Durante catorce años, la vida de Juan Luis Londoño Arias se midió en aeropuertos, estadios y madrugadas de hotel. Luego, en marzo de 2024, nació su hija Paris, y Maluma decidió parar. Fue entonces, contó después, cuando aparecieron los ataques de pánico, a finales de ese mismo año. Lo que siguió fueron casi dos años que el cantante de Medellín ha descrito sin adornos: llanto sin motivo aparente, temblores que llevaba años tomando por una rareza de carácter y, sobre todo, noches en vela. «No poder dormir me daba más ansiedad», resumió en julio ante el público de su pódcast. A comienzos de octubre de 2026, semanas después del nacimiento de su segundo hijo, volvió sobre esas noches: muchas, dijo, pasadas con nervio y miedo, «enfrentando ese fantasma».
La confesión tiene algo de inesperado, y no solo por venir de un artista cuya imagen pública se ha construido sobre la seguridad y el deseo. Durante décadas, la conversación sobre la salud mental en torno al nacimiento ha tenido un único protagonista: la madre. Es lógico, ya que ella atraviesa el embarazo, el parto y la recuperación física. Pero esa mirada dejó en penumbra a la otra persona que también deja de dormir, también reorganiza su identidad y también puede romperse en silencio. El propio Maluma reconoció que, antes de vivirlo, su respuesta ante alguien con ansiedad era una variante de «ocúpate y haz ejercicio».
La psicología perinatal, la que estudia la salud mental durante el embarazo y el primer año de vida del bebé, lleva más de quince años acumulando datos sobre los padres. Las cifras sugieren que el fenómeno es frecuente, que se parece menos a la tristeza de lo que imaginamos y que los hombres, y en particular los hombres latinos en Estados Unidos, tienen menos probabilidades de pedir ayuda. En este artículo veremos qué se sabe de la depresión y la ansiedad paternas, qué factores se han asociado con ellas, por qué cuesta tanto reconocerlas y qué puede ayudar. Empecemos por las cifras.
¿Existe la depresión posparto en los padres?
La expresión «depresión posparto paterna» se ha popularizado, pero conviene precisarla. Los manuales diagnósticos no recogen una categoría específica para los padres; lo que la investigación describe son episodios de depresión o ansiedad que aparecen o se intensifican durante el embarazo de la pareja y el primer año de vida del bebé. A esa ventana se la llama periodo perinatal. Lo que la depresión posparto materna y la paterna comparten no es un mecanismo único, sino un momento vital: la llegada de un hijo reorganiza el sueño, la pareja, la economía y la identidad de todos los adultos implicados.
El punto de partida de este campo es un metaanálisis de 2010 firmado por James Paulson y Sharnail Bazemore, de la Escuela de Medicina de Virginia Oriental. Reunieron 43 estudios con más de 28.000 padres de distintos países y llegaron a una conclusión que entonces sorprendió: alrededor del 10 % de los hombres presentaba depresión entre el primer trimestre de embarazo y el primer año del bebé. La cifra más llamativa apareció entre los tres y los seis meses tras el parto, cuando la proporción rondaba el 25 %, aunque ese dato procede de pocos estudios y tiene un margen de incertidumbre amplio. Una revisión posterior, con 74 estudios, situó la prevalencia en torno al 8,4 %. Ambos trabajos advierten de una gran variación entre investigaciones, que usan escalas y momentos de medida distintos.
La ansiedad, la protagonista del relato de Maluma, ha recibido menos atención. En 2016, un equipo de la Universidad Nacional de Australia liderado por Liana Leach revisó 43 estudios sobre padres y encontró que la ansiedad elevada afectaba a entre el 4,1 % y el 16 % de los hombres durante el embarazo de su pareja, y a entre el 2,4 % y el 18 % durante el primer año del bebé. La horquilla es amplia, y los autores la atribuyen en parte a la diversidad de métodos. Aun así, el mensaje de fondo es consistente: la ansiedad paterna en este periodo no es una rareza, sino una experiencia relativamente común que, según los autores, debería tenerse en cuenta en la atención perinatal de ambos progenitores.
¿Por qué podría aparecer con la paternidad?
No hay una respuesta única, y quien la ofrezca con demasiada seguridad está simplificando. Lo que la investigación ha identificado son factores que se asocian con más malestar en los padres durante este periodo, sin que ninguno, por sí solo, permita predecir quién lo vivirá. En el caso de Maluma, por ejemplo, la llegada de su hija coincidió con otra transición enorme: frenar en seco tras más de una década de giras. Separar el peso de cada cambio es imposible desde fuera, y probablemente también desde dentro.
El sueño, la pareja y la economía
Uno de los factores más mencionados no tiene nada de misterioso: la falta de sueño. El insomnio y la fragmentación del descanso se han relacionado de forma consistente con el estado de ánimo y la ansiedad en la población general, y el primer año de un bebé es, para muchas familias, un experimento involuntario de privación de sueño. El testimonio de Maluma describe bien el círculo que muchos clínicos reconocen: la preocupación dificulta dormir, y no dormir alimenta la preocupación.
Por otro lado, el malestar de los padres no suele aparecer aislado. En el metaanálisis de Paulson y Bazemore, la depresión del padre mostró una correlación moderada con la de la madre: cuando uno de los dos atraviesa un momento difícil, aumenta la probabilidad de que el otro también. Los datos no permiten saber quién influye en quién, ni si ambos responden a las mismas circunstancias, como la tensión económica, los conflictos de pareja o la falta de apoyo. A todo esto se suman los antecedentes personales: haber vivido episodios previos de depresión o ansiedad se ha asociado con un mayor riesgo en esta etapa.
¿Y las hormonas?
Es una pregunta frecuente y la respuesta es más sorprendente de lo que parece. Un estudio longitudinal publicado en 2011 en PNAS, que siguió a cientos de hombres en Filipinas durante casi cinco años, observó que la testosterona descendía de forma notable en quienes se convertían en padres, sobre todo entre los más implicados en el cuidado. Los autores lo interpretan como una posible adaptación a la crianza. Algunos investigadores han planteado que estos cambios podrían tener relación con el estado de ánimo, pero la evidencia disponible todavía no permite establecer una relación causal. Lo prudente es decir que la paternidad también tiene una dimensión biológica, aún mal comprendida, y que no basta por sí sola para entender lo que viven los padres.
¿Por qué cuesta tanto verla en los hombres?
Si uno de cada diez padres atraviesa un episodio así, la pregunta obvia es por qué se habla tan poco de ello. La investigación apunta a dos obstáculos que se refuerzan entre sí: el malestar masculino no siempre tiene el aspecto que esperamos, y cuando lo tiene, muchos hombres prefieren no nombrarlo.
Una depresión que no siempre parece tristeza
En 2013, un equipo de la Universidad de Michigan analizó datos de una amplia encuesta nacional estadounidense y comparó cómo vivían la depresión hombres y mujeres. Los hombres informaban con más frecuencia de ataques de ira, consumo de sustancias o conductas de riesgo, y al incluir estos síntomas en la medición, la diferencia en prevalencia entre sexos se reducía de forma notable. El estudio no demuestra que exista una depresión «masculina» distinta, pero sí sugiere que los cuestionarios centrados en la tristeza y el llanto pueden pasar por alto a parte de los hombres. Maluma ofrece un ejemplo cotidiano: durante años tomó sus temblores por una peculiaridad física, sin sospechar que podían formar parte de un cuadro de ansiedad, ni de lo que la psicología describe como ataques de pánico.
El segundo obstáculo es cultural. Los psicólogos Michael Addis y James Mahalik describieron en 2003 cómo ciertas normas tradicionales de masculinidad, como la autosuficiencia, el control emocional o la idea de que pedir ayuda equivale a fallar, se asocian con una menor búsqueda de apoyo profesional. El caso del padre reciente es especialmente delicado: socialmente se espera de él que sea el sostén, no quien necesita ser sostenido. De ahí que el propio Maluma haya presentado su pódcast como un intento de romper un tabú que, según dijo, pesa todavía más sobre los hombres.
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El factor latino en Estados Unidos
Para los cerca de 65 millones de personas latinas que viven en Estados Unidos, a esas barreras se añaden otras. Según la hoja informativa de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría basada en la encuesta nacional NSDUH de 2024, solo el 16 % de los adultos hispanos recibió atención de salud mental en el último año, frente al 23 % del conjunto de la población, y uno de cada cuatro carecía de seguro médico. La prevalencia de malestar psicológico, en cambio, es similar a la media. El acceso, el idioma, la falta de profesionales con competencia cultural y el miedo a ser tachado de «loco» aparecen de forma reiterada en los informes sobre esta brecha.
Ahora bien, reducirlo todo al machismo sería otra forma de estereotipo. La investigación sobre masculinidades latinas distingue entre normas rígidas y valores como el caballerismo, centrado en la protección, la responsabilidad y el cuidado de la familia. Ese segundo marco puede ser una puerta de entrada: para muchos padres, cuidar su salud mental resulta más fácil de aceptar cuando se presenta como una forma de cuidar a los suyos. Y la familia es, efectivamente, parte de la ecuación: un estudio británico publicado en The Lancet en 2005 observó que la depresión paterna en las primeras semanas tras el parto se asociaba con más problemas emocionales y de conducta en los hijos a los tres años y medio, incluso teniendo en cuenta la salud mental de la madre.
¿Qué puede ayudar a un padre que no duerme por algo más que el bebé?
Maluma ha contado que sostuvo su proceso con terapia, con el apoyo de su esposa, Susana Gómez, y con cambios en su ritmo de vida, y que decidió no recurrir a medicación. Conviene leer este último punto con cuidado. Su decisión es personal y no puede tomarse como pauta: la conveniencia de cualquier opción depende de cada caso y se valora junto a un profesional sanitario. Lo que sí resulta extrapolable es la secuencia de su historia: primero reconocer que algo no iba bien, después nombrarlo y, por último, pedir ayuda. Las siguientes orientaciones son generales, pero pueden servir a padres recientes y a quienes los rodean:
- Tomar en serio las señales físicas. Temblores, tensión constante, palpitaciones o insomnio que persiste incluso cuando el bebé duerme merecen una consulta, no una broma con los amigos.
- Prestar atención a la irritabilidad. Enfados desproporcionados, refugio en el trabajo, en el alcohol o en la pantalla pueden ser formas de malestar que no se parecen a la tristeza.
- Proteger el descanso en equipo. Repartir las noches, turnarse y aceptar ayuda externa no es un lujo: el sueño es uno de los factores más relacionados con el estado de ánimo en esta etapa.
- Hablar con la pareja, pensando en los dos. Si uno de los progenitores lo está pasando mal, conviene preguntar también por el otro, ya que el malestar de ambos tiende a ir de la mano.
- Buscar apoyo profesional si el malestar dura más de dos semanas o interfiere en el día a día. Muchos profesionales trabajan hoy en español y con enfoques sensibles a la cultura latina.
Este artículo tiene un fin divulgativo y no sustituye una valoración profesional. En Estados Unidos, la línea 988 atiende crisis de salud mental en español, y Postpartum Support International ofrece orientación a madres y padres en el 1-800-944-4773. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, o al 112 ante una emergencia. Desde otros países, el directorio findahelpline.com recoge líneas de ayuda gratuitas. Si las noches sin dormir se alargan, hablar con un profesional colegiado es un paso razonable, no una señal de debilidad.
El fantasma tiene nombre
¿Puede la paternidad traer consigo ansiedad y depresión? Los datos dicen que, para una parte de los hombres, la llegada de un hijo coincide con un periodo de malestar que puede durar meses, y que con frecuencia pasa desapercibido. Lo que todavía no sabemos bien es por qué afecta a unos y no a otros, ni cuánto pesan el sueño, la pareja, la biología o el contexto. Las cifras varían entre estudios, y la mayoría de la investigación procede de países anglosajones, con pocos datos específicos sobre padres latinos.
Quizá lo más valioso del testimonio de Maluma no sea la estrella que confiesa, sino el padre que admite que durante años no supo leer las señales de su propio cuerpo. Un fantasma, al fin y al cabo, es algo que asusta sobre todo mientras nadie lo nombra. Que un hombre acostumbrado a llenar estadios haya decidido hablar de sus noches en vela no resuelve el problema, pero lo saca de la oscuridad, y ese suele ser el primer paso para que otros padres se atrevan a encender la luz.













