Tienes trabajo, una relación que funciona razonablemente bien, personas a las que quieres y ningún gran problema inmediato. Sin embargo, al llegar la noche te cuesta desconectar. Notas presión en el pecho, repasas conversaciones, anticipas cosas que podrían salir mal o simplemente tienes una sensación incómoda que no sabes explicar. Y entonces aparece una segunda preocupación: «¿Por qué estoy así si no tengo motivos para estar mal?».
Esa pregunta puede resultar especialmente desconcertante porque solemos imaginar la ansiedad como una reacción directa ante un problema visible. Si algo amenaza nuestra estabilidad, parece lógico sentir miedo. Lo difícil de entender es que el cuerpo permanezca en alerta cuando nuestra vida parece tranquila. Sin embargo, la ansiedad no funciona como una contabilidad objetiva de todo lo bueno y lo malo que tenemos. Depende de cómo interpretamos la incertidumbre, de nuestras experiencias, nuestros hábitos, el estrés acumulado y la manera en que nuestro organismo responde ante aquello que percibe como una posible amenaza.
Por eso, sentir ansiedad cuando «todo va bien» no significa necesariamente que seamos desagradecidos, que estemos buscando problemas o que algo terrible esté a punto de ocurrir. Puede significar que hay procesos que todavía no estamos viendo. Entenderlos es el primer paso para dejar de juzgarnos por sentir lo que sentimos.

Ana Isabel Marin Jodar
Ana Isabel Marin Jodar
Coach Para La Ansiedad
Que no exista un peligro evidente no significa que el cuerpo no esté en alerta
La ansiedad es, en esencia, una respuesta orientada a anticipar posibles amenazas. Eso resulta muy útil cuando necesitamos reaccionar ante algo peligroso, pero nuestro sistema de alarma no responde únicamente a peligros concretos e inmediatos.
También puede activarse ante posibilidades: «¿Y si pierdo este trabajo?», «¿y si esta relación termina?», «¿y si enfermo?», «¿y si estoy olvidando algo importante?». La Organización Mundial de la Salud describe los trastornos de ansiedad precisamente por la presencia de miedo y preocupación excesivos, acompañados con frecuencia de tensión física y otros cambios cognitivos y conductuales.
A veces ni siquiera somos plenamente conscientes del pensamiento que inició esa activación. Solo percibimos el resultado: inquietud, tensión muscular, dificultad para dormir, irritabilidad o la sensación de que deberíamos estar haciendo algo aunque no sepamos exactamente qué.
Podemos saber racionalmente que estamos a salvo y, al mismo tiempo, sentir que necesitamos seguir vigilando. Esa contradicción es una de las experiencias más frustrantes de la ansiedad.
Puede que las cosas estén bien ahora, pero llevemos demasiado tiempo sosteniendo demasiado
Hay momentos en los que la ansiedad aparece cuando el problema ya ha pasado. Durante meses hemos estado resolviendo, trabajando, cuidando de otras personas, tomando decisiones o manteniendo un ritmo que apenas nos permitía detenernos. Mientras había cosas urgentes que hacer, funcionábamos. Cuando finalmente llega una etapa más tranquila, esperamos sentir alivio inmediato. Y, sin embargo, descubrimos que seguimos tensos.
No existe una única explicación para este fenómeno, pero el estrés mantenido, el descanso insuficiente y los hábitos desarrollados durante épocas exigentes pueden contribuir a que resulte difícil recuperar la sensación de calma. El sueño, además, mantiene una relación estrecha con la ansiedad: una revisión sistemática encontró evidencia de una relación bidireccional entre el insomnio y los problemas de ansiedad, aunque los autores señalaban importantes diferencias entre los estudios disponibles.
También puede suceder que hayamos aprendido durante años que relajarnos equivale a bajar la guardia. Si hemos vivido en entornos imprevisibles, muy exigentes o en los que necesitábamos anticipar constantemente los problemas, esa vigilancia puede haber resultado útil en algún momento.
Lo que en otra etapa nos ayudó a sentir cierto control puede continuar funcionando incluso cuando nuestra vida ya ha cambiado.
A veces no tememos lo que está ocurriendo, sino lo que podría ocurrir
Podemos tener una buena relación y preocuparnos constantemente por perderla. Estar satisfechos en el trabajo y pensar que algún día descubrirán que no somos suficientemente buenos. Estar sanos y observar cualquier sensación corporal preguntándonos si anuncia una enfermedad.
Aquí entra en juego la intolerancia a la incertidumbre, es decir, la dificultad para convivir con el hecho de que nunca podemos saber completamente qué sucederá. La investigación ha encontrado una relación especialmente estrecha entre este proceso, la preocupación y el trastorno de ansiedad generalizada. Una revisión y metaanálisis de Emily Wilson, Maree Abbott y Alice Norton reunió 26 estudios con 1.199 adultos con ansiedad generalizada y encontró que las intervenciones psicológicas reducían tanto la intolerancia a la incertidumbre como la preocupación y la ansiedad.
Esto ayuda a entender una paradoja frecuente. A veces conseguimos aquello que pensábamos que nos daría tranquilidad —un trabajo estable, una pareja, una casa, cierta seguridad económica—, pero inmediatamente nuestra mente encuentra otra cosa que necesita garantizar.
El problema es que la vida nunca puede ofrecernos una certeza absoluta. Si necesitamos estar completamente seguros para sentirnos tranquilos, siempre quedará algo que nuestra mente pueda intentar controlar.
Intentar eliminar la ansiedad a toda costa puede terminar manteniéndola
Cuando algo nos produce ansiedad, es lógico buscar alivio. El problema aparece cuando empezamos a organizar nuestra vida alrededor de evitar cualquier sensación incómoda.
Podemos comprobar diez veces que hemos cerrado la puerta, pedir constantemente a nuestra pareja que nos confirme que todo está bien, evitar determinadas situaciones, revisar síntomas en internet o posponer decisiones hasta sentirnos completamente seguros. Estas conductas pueden reducir momentáneamente la ansiedad, pero también pueden impedir que comprobemos que somos capaces de tolerar la incertidumbre sin realizar constantemente esas comprobaciones.
Algo similar sucede cuando intentamos expulsar cualquier pensamiento preocupante. Cuanto más nos preguntamos «¿por qué sigo teniendo ansiedad?» o «¿cómo hago para que desaparezca ya?», más atentos podemos acabar estando a cualquier señal de que continúa presente.
Eso no significa que debamos resignarnos a sentirnos mal. Significa que el objetivo terapéutico no siempre consiste en conseguir que jamás aparezca ansiedad. A veces consiste en aprender que podemos sentir cierta inquietud sin interpretar inmediatamente que algo va mal o que necesitamos eliminarla.
No necesitas tener una «vida mala» para necesitar ayuda
Uno de los obstáculos más frecuentes para pedir ayuda es comparar nuestro sufrimiento con el de los demás. «Tengo trabajo». «Mi familia está bien». «Hay personas con problemas mucho peores». Todo eso puede ser cierto y, al mismo tiempo, podemos estar pasándolo mal.
El sufrimiento psicológico no necesita una justificación suficientemente dramática para ser atendido. La propia guía clínica del NICE recomienda que una evaluación de la ansiedad no se limite únicamente a contar síntomas, sino que tenga en cuenta el malestar que producen, cómo afectan al funcionamiento de la persona y otros factores médicos o psicológicos que puedan estar interviniendo.
Si la preocupación resulta difícil de controlar, interfiere con el sueño, condiciona nuestras decisiones, nos lleva a evitar cada vez más cosas o simplemente sentimos que llevamos demasiado tiempo viviendo en estado de alerta, hablar con un profesional puede ayudarnos a comprender qué está manteniendo ese patrón.
La terapia cognitivo-conductual es una de las intervenciones con mayor respaldo científico para los trastornos de ansiedad. Un metaanálisis publicado en 2025 reunió 49 ensayos clínicos con 3.645 participantes y encontró un efecto favorable de la TCC frente a las condiciones de control, aunque la respuesta varía entre personas y trastornos.
¿Y si la pregunta no es «¿qué me falta para estar bien?»
Cuando aparentemente tenemos motivos para estar bien, la ansiedad puede añadir culpa al propio malestar. No solo sentimos inquietud: además pensamos que no deberíamos sentirla. Y esa pelea interna puede hacer todavía más difícil escuchar lo que está ocurriendo.
Quizá no haya un único motivo escondido esperando ser descubierto. Puede existir una combinación de preocupación, cansancio, necesidad de control, experiencias anteriores, hábitos de evitación o una forma de relacionarnos con la incertidumbre que merece ser comprendida. Tampoco toda ansiedad implica un trastorno psicológico.
Lo importante es que tener una vida que desde fuera parece buena no nos obliga a sentirnos bien todo el tiempo. Podemos agradecer lo que tenemos y reconocer, al mismo tiempo, que algo nos está costando.
A veces, empezar a encontrarnos mejor no consiste en buscar desesperadamente qué está mal en nuestra vida, sino en dejar de utilizar nuestra vida como argumento para invalidar aquello que sentimos. Preguntarnos «¿por qué tengo ansiedad si todo va bien?» puede entonces transformarse en una pregunta mucho más útil: «¿Qué está necesitando de mí esta parte de mi experiencia que llevo tanto tiempo intentando silenciar?».

Ana Isabel Marin Jodar
Ana Isabel Marin Jodar
Coach Para La Ansiedad












