Vivimos rodeados de mensajes que nos invitan a avanzar, mejorar, aprovechar el tiempo y convertirnos en una versión cada vez mejor de nosotros mismos. Tener objetivos puede proporcionarnos dirección y motivación, pero también plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando nunca sentimos que hemos hecho suficiente? En una cultura que celebra el éxito y muestra constantemente vidas aparentemente satisfactorias, aprender a convivir con el fracaso, los límites y las emociones desagradables se convierte en una cuestión especialmente relevante.
Éxito, autoexigencia y bienestar: una conversación con Fátima Izquierdo
De todo esto vamos a hablar con Fátima Izquierdo, psicóloga y formadora en el Instituto Europeo de Psicología Positiva (IEPP). A lo largo de su trayectoria profesional ha trabajado también como psicooncóloga con adultos, niños, adolescentes y sus familias, y está especializada en ansiedad y depresión, desarrollo personal, gestión de emociones y counselling emocional. Su formación incluye, entre otras especializaciones, un máster en Terapia Cognitivo-Conductual-Social, otro en Psico-Oncología y formación en terapias contextuales y de tercera generación.
1. ¿En qué momento perseguir objetivos y querer mejorar deja de ser algo saludable y empieza a convertirse en una fuente constante de presión?
Querer avanzar, aprender o conseguir cosas forma parte de una vida saludable. El problema aparece cuando el objetivo deja de ser una dirección y se convierte en una medida de nuestro valor. Desde la Psicología Positiva no hablamos de renunciar a la ambición, sino de ampliar la mirada. Una persona puede tener metas exigentes y, al mismo tiempo, conservar descanso, relaciones, disfrute y sentido.
La señal de alarma aparece cuando todo queda condicionado al «cuando consiga esto». Cuando nunca hay llegada, solo siguiente etapa. Ahí la meta deja de ayudarnos a vivir y empieza a ocupar demasiado espacio en nuestra vida.
2. ¿Qué entendemos por «dictadura de la felicidad» y cómo puede afectar psicológicamente la idea de que deberíamos sentirnos bien casi todo el tiempo?
Es una idea muy poco realista: pensar que una vida buena es una vida en la que estamos bien casi siempre. No funciona así. La felicidad, bien entendida, no propone eliminar las emociones desagradables. El miedo, la tristeza, la frustración o la rabia cumplen funciones. Nos informan de pérdidas, amenazas, límites o necesidades.
Cuando, además de sentirnos mal, pensamos que no deberíamos sentirnos así, añadimos una segunda capa de sufrimiento: «Estoy triste y, encima, estoy haciendo algo mal por estar triste». El bienestar psicológico no consiste en sentirse bien permanentemente, más bien en poder afrontar momentos difíciles desde la resiliencia, sin interpretar automáticamente que nuestra vida está mal.
3. ¿Por qué algunas personas tienen dificultades para disfrutar de un logro y, nada más alcanzarlo, empiezan a pensar en el siguiente objetivo?
Porque nuestro cerebro se adapta muy rápido a lo conseguido. Aquello que durante meses parecía extraordinario puede convertirse en normal poco después de alcanzarlo. Y si hemos aprendido a obtener reconocimiento, seguridad o autoestima sobre todo a través del rendimiento, necesitamos enseguida otra meta.
Por eso es importante algo que hacemos poco: parar y registrar. Reconocer lo que hemos conseguido, qué recursos hemos utilizado, quién nos ha ayudado, qué hemos aprendido y qué queremos conservar de ese proceso. Celebrar un logro no significa acomodarse. Significa permitir que nuestro cerebro lo incorpore antes de empezar otro objetivo.
4. ¿Hasta qué punto hemos vinculado socialmente el valor personal con la productividad, el éxito profesional o la capacidad de alcanzar determinadas metas?
Preguntamos qué haces, cuánto produces, qué has conseguido, dónde trabajas. Y resulta fácil acabar confundiendo «lo que hago» con «lo que valgo». La realidad es que el rendimiento fluctúa. Nuestra salud cambia, el mercado cambia, tenemos pérdidas, etapas familiares difíciles o simplemente momentos en los que no podemos funcionar igual. Si toda nuestra identidad descansa sobre una única columna —el éxito profesional—, cualquier contratiempo amenaza al edificio entero.
Una identidad psicológicamente más sólida tiene más apoyos: relaciones, valores, fortalezas, intereses, contribución, aprendizaje, pertenencia. El trabajo puede ser una parte importante de nosotros, pero no debería ser toda nuestra definición.
5. ¿Qué consecuencias puede tener intentar rechazar, esconder o corregir continuamente emociones como la tristeza, la frustración, la rabia o el miedo?
Que acabamos peleándonos con una parte más de nuestra experiencia. Las emociones desagradables no son errores del sistema. Tienen información. El miedo puede advertirnos de un riesgo. La rabia puede señalar un límite vulnerado. La tristeza aparece muchas veces asociada a una pérdida. La frustración nos informa de una distancia entre lo que esperábamos y lo que está ocurriendo.
Esto no significa dejarnos arrastrar por cualquier emoción. Significa escucharla antes de decidir qué hacemos con ella. Regular una emoción no es borrarla. Es poder sentirla sin que tenga que gobernar todo nuestro comportamiento.
6. Las redes sociales nos exponen constantemente a historias de éxito y vidas aparentemente satisfactorias. ¿Cómo influye esta comparación en nuestra percepción de lo que significa «ir bien» en la vida?
Las redes generan una comparación especialmente injusta: solemos comparar nuestra vida completa con una selección de momentos de la vida de los demás. Nosotros conocemos nuestras dudas, discusiones, cansancio, errores y miedos. Del otro vemos el ascenso, el viaje, la pareja sonriente o el proyecto que ha funcionado.
El problema no está solo en comparar. Los seres humanos siempre nos hemos comparado. El aspecto importante es la frecuencia y el tipo de referencia. Si estamos expuestos continuamente a personas excepcionales, nuestra idea de lo normal empieza a deformarse. Conviene preguntarse de vez en cuando: «¿Estoy evaluando mi vida con mis propios criterios o con los indicadores que veo repetidos en una pantalla?».
7. ¿Cómo podemos diferenciar una ambición saludable de una autoexigencia en la que nunca parece suficiente lo conseguido?
Una ambición saludable admite flexibilidad. Puedo querer algo mucho y seguir sintiendo que mi vida tiene valor aunque tarde más, cambie de opinión o incluso no lo consiga. La autoexigencia rígida funciona de otra manera, vinculada a afirmaciones categóricas: «Tengo que conseguirlo», «debería estar más lejos», «esto todavía no es suficiente».
También hay otra diferencia importante: la ambición saludable puede convivir con el disfrute. La autoexigencia suele aplazarlo constantemente. Podemos preguntarnos: «¿Esta meta está ampliando mi vida o la está estrechando?». Es una pregunta sencilla, pero bastante reveladora.
8. Cuando no alcanzamos un objetivo importante, ¿cómo podemos gestionar la frustración sin interpretar ese fracaso como una prueba de nuestro propio valor?
Separando tres cosas que tendemos a mezclar: resultado, conducta e identidad. Puedo haber obtenido un mal resultado. Puedo haber cometido errores. Pero ninguna de esas dos cosas equivale a «soy un fracaso».
Después de un revés, resulta más útil preguntarnos qué dependía de nosotros, qué no dependía de nosotros, qué podemos aprender y qué recursos seguimos teniendo disponibles. La Psicología Positiva trabaja con las fortalezas de la persona precisamente por eso: no para convencernos de que somos maravillosos, sino para recordar que una persona es bastante más que el último resultado que ha obtenido.
9. ¿Puede el discurso del pensamiento positivo terminar culpabilizando a las personas por sentirse mal ante situaciones objetivamente difíciles?
Decirle a alguien que está atravesando una enfermedad, un duelo, un despido o una situación familiar complicada que «todo depende de su actitud» puede ser profundamente injusto. Nuestra actitud influye, pero no controla la realidad. Hay circunstancias dolorosas, desigualdades, pérdidas y problemas objetivos que no desaparecen por pensar de otra manera.
Desde la Psicología se estudian los recursos que pueden ayudarnos a vivir mejor, afrontar dificultades o encontrar sentido, pero eso es muy distinto de responsabilizar a una persona de todo lo que le ocurre porque supuestamente no ha pensado suficiente en positivo.
10. ¿Cómo podemos construir una relación más sana con el éxito y la felicidad, en la que haya espacio también para el fracaso, la incertidumbre y las emociones desagradables?
Creo que empezando por abandonar una idea: que una buena vida es una vida sin malestar. Una vida psicológica y emocionalmente rica contiene alegría y tristeza, seguridad e incertidumbre, logros y pérdidas, momentos de crecimiento y momentos en los que tenemos que resistir.
Podemos cuidar nuestras metas, pero también nuestros vínculos. Desarrollar nuestras fortalezas, pero aceptar nuestros límites. Buscar experiencias positivas sin convertirlas en una obligación. Y, sobre todo, dejar de preguntarnos de forma constante si somos suficientemente felices.
Paradójicamente, cuando dejamos de exigirnos estar bien todo el tiempo, suele aparecer más espacio para estar bien de verdad.




-small.jpg)





