Todos hemos visto alguna vez una ilusión óptica y nos hemos maravillado descubriendo sus curiosos efectos en nuestra percepción.

Una de las que más ponen a prueba nuestras capacidades de discernir entre lo real y lo irreal es aquella que utiliza el llamado efecto Thatcher. Exploraremos el origen de esta ilusión óptica y cuáles son las claves para que produzca esa distorsión cuando la vemos.

¿Qué es el efecto Thatcher?

Hablar del efecto Thatcher es hablar de una de las ilusiones ópticas más conocidas. Se trata de un fenómeno por el cual, si modificamos la imagen de un rostro humano, volteándolo 180º (es decir, de ariba a abajo), pero manteniendo en posición normal tanto los ojos como la boca, la persona que lo ve no es capaz de apreciar nada raro en la imagen (o bien detecta algo extraño, pero no llega a saber el qué), reconociendo sin problemas la cara, si es que es de alguien famoso o conocido.

Lo curioso es que cuando se gira la fotografía y se pone de nuevo en su posición estándar, quedando, esta vez sí, tanto ojos como boca en su posición opuesta, entonces sí provoca un potente efecto de rechazo en la persona que la está viendo, dándose cuenta inmediatamente de que hay algo inquietante en la imagen, que no está como debería ser un rostro normal.

Pero, ¿por qué se llama efecto Thatcher, o ilusión Thatcher? La explicación es muy sencilla. Cuando Peter Thompson, profesor de Psicología, estaba haciendo experimentos modificando rostros de fotografías para un estudio sobre percepción, descubrió casualmente este curioso fenómeno, y una de las primeras fotografías que utilizó fue la de, por aquel entonces, la Primera Ministra del Reino Unido, que no era otra que Margaret Thatcher.

En cualquier caso, el efecto Thatcher es una de las ilusiones ópticas más populares, y es muy común ver en internet imágenes de diferentes celebridades alteradas con este efecto para sorprender a las personas que las observan con esta peculiar alteración de la percepción.

Causas

Ya sabemos en qué consiste el efecto Thatcher. Ahora vamos a profundizar en los procesos que permiten que esta ilusión óptica tenga lugar. La clave de todo este asunto residiría en los los mecanismos que utiliza nuestro cerebro para identificar los rostros, y que hemos ido adquiriendo evolutivamente. Contamos con dos sistemas de percepción visual para reconocer elementos en general.

Uno de ellos identifica los objetos (y los rostros) como un todo, a partir del esquema que conforman todas sus partes. Una vez identificadas, lo que nuestro cerebro hace es compararlo con la base de datos mental que tenemos y así logramos identificarlo, si es que lo conocemos. El otro, por el contrario, se focalizaría en cada elemento independiente del objeto (o de la cara), tratando de identificar la imagen global a través de sus pequeñas partes.

En el caso del efecto Thatcher, la clave estaría en que, cuando volteamos la imagen, el primer sistema deja de funcionar, pues la disposición invertida de la fotografía hace que nos sea imposible identificar la imagen por esa vía. Es cuando entra en juego el segundo sistema, que va analizando los elementos (la boca, los ojos, la nariz, el pelo, etc.) individualmente.

Es entonces cuando se produce la ilusión óptica, ya que, aunque unos estímulos están en su posición normal y otros están volteados, individualmente no presentan anomalías, por lo que se integran en una única imagen, facilitando así que nuestro cerebro la identifique como un rostro normal, solamente que boca abajo.

En cuanto giramos la imagen y la ponemos en su posición habitual, quedando esta vez al revés ojos y boca, se activa de nuevo el primer sistema de identificación y hace saltar las alarmas al comprobar inmediatamente que esa imagen, tal y como la estamos viendo, es imposible. Algo no encaja, y enseguida somos conscientes de ello, por lo que desaparece el efecto Thatcher.

Además, ocurre otro curioso efecto, y es que si tenemos la imagen con los elementos del efecto Thatcher aplicados (boca y ojos del revés), en posición normal, y comenzamos a girarla muy despacio, llega un punto exacto en el que dejamos de percibir la anomalía, consiguiendo engañar de nuevo a nuestro cerebro.

Prosopagnosia

Hemos visto que el efecto Thatcher es posible debido a la forma en que funciona nuestro sistema cerebral para poder identificar rostros. Pero, ¿qué ocurre entonces con las personas que tienen esta función alterada? Esta patología existe, y se conoce como Prosopagnosia. La imposibilidad de reconocer caras, así como otras alteraciones perceptivas de lo más variadas, han sido exploradas en la obra de Oliver Sacks, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.

Se ha comprobado que las personas que sufren de prosopagnosia y, por lo tanto, no reconocen los rostros ni siquiera de sus seres más queridos, no se ven afectados por el efecto Thatcher, pues en ellos no funciona el sistema de reconocimiento y comparación que mencionábamos antes, y por lo tanto se dan cuenta mucho antes de que hay elementos volteados que una persona que no esté afectada por esta patología.

En el punto anterior comentábamos que, si se giraba despacio la imagen modificada, desde su disposición normal hacia la posición volteada, había un momento, a medio camino, en que se presentaba el efecto Thatcher repentinamente, dejando de tener esa sensación de elementos extraños ante la boca y los ojos. Sin embargo, las personas con prosopagnosia no experimentan este fenómeno, y ellos pueden continuar girando la imagen hasta darle la vuelta por completo sin sentir el efecto Thatcher.

Animales

Pero, ¿es el efecto Thatcher un fenómeno exclusivo de los seres humanos? Podríamos pensar que sí, dado que el reconocimiento de caras es una habilidad más desarrollada en nuestra especie que en ninguna otra, pero lo cierto es que no, no es exclusivo de los humanos. Se han realizado diferentes estudios con diferentes tipos de primate (concretamente con chimpancés y macacos rhesus) y los resultados son concluyentes: también caen en el efecto Thatcher.

Al presentarles imágenes de rostros de individuos de su propia especie, con las partes de la boca y de los ojos al revés de su posición habitual, no se notaron variaciones en las respuestas atencionales respecto de aquellas sin los elementos del efecto Thatcher, lo que ya hacía presagiar que, efectivamente, no estaban dándose cuenta de las partes que se habían volteado.

Sin embargo, al dar la vuelta a las imágenes y colocarlas rectas, quedando entonces invertidos los ojos y la boca, sí que se produjo una mayor atención hacia esas imágenes, lo que demostraba que de alguna manera percibían la anomalía, cosa que no estaba ocurriendo en la primera fase del estudio, cuando se presentaban las fotos del revés.

Esto hace pensar a los investigadores que, en realidad, el mecanismo de reconocimiento de caras no es exclusivo del ser humano, como se demuestra en los experimentos del efecto Thatche, sino que dicho mecanismo tuvo que ser originado en una especie anterior tanto a la nuestra como a la de estos primates, que sería un ancestro de todas ellas, motivo por el cual ambos habríamos heredado esta habilidad, entre otras.

Otros experimentos

Una vez descubierto el efecto Thatcher y sus mecanismos, los investigadores se lanzaron a realizar toda una serie de estudios para ver hasta dónde llegaba su alcance, cuáles eran los límites que se le podían poner a esta alteración de la percepción y si funcionaría también con elementos que no fueran rostros humanos, e incluso no solo con figuras estáticas sino con animaciones que representasen los movimientos de personas y animales.

De hecho, se han llegado a hacer versiones de lo más variopintas, algunas de ellas rotando letras y palabras en imágenes con textos, y otras en las que lo que se voltea son los piezas del bikini de una mujer. Las conclusiones generales que se han obtenido con todos estos experimentos es que, las características del efecto Thatcher se pueden extrapolar a otros elementos que no sean caras, pero la intensidad del efecto obtenido siempre va a ser menor que en el ejemplo original.

Probablemente esto se debe a que somos especialmente buenos reconociendo rostros, mucho más que con cualquier otro elemento, por eso contamos con un sistema de percepción específico para ello, como ya hemos descrito al principio de este artículo. Por tanto, no es de extrañar que el efecto Thatcher sea mucho más notable cuando trabajamos con caras humanas que si utilizamos en su lugar cualquier otro elemento.

Referencias bibliográficas:

  • Psalta, L., Young, A.W., Thompson, P., Andrews, T.J. (2013). The Thatcher illusion reveals orientation dependence in brain regions involved in processing facial expressions. Psychological Science.
  • Psalta, L., Young, A.W., Thompson, P., Andrews, T.J. (2014). Orientation-sensitivity to facial features explains the Thatcher illusion. Journal of vision.
  • Snowden, R., Snowden, R.J., Thompson, P., Troscianko, T. (2012). Basic vision: an introduction to visual perception. Oxford.
  • Thompson, P. (1980). Margaret Thatcher: a new illusion. Perception.