzables que ayudan a tomar decisiones más conscientes, incluso cuando el scroll parece no terminar nunca.


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