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El siglo XVII se inicia con una revolución científica y termina con una revolución política en Inglaterra (1688) de la que nace el estado liberal moderno. Se sustituye la monarquía teocrática por la monarquía constitucional. Locke justificará filosóficamente la revolución, que coloca la razón por encima de la tradición y la fe.

El Mecanicismo del siglo XVII: Locke y Descartes

El barroco domina el siglo. La pintura se llena de oscuridad, de sombras, de contrastes. En arquitectura las líneas puras y rectas renacentistas se rompen, se retuercen, el equilibrio cede al movimiento, a la pasión. El barroco y el cuerpo. Presencia de la muerte, del doble. La diferencia entre la realidad y el sueño. El gran teatro del mundo, el mundo como representación (Calderón de la Barca). Se consolida el género de la novela (El Quijote aparece en 1605; durante el XVII triunfa la novela picaresca). En pintura, Velázquez (1599-1660).

La concepción del mundo se vuelve científica, matemática y mecanicista. Los científicos demostraron la índole mecánica de los fenómenos celestes y terrestres e, incluso, de los cuerpos de los animales (Fin del Animismo).

Una revolución científica e intelectual

La revolución científica supuso desplazar la tierra del centro del universo. Cabe fechar el comienzo de la revolución en 1453, con la publicación de la Revolución de las órbitas celestes, de Copérnico, quien proponía que el Sol, y no la Tierra, era el centro del sistema solar. La física de Copérnico era, sin embargo, Aristotélica, y su sistema carecía de demostración empírica. Galileo Galilei (1564-1642) fue el defensor más efectivo del nuevo sistema, apuntalándolo con su nueva física (la dinámica), y aportando pruebas telescópicas de que la luna y otros cuerpos celestes no eran más “celestiales” que la Tierra. Sin embargo, Galileo creía, como los griegos, que el movimiento de los planetas era circular, a pesar de que su amigo Kepler demostró que las órbitas planetarias eran elípticas. La unificación definitiva de la física celeste y la terrestre se produjo en 1687 con la publicación de los Principia Mathematica de Newton.

Las leyes del movimiento de Isaac Newton reafirmaron la idea de que el universo era una gran máquina. Esta analogía había sido propuesta por Galileo y también por René Descartes, y se convirtió en la concepción popular al final de este siglo.

Como consecuencia la idea de un Dios activo y vigilante, por cuya expresa intención caía hasta la última hoja de un árbol, quedaba reducida a la de un ingeniero que había creado, y mantenía, la máquina perfecta.

Desde el nacimiento mismo de la ciencia moderna se hacen presentes dos concepciones encontradas: una vieja tradición platónica apoyaba una ciencia pura y abstracta, no sometida a un criterio de utilidad (Henry More: “la ciencia no debe medirse por la ayuda que os puede procurar a vuestra espalda, cama y mesa”). Wundt y Titchener serán partidarios de este punto de vista para la Psicología. En este siglo, en cambio, se desarrolla una idea de la ciencia utilitaria, práctica, aplicada, cuyo más vigoroso defensor es Francis Bacon. En el siglo siguiente esta tradición se afianza firmemente en Inglaterra y Norteamérica, orientándose hacia el antiintelectualismo.

La revolución científica, en cualquiera de las dos concepciones, reedita una vieja idea atomista según la cual algunas cualidades sensoriales de los objetos son fácilmente mensurables: su número, peso, tamaño, figura y movimiento. Otras, en cambio, no lo son, como la temperatura, el color, la textura, el olor, el sabor o el sonido. Ya que la ciencia debe serlo de lo cuantificable, sólo puede tratar del primer tipo de cualidades, llamadas cualidades primarias, que los atomistas habían atribuido a los propios átomos. Las cualidades secundarias se contraponen a las primarias por existir sólo en la percepción humana, resultando del impacto de los átomos sobre los sentidos.

La Psicología se fundaría, dos siglos después, como un estudio de la conciencia y, por tanto, incluyó en su objeto todas las propiedades sensoriales. Los conductistas, más tarde, considerarán que el objeto de la psicología es el movimiento del organismo en el espacio, rechazando el resto. El movimiento es, por supuesto, una cualidad primaria.

Dos filósofos representan en este siglo las dos tendencias clásicas del pensamiento científico: Descartes por la visión racionalista, con una concepción de la ciencia pura, y Locke por la empirista, con una concepción de la ciencia utilitaria o aplicada.