El estrés suele ser un concepto que asociamos a lo negativo, a una experiencia incómoda en que nos gustaría dejar atrás cuanto antes para volver a un estado de calma. Sin embargo, esta es una visión demasiado simplista de esta cuestión.

Y es que si el estrés existe, es por algo. Se trata del producto de millones de años de evolución, a lo largo de los cuales un fenómeno tan importante como nuestros mecanismos de activación del sistema nervioso no podría haber quedado al margen de la selección natural. De hecho, el estrés existe en una gran cantidad de animales, lo cual indica su importancia para la supervivencia.

Pero... ¿cuál es la parte buena del estrés, exactamente? Lo veremos a lo largo de este artículo.

Los aspectos positivos del estrés: canalizando energía para lograr metas

El estrés está basado en una serie de mecanismos biopsicológicos que nos predisponen a estar más activados en determinadas circunstancias, más preparados para reaccionar cuanto antes a lo que ocurra a nuestro alrededor.

Esto conlleva un sentimiento de estar “en tensión”, porque cuando estamos estresados, notamos como si no pudiésemos descansar con la consciencia tranquila hasta que no hayamos atendido una necesidad o alcanzado un objetivo, lo cual lleva a muchas personas a asumir que el estrés es algo malo.

Pero si bien en algunas ocasiones concretas el estrés puede llegar a ser excesivo, o a predisponernos a desarrollar hábitos poco sanos (darnos atracones de comida, fumar etc.), en la mayoría de los casos, tiene un potencial que hay que saber aprovechar bien. Y es que si gestionamos del modo adecuado este impulso de emociones y sentimientos, estaremos contribuyendo a que nos acerque a nuestros objetivos.

Y en esto consiste precisamente el potencial positivo del estrés; sus diferentes maneras de alinearnos con una serie de objetivos que pasan a ocupar un espacio importante en nuestra consciencia, lo cual es una oportunidad para ser consecuentes con eso y darles prioridad no solo en nuestro pensamiento, sino también en nuestras acciones. Por ello, la parte buena del estrés puede ser dividida en los siguientes beneficios.

1. Implica una fuente de motivación

El estrés es un recordatorio constante de que hay una serie de tareas a realizar; solo por eso, ya nos protege del factor “olvido”. Para lo bueno y para lo malo, el estrés nos obliga a posicionarnos ante la perspectiva de realizar una acción que es importante para nosotros, y eso aumenta mucho las probabilidades de que la terminemos realizando.

2. Nos abre la mente a nuevas posibilidades

El estrés hace que pensemos a través de una perspectiva diferente a la que adoptamos en situaciones normales; nos vuelve más propensos a probar cosas nuevas si eso sirve para dar respuesta a nuestra necesidad de hacer determinada acción. Por ello, nos ayuda a realizar descubrimientos “accidentales”, a los que no nos habríamos expuesto en situaciones normales.

3. Bien gestionado, nos da pie a estructurar nuestras tareas

Secuenciar nuestras acciones a través de una pauta de tareas en la que una responsabilidad sigue a la siguiente es uno de los métodos más eficaces para gestionar el estrés, y esto es algo que no solo sirve para aliviar esa “tensión”, sino que además nos ayuda a avanzar de manera eficiente y productiva.

Si bien es cierto que el estrés puede llevarnos también a no querer iniciar esa cadena de tareas, quienes lo han probado saben que es una manera de aliviar el malestar que funciona, y una vez nos hemos familiarizado con esa estrategia, tenemos muchas más probabilidades de recurrir a ella cuando el estrés actúe otra vez como detonante.

4. Nos ayuda a detectar oportunidades

El estrés no solo sirve para detectar rápidamente señales de peligro; también permite identificar oportunidades, ocasiones que nos dolería dejar pasar porque nos pueden ayudar a mejorar. Quienes canalizan bien su estrés, logran que esto actúe como un embudo de buena suerte, dado que no pierden ocasión para posicionarse en un lugar favorable ante los giros de fortuna que da la vida.

5. Nos lleva a tomar los mandos

Cuando sentimos estrés, aumentan nuestras ganas de encargarnos nosotros mismos de realizar las responsabilidades a atender, en vez de dejarlas en manos de otros. Esta necesidad de control puede darnos pe no solo a obtener resultados mejores, sino que además es un motor para nuestro propio aprendizaje, dado que nos expone a retos nuevos.

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Tal y como hemos visto, el estrés puede ser una fuente de motivación que nos lleve a salir de la zona de confort e involucrarnos en tareas de un modo más productivo. De hecho, a veces esas tareas tienen que ver con actividades que no haríamos normalmente, de manera que hacemos uso de nuestro potencial creativo.

Sin embargo, para lograr aprovechar esas habilidades latentes en uno mismo hay que acostumbrarse a adoptar una mentalidad constructiva ante el manejo del estrés, y esto es algo que no se logra simplemente leyendo; es necesario cambiar de hábitos y aplicar estrategias de gestión emocional a nuestro día a día.

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Referencias bibliográficas:

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