Parece que hay cada vez más personas interesadas en el rendimiento y la mejora personal, así que la motivación se ha convertido en un tema recurrente.
Se buscan técnicas, hábitos y fórmulas rápidas, aunque muchas veces se pasa por alto algo básico: las personas no se motivan todas igual ni por las mismas razones.
La Pirámide de Maslow sigue siendo una de las teorías más citadas porque ofrece una forma sencilla de entender qué impulsa el comportamiento humano. Y es un buen momento para dejar de verlo como una receta cerrada, sino como un mapa para observar prioridades, tensiones internas y momentos vitales distintos.
Una mirada general a cómo funciona la motivación humana
La propuesta de Abraham Maslow apareció en los años cuarenta y supuso un cambio relevante a la forma dominante de entender la conducta. Frente a teorías que veían a las personas como simples respuestas a estímulos externos, Maslow planteó algo distinto: actuamos porque intentamos cubrir necesidades. Y no todas pesan lo mismo al mismo tiempo, ya que existe un cierto orden de prioridades.
Según este enfoque, la motivación no surge del azar ni de la fuerza de voluntad aislada. Aparece porque algo falta o porque existe un deseo de crecer. Por eso, si una persona vive con preocupaciones constantes sobre su salud, su descanso o su estabilidad económica, resulta lógico que le cueste pensar en proyectos personales, creatividad o desarrollo interno.
Los niveles de la pirámide y lo que activan en el día a día
Maslow organizó las necesidades humanas en distintos niveles que suelen representarse como una pirámide. Esta podemos verla como una referencia útil para observar prioridades.
En la base están las necesidades fisiológicas, que incluyen dormir, comer, respirar y descansar. Cuando esto falla, la energía mental se reduce, porque el cuerpo pide atención constante. Encima aparece la necesidad de seguridad, que tiene que ver con sentirse a salvo, contar con ingresos estables, acceso a salud y un entorno predecible.
Una vez que estos dos niveles están más o menos cubiertos, la motivación se desplaza hacia lo social. Aquí entran las relaciones, el afecto y la pertenencia. Las personas buscan vínculos, espacios donde sentirse aceptadas y compartir. Después aparece la estima, que incluye tanto el respeto propio como el reconocimiento externo. Es decir, de sentir que lo que se hace tiene valor.
En la parte superior se sitúa la autorrealización, entendida como el deseo de desarrollar capacidades, explorar intereses y vivir de forma coherente con los propios valores. Este nivel no responde a una carencia urgente, sino a una motivación de crecimiento.
Por qué esta teoría sigue teniendo sentido hoy, pero con matices
Aunque la Pirámide de Maslow se enseñe como un esquema clásico, no está libre de críticas. Investigaciones posteriores han señalado que las necesidades no siempre siguen un orden fijo.
Hay personas que priorizan el sentido vital incluso en contextos de carencia material, y culturas donde el grupo pesa más que el desarrollo individual. Pero esto no invalida el modelo. Lo vuelve más flexible e invita a usarlo con cautela.
La utilidad de la pirámide no está en tomarla al pie de la letra, sino en usarla como herramienta de observación. Permite preguntarse qué nivel está reclamando atención ahora mismo y por qué la motivación se dirige hacia un lado y no hacia otro.
Además, teorías posteriores como la autodeterminación de Deci y Ryan o los planteamientos de Herzberg complementan esta visión, ya que distinguen entre lo que evita el malestar y lo que realmente impulsa a actuar. Maslow abrió una conversación que sigue vigente porque pone a la persona en el centro, no al síntoma ni al rendimiento.
Aplicaciones prácticas en trabajo, relaciones y autocuidado
La pirámide se ha usado mucho en entornos laborales, educación, marketing y salud, porque ayuda a entender comportamientos que, de otro modo, parecen contradictorios.
En el trabajo, por ejemplo, no basta con proponer retos motivadores si antes no existe un salario justo o un clima de seguridad psicológica. En relaciones personales, resulta complicado construir intimidad si hay miedo constante al rechazo o a la inestabilidad.
En el ámbito del autocuidado, esta teoría invita a revisar expectativas. A veces se exige entusiasmo, creatividad o propósito sin haber atendido el descanso, los límites o la sensación de protección. Y ahí la motivación no responde, porque está ocupada sosteniendo lo básico.
Claves para usar la Pirámide de Maslow en tu propio proceso
La pirámide no sirve para juzgar en qué “nivel” está alguien, sino para entender prioridades actuales. Dicho esto, hay formas sencillas de integrarla en el día a día.
1. Revisar lo básico sin darlo por hecho
Dormir mal, comer de forma irregular o vivir con tensión constante afecta más de lo que parece. Volver a estas bases suele tener un impacto directo en la energía y el interés por otras áreas.
2. Observar la relación con la seguridad
La inseguridad no siempre es económica. Puede estar ligada a la salud, al entorno laboral o a vínculos inestables. Identificar qué genera alerta permite ajustar expectativas.
3. Cuidar los vínculos reales
La pertenencia no se resuelve con contactos o redes sociales. Se construye con relaciones donde hay escucha, tiempo y reciprocidad, porque eso sostiene la motivación emocional.
4. Diferenciar autoestima de reconocimiento
Buscar aprobación externa de forma constante suele desgastar. Trabajar el respeto propio ayuda a que el reconocimiento externo deje de ser una necesidad urgente.
5. Pensar la autorrealización como proceso
Este nivel no es una meta final. Tiene más que ver con permitirse explorar intereses, aprender y ajustarse a los cambios personales sin exigencias rígidas.

Esther Tomás Ruiz
Esther Tomás Ruiz
Psicóloga, coach y terapeuta de familia y parejas
Entender la Pirámide de Maslow desde esta perspectiva permite usarla como una guía amable, que acompaña en vez de presionar. Y eso, muchas veces, ya cambia la forma en que una persona se relaciona con su propia motivación.


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