¿Por qué nos gusta pasar miedo en Halloween? Porque es un miedo controlado: el cuerpo reacciona como ante un peligro real, pero sabemos que estamos a salvo, y esa combinación puede resultar estimulante y hasta divertida. La investigación sugiere que el disfrute es mayor cuando el susto es moderado, ni demasiado leve ni demasiado intenso.
Cada 31 de octubre, calles, escaparates y colegios se llenan de calabazas, esqueletos y disfraces. Aunque suele presentarse como una fiesta de origen celta, el Halloween actual mezcla la antigua celebración de Samhain con la víspera cristiana de Todos los Santos y con tradiciones que llegaron sobre todo desde Estados Unidos. En España convive con costumbres propias como la castañada o el magosto, y cada año gana presencia. En este artículo veremos qué ocurre en nuestra mente y en nuestro cerebro cuando buscamos el miedo por diversión, por qué nos gusta disfrazarnos y cómo acompañar a los niños en una noche que a algunos les encanta y a otros les asusta de verdad.
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¿Por qué nos gusta pasar miedo?
Nos gusta pasar miedo cuando podemos controlarlo, porque nos permite vivir emociones intensas sin riesgo real. Este fenómeno se conoce como miedo recreativo y explica el éxito de las películas de terror, las casas encantadas o los disfraces de Halloween.
Un estudio publicado en 2020 en la revista Psychological Science por el equipo de Marc Malmdorf Andersen y Mathias Clasen, de la Universidad de Aarhus (Dinamarca), midió el ritmo cardíaco de más de un centenar de visitantes de una casa del terror. Los participantes disfrutaron más con los sustos de intensidad media: cuando el miedo era muy bajo resultaba aburrido, y cuando era muy alto dejaba de ser agradable. Los autores lo describieron como un «punto dulce» del miedo.
Además, la respuesta al miedo es muy distinta de unas personas a otras. Hay quien busca sensaciones fuertes y disfruta con el terror, y quien lo evita a toda costa. Ninguna de las dos reacciones es mejor que la otra: dependen de la personalidad, de las experiencias previas y del contexto. El miedo, en cualquier caso, es una emoción natural con una función esencial de supervivencia, y los seres humanos buscamos activamente vivir distintas emociones.

¿Qué pasa en el cerebro cuando pasamos miedo?
Cuando percibimos una amenaza, la amígdala activa una respuesta de alarma que prepara al cuerpo para «luchar o huir»: se liberan adrenalina y cortisol, el corazón se acelera, la respiración se agita y los músculos se tensan. Esta reacción es automática y se produce aunque el peligro no sea real.
Lo que cambia la experiencia es lo que ocurre después. En cuestión de segundos, las zonas del cerebro que evalúan el contexto reconocen que se trata de un actor disfrazado o de una película, y la tensión se transforma en alivio. En ese proceso interviene también el sistema de recompensa, en el que participa la dopamina, lo que ayuda a entender por qué algunas personas sienten una especie de euforia tras un buen susto. Por eso solemos reírnos justo después de gritar: la risa funciona como una válvula de descarga cuando comprobamos que estamos a salvo.
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¿Por qué nos gusta disfrazarnos en Halloween?
Disfrazarnos nos permite adoptar por una noche otra identidad, jugar con normas sociales que el resto del año respetamos y comunicarnos con los demás de una forma creativa. El disfraz rara vez es solo para uno mismo: suele buscar una reacción en los demás y dice algo sobre quién somos o cómo queremos que nos vean.
Esa sensación de libertad tiene una cara menos amable, que la psicología social estudió precisamente en Halloween. En 1976, el psicólogo Edward Diener y su equipo observaron a más de 1.300 niños que pedían caramelos en distintas casas. Cuando les decían que cogieran solo un dulce y luego los dejaban solos, los niños que iban en grupo y no habían dado su nombre se llevaban más caramelos de los permitidos que quienes iban solos o habían sido identificados. Es un ejemplo clásico de desindividuación: el anonimato y el grupo pueden reducir la sensación de responsabilidad personal.
¿Es bueno que los niños pasen miedo en Halloween?
Pasar un poco de miedo en un entorno seguro puede ayudar a los niños a reconocer esta emoción y a aprender a manejarla, siempre que no se les fuerce. La clave está en que el susto sea elegido, moderado y acompañado.
Los miedos infantiles, como el miedo a la oscuridad, a los monstruos o a las pesadillas, forman parte del desarrollo y cumplen una función protectora. Halloween puede ser una buena ocasión para hablar de ellos y ponerles nombre en un contexto de juego. Sin embargo, conviene tener en cuenta la edad: los niños pequeños, sobre todo antes de los 6 o 7 años, todavía no distinguen del todo la fantasía de la realidad, de modo que una máscara puede asustarles de verdad aunque los adultos sepamos que es de broma.
¿Cómo ayudar a un niño que tiene miedo en Halloween?
Lo más útil es validar su miedo, dejar que decida hasta dónde quiere participar y ofrecerle seguridad. Obligarle a enfrentarse a lo que le asusta o reírse de su reacción suele aumentar el miedo en lugar de reducirlo.
Algunas pautas que pueden ayudar:
- Enséñale cómo se pone y se quita una máscara o un disfraz, para que compruebe que debajo hay una persona conocida.
- Deja que elija un disfraz con el que se sienta cómodo, aunque no sea terrorífico.
- Anticípale lo que va a ver en una fiesta o un pasaje del terror y respeta si no quiere entrar.
- Pon nombre a lo que siente («parece que eso te ha asustado») y quédate a su lado.
- Combina los sustos con humor, juegos y dulces, sin exagerar las bromas.
Si los miedos son muy intensos, duran semanas o interfieren en su sueño o en su día a día, conviene consultar con un profesional de la psicología infantil.
En el fondo, Halloween nos recuerda algo que la psicología conoce bien: el miedo no es un enemigo, sino una emoción que podemos aprender a escuchar. Vivido en compañía, con límites claros y una buena dosis de humor, puede convertirse en una forma de jugar con lo que nos inquieta y de descubrir que somos capaces de soportarlo.















