Las únicas brujas son las que murmuran

Una reflexión sobre los efectos dañinos de la murmuración para perjudicar a otros.

Murmuro

Desde la época de los primeros pensadores, se dice que los seres humanos tienen tres vidas: la espiritual, la corporal y la civil. El pecado nos quita la primera, la muerte, nos quita la segunda, y hay una especie de “homicidio” por el cual perdemos la tercera, que se llama “murmuración”.

La murmuración va de la mano de la denigración, hace y desea el mal, deshonra, y mata lentamente. Lo que no sabe del murmurador es que después se vuelve en su contra, y lo mata con mucha más fuerza que con la maldad que eligió deshonrar al otro. Termina ahogado en el veneno que escupió, esta vez, flotando en él.

Termina siempre el murmurador por enfermarse y hasta incluso envidiando a su víctima, que probablemente lo hacía desde antes de empezar a murmurar sobre ella.

Los murmuradores

El murmurador es tan cobarde que nunca es visto por otros como un guerrero fuerte, sacando pecho o encarando directo a su víctima, arrojándola al suelo y poniéndole el pie sobre su cabeza. Tiene, más bien, la imagen de una persona pequeña que anda por las tinieblas, porque prepara sus golpes en silencio y sin coraje.

Lejos de ser un león, se asemeja más a una serpiente que se desliza por debajo de los pastizales procurando una mordida a escondidas y que vaya matando lentamente. El murmurador es tan “pobre” en su existencia, que se contenta con el simple y asqueroso hecho de hablar mal de alguien. Carece de una vida personal plena, razón por la cual elige destrozar vidas ajenas.

Los murmuradores suelen ser envidiosos, de aspecto físico poco atractivo, como por decir, “de patas cortas”. Pues quisieran que alguien los desee algún día, como otros desean estar cerca de sus víctimas, o tener el éxito además de social, profesional, de sus víctimas.

La murmuración nunca es directa, es retorcida

Y pasa por varias bocas y oídos, pasa de ruido a rumor, y después a ser algo verdadero que pone a la persona en un lugar de “virus contagioso”. Pasa así entonces a ser un “crimen”, pero “sin criminal”, porque el que escupe la malicia desaparece como una gallina, mientras que la víctima queda acorralada. Como nunca hay “culpables”, es un deporte que los miedosos practican con frecuencia.

Lo más triste es que con la murmuración el murmurador se ensucia a sí mismo y queda más envenenado y corrompido de lo que estaba. El murmurador también niega el bien que sabe que el otro tiene, pues, la inteligencia o la bondad del otro, le resultan una amenaza aplastante, ya que éste carece de ambas.

Murmurar sobre una persona, es atribuirle palabras que no dijo o actos que no realizó, o que sí dijo o realizó, con el único fin de arruinar su reputación. El murmurador está habitado de tensiones negativas, como la envidia, la burla, la mezquindad, los celos, la arrogancia y el odio. Físicamente, se va pudriendo, de a poco, y se ve cada vez más repugnante. Es también sistemáticamente rechazado socialmente y hasta incluso familiarmente.

Existen personas con dulzura

La dulzura puede escaparse de una palabra, de una mirada, de un pensamiento, de un gesto, de una caricia o del mismo arte. Se trata de un apego físico o un lazo sentimental y sensible hacia los seres humanos o hacia alguna cosa.

Más que un sentimiento, se podría decir que la dulzura es una sensación en nosotros o una sensación que los otros generan en nosotros.

La dulzura remite a la sencillez, a la inocencia, a la delicadeza, se aleja de todo gesto poco gentil o torpe. La dulzura protege y acompaña, la dulzura desea el bien. Es un tipo de inteligencia que unos pocos poseen, que se aferra a la vida y al bien del prójimo.

Existen algunos prejuicios con la dulzura, como la vinculación a la ingenuidad o a la debilidad de carácter: por lo contrario, es totalmente activa en sí misma, y tiene grandes efectos positivos sobre el otro. La dulzura transforma, vitaliza a los seres humanos y a las cosas, hace frente a la vulnerabilidad de las personas.

“Ser dulce con las cosas y los seres es comprenderlos en su insuficiencia, su precariedad, su inmanencia, su estupidez. Es no querer agrandar el sufrimiento, la exclusión, la crueldad, e inventar el espacio de una humanidad sensible, de una relación con el otro que acepta su debilidad y lo que podrá decepcionar en sí mismo. Y esta comprensión profunda conlleva una verdad”, escribió Platón en El Banquete. Cuando no tenemos sobre qué sostenernos, la dulzura nos salva.

  • Platón. El Banquete, En Obras completas de Platón. Ed de Patricio de Azcárate de Corral, Madrid, Medina y Navarro, 1871.

Psicóloga

Miami

Dolores Irigoin es Licenciada en Psicología y Licenciada en Comunicaciones Internacionales, Posgrado en Harvard School of Humanities and Social studies. Atiende de manera presencial y online.

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