El estrés laboral aparece cuando las exigencias del trabajo desbordan de forma continuada los recursos disponibles para afrontarlas. El cortisol participa en esta respuesta, pero su funcionamiento es más complejo que la idea de «tenerlo alto». Comprenderlo permite entender mejor por qué el estrés prolongado puede terminar pasando factura.
Un correo urgente llega cuando estamos terminando otro asunto pendiente. Después aparece una reunión inesperada, una llamada que no puede esperar y la sensación de que el día termina sin haber avanzado en aquello que realmente necesitábamos hacer. Una jornada así puede resultar agotadora, pero no necesariamente constituye un problema. El organismo está preparado para movilizar recursos cuando las circunstancias exigen un esfuerzo adicional.
La situación cambia cuando lo excepcional se convierte en rutina. Cargas de trabajo excesivas, jornadas prolongadas, falta de control, inseguridad laboral, conflictos, escaso apoyo o responsabilidades mal definidas son algunos de los riesgos psicosociales que la Organización Mundial de la Salud relaciona con una peor salud mental en el trabajo. Y detrás de la experiencia subjetiva de «estar estresado» existe también una compleja respuesta fisiológica en la que una hormona aparece constantemente: el cortisol. Pero ¿qué hace realmente y qué ocurre cuando la activación laboral se prolonga?

Esther Tomás Ruiz
Esther Tomás Ruiz
Psicóloga, coach y terapeuta de familia y parejas
¿Qué es el estrés laboral?
El estrés es una respuesta normal ante situaciones que percibimos como exigentes o amenazantes. Puede ayudarnos a concentrarnos, reaccionar rápidamente o disponer temporalmente de más energía. Por eso, sentir cierta tensión antes de una presentación, durante una fecha límite o ante una decisión importante no implica que exista ningún trastorno.
El problema aparece cuando las demandas se mantienen y las posibilidades de recuperación son insuficientes. En el ámbito laboral, no solo importa cuánto trabajo existe. También influyen el grado de control que tenemos sobre él, la previsibilidad, el apoyo recibido, la claridad de nuestras responsabilidades y la relación entre el esfuerzo realizado y las recompensas obtenidas.
Una revisión de Kirsten Nieuwenhuijsen y sus colaboradores encontró evidencia prospectiva de que factores como las demandas elevadas, el bajo control, el escaso apoyo de compañeros o supervisores y el desequilibrio entre esfuerzo y recompensa predecían la aparición de trastornos relacionados con el estrés. El estrés laboral, por tanto, no debería entenderse únicamente como una incapacidad individual para «gestionar la presión»: también depende de cómo está organizado el trabajo.
¿Qué tiene que ver el cortisol con todo esto?
El cortisol es una hormona producida por las glándulas suprarrenales y regulada mediante el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, conocido como eje HPA. Cuando nuestro cerebro detecta una situación que requiere adaptación, este sistema participa en una cadena de señales que termina modificando la liberación de cortisol.
Su función no es perjudicarnos. Al contrario: el cortisol resulta imprescindible para regular procesos como el metabolismo, la respuesta inmunitaria y la disponibilidad de energía. Además, sigue un ritmo circadiano natural: normalmente alcanza concentraciones mayores alrededor de las primeras horas del día y disminuye progresivamente hacia la noche.
Ante un reto, la activación del eje HPA ayuda al organismo a responder. El problema potencial no consiste, por tanto, en liberar cortisol cuando tenemos una reunión difícil. Una respuesta de estrés puntual es adaptativa; lo que preocupa es la repetición de situaciones exigentes sin suficiente recuperación.
Y aquí aparece un matiz importante: estrés crónico no significa simplemente «cortisol permanentemente alto». El sistema puede mostrar cambios diferentes dependiendo de la duración del estrés, el momento del día, la persona y la forma en que se mida.
Estrés crónico no equivale simplemente a «tener el cortisol alto»
Las redes sociales han convertido el cortisol en una explicación casi universal: cansancio, aumento de peso, problemas para dormir o irritabilidad se atribuyen con frecuencia a «tener el cortisol disparado». La realidad científica es bastante menos sencilla.
Yoichi Chida y Andrew Steptoe realizaron un metaanálisis de 147 estudios sobre la respuesta de cortisol al despertar. Encontraron que el estrés laboral y el estrés vital general se asociaban con una respuesta matutina mayor. Sin embargo, la fatiga, el agotamiento y el burnout se relacionaban con una respuesta menor. Es decir, distintos estados relacionados con el estrés pueden acompañarse de patrones fisiológicos diferentes.
Algo similar ocurre cuando intentamos medir el estrés crónico mediante cortisol en el cabello. Un metaanálisis de Tobias Stalder y sus colaboradores, basado en 66 estudios y más de 10.000 personas, encontró concentraciones superiores de cortisol capilar entre grupos sometidos a estrés mantenido, especialmente mientras el estresor continuaba presente. Pero los resultados no fueron uniformes para todos los problemas psicológicos.
En trabajadores, concretamente, una revisión de Frederieke Schaafsma y su equipo encontró resultados todavía mixtos: algunos estudios relacionaban mayores estresores laborales con más cortisol capilar, otros con menos y algunos no encontraban relación. Los autores concluían que todavía faltaban estudios longitudinales antes de utilizar este marcador para identificar trabajadores «estresados».
Por eso, una analítica aislada de cortisol no funciona como un termómetro psicológico que nos diga cuánto estrés laboral tenemos.
¿Cómo se manifiesta el estrés laboral prolongado?
La experiencia no se reduce a una hormona. El estrés prolongado puede manifestarse mediante dificultades para desconectar después del trabajo, irritabilidad, problemas de concentración, sensación de saturación, tensión muscular, molestias digestivas o alteraciones del sueño. La OMS señala también que, cuando se cronifica, el estrés puede agravar problemas de salud existentes y relacionarse con cambios en conductas como el consumo de alcohol o tabaco.
El sueño merece especial atención porque estrés y descanso pueden retroalimentarse. Durante una semana especialmente exigente podemos acostarnos pensando en asuntos pendientes, dormir menos y llegar al día siguiente con menos recursos para afrontar nuevas demandas. Una revisión sistemática sobre sueño y eje HPA encontró que una peor calidad del sueño podía aumentar la reactividad del cortisol ante situaciones estresantes de laboratorio.
Esto ayuda a entender por qué recuperarse no significa únicamente «dejar de trabajar» unas horas. Si durante la noche seguimos repasando conversaciones, respondiendo mensajes laborales o anticipando el día siguiente, la desconexión física puede no ir acompañada de una verdadera recuperación psicológica.
¿Qué puede hacerse para reducir el estrés laboral?
Ante el estrés suele recomendarse dormir mejor, hacer ejercicio, practicar relajación o aprender técnicas de gestión emocional. Estas estrategias pueden resultar útiles, pero tienen un límite evidente: una persona no puede respirar profundamente hasta hacer desaparecer una carga laboral objetivamente imposible.
Las recomendaciones de la OMS sobre salud mental en el trabajo insisten precisamente en combinar medidas individuales con intervenciones organizacionales. Reducir cargas excesivas, mejorar los horarios, aumentar la capacidad de decisión, clarificar funciones, fortalecer el apoyo de los responsables y actuar contra el acoso son medidas dirigidas a modificar las fuentes de estrés, no únicamente la respuesta del trabajador.
En el plano individual puede ayudar identificar qué elementos concretos generan mayor presión, establecer límites realistas con la disponibilidad fuera del horario laboral, proteger el sueño y mantener actividades que permitan una verdadera recuperación. También resulta importante distinguir una etapa laboral especialmente intensa de una situación sostenida que ya está afectando significativamente al funcionamiento cotidiano.
Cuando el estrés persiste, dificulta seriamente dormir, genera ansiedad intensa, afecta al estado de ánimo o interfiere con otras áreas de la vida, consultar con un profesional sanitario o de la psicología permite valorar qué está ocurriendo y qué intervención puede resultar adecuada.
El cortisol no es el enemigo
Relacionar estrés laboral y cortisol puede ser útil siempre que no reduzcamos una experiencia compleja a una única hormona. El cortisol no es una toxina que debamos eliminar ni un indicador que necesariamente aumenta cuanto peor nos sentimos. Forma parte de un sistema adaptativo imprescindible que cambia a lo largo del día y responde de manera dinámica a nuestras circunstancias.
El problema del estrés laboral prolongado se entiende mejor observando el conjunto: demandas, autonomía, descanso, apoyo, sueño, emociones, organización del trabajo y posibilidades reales de recuperación. A veces, la pregunta no debería ser cómo «bajar el cortisol», sino por qué nuestro cuerpo y nuestra mente llevan tanto tiempo necesitando mantenerse preparados para responder. Y esa pregunta obliga a mirar tanto a la persona como al entorno laboral en el que intenta desenvolverse.

Esther Tomás Ruiz
Esther Tomás Ruiz
Psicóloga, coach y terapeuta de familia y parejas








